Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 13
Un mes después...
El rugido del motor resonó por todo el circuito.
El automóvil atravesó una curva cerrada con precisión absoluta antes de acelerar nuevamente en la recta principal.
Dentro del vehículo, Rainer sonrió.
Habían pasado años.
Y, sin embargo, la sensación seguía siendo exactamente la misma.
Libertad.
Adrenalina.
Paz.
Por extraño que pareciera, las carreras siempre habían sido el único lugar donde podía olvidarse de todo.
De la empresa.
De las responsabilidades.
De las expectativas.
Allí no existía el heredero de Aristizábal Motors.
Solo existía él.
Rainer.
Nada más.
Por eso amaba las pistas.
Y por eso también había amado tanto a Marel.
Porque con ella ocurría exactamente lo mismo.
No importaba el apellido Aristizábal.
No importaba el dinero.
Marel lo había querido cuando creía que era un simple empleado administrativo.
Lo había amado por quien era.
No por lo que representaba.
Con ella podía ser auténtico.
Podía equivocarse.
Reír.
Soñar.
Simplemente existir.
Sin presiones.
Sin máscaras.
Sin obligaciones.
Un nudo se formó en su garganta.
Cinco años después seguía recordándola.
Y aquello era tan frustrante como inevitable.
Finalmente disminuyó la velocidad y condujo hasta los boxes.
El automóvil se detuvo.
Rainer se quitó el casco.
El aire fresco golpeó su rostro.
—Definitivamente para ti esto es como andar en bicicleta.
Gael apareció sonriendo mientras le ofrecía una botella de agua.
Rainer aceptó.
—No exageres.
—¿Exagerar?
Gael soltó una carcajada.
—Acabas de marcar tiempos mejores que los pilotos que llevan toda la temporada entrenando.
—Todavía recuerdo algunas cosas.
—Al parecer las recuerdas todas.
Otra voz se unió a la conversación.
—Coincido.
Esteban caminó hacia ellos con expresión satisfecha.
El veterano entrenador observó a Rainer como si estuviera viendo una obra maestra.
—Reitero que eres el mejor alumno que he tenido.
Rainer negó con la cabeza.
—Lo dices cada vez que me ves.
—Porque sigue siendo cierto.
Esteban cruzó los brazos.
—Motocross.
Automovilismo.
Resistencia.
Siempre fuiste excepcional.
Gael sonrió.
—Y bastante modesto.
—Alguien tiene que serlo.
Los tres rieron.
Esteban miró nuevamente la pista.
—Nos veremos en una semana en la carrera.
Rainer arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?
—Por lo que veo, no necesitas entrenar más.
La sonrisa de Rainer fue inevitable.
Tal vez Esteban tenía razón.
Porque por primera vez en años se sentía exactamente donde debía estar.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Mientras tanto, en Larcor, Alessia observaba atentamente su vestido frente a uno de los grandes espejos del atelier.
Había pasado un mes desde que Marel comenzó a confeccionarlo.
Y aunque todavía estaba lejos de estar terminado, la esencia del diseño ya podía apreciarse perfectamente.
La estructura principal estaba completa.
La silueta elegante.
La caída impecable de la falda.
El delicado trabajo de la parte superior.
Todo comenzaba a cobrar vida.
Los bordados artesanales apenas estaban iniciando.
Las flores tridimensionales todavía no habían sido colocadas.
Las aves bordadas que recorrerían parte de la falda seguían siendo dibujos sobre papel.
Y gran parte de las aplicaciones decorativas permanecían cuidadosamente organizadas en cajas.
El verdadero espectáculo aparecería durante los próximos dos meses.
Cuando cada detalle fuera añadido a mano.
Puntada por puntada.
—Es incluso más hermoso de lo que imaginaba —murmuró Alessia.
Marel rodeó lentamente el maniquí donde descansaba el vestido.
—Todavía falta mucho trabajo.
—¿Mucho?
Alessia parecía sorprendida.
—Muchísimo.
Las flores, los bordados y las aplicaciones son precisamente lo que transformarán esto en una pieza única.
Alessia observó nuevamente el diseño.
Era imposible no emocionarse.
Por eso ni siquiera había acompañado a Rainer al viaje.
Aquello podía esperar.
Su vestido no.
—Definitivamente tomé la decisión correcta al quedarme.
Marel sonrió.
—Espero que sigas pensando lo mismo cuando pasemos a la siguiente prueba.
—Lo haré.
Porque si algo tenía claro, era que ningún otro vestido en el mundo podría competir con el que Larcor estaba creando para ella.
Y por primera vez desde que comenzó la planificación de la boda, Alessia sintió una auténtica ilusión.
Aunque no fuera precisamente por el matrimonio.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Rainer había aprovechado para visitar a sus padres.
La cena había transcurrido relativamente tranquila.
Hasta que Octavio decidió abordar un tema que llevaba tiempo rondando su cabeza.
—Ya tienes treinta y cuatro años.
Rainer levantó la vista de su copa.
—Y eso significa...
—Que deberías estar casado hace tiempo.
Sabina cerró los ojos.
Ya sabía hacia dónde iba aquella conversación.
—Padre...
—Y no solo casado.
También deberías estar pensando en un heredero.
Rainer dejó los cubiertos sobre la mesa.
—No empieces.
—¿Por qué no?
La boda está cerca. Alessia es una mujer adecuada para ti.
—¿Adecuada?
—Proviene de una buena familia. Tiene educación. Conoce el entorno empresarial.
La paciencia de Rainer terminó de agotarse.
—Mi vida no es una negociación empresarial.
—Todo en esta familia tiene consecuencias.
—Precisamente por eso nunca estás satisfecho.
El silencio cayó sobre el comedor.
Sabina observó a ambos con preocupación
—Ya basta —intervino.
Pero ninguno la escuchó.
—Si vas a casarte, hazlo de una vez —insistió Octavio—. La empresa necesita estabilidad.
—La empresa está perfectamente estable.
—Y el apellido necesita continuidad.
Rainer se puso de pie.
—Buenas noches.
—Rainer...
—No.
No pienso seguir hablando de esto.
Sin mirar a su padre, se acercó a Sabina.
Se inclinó y besó su frente.
—Luego hablamos.
—Conduce con cuidado.
Y salió de la casa sin despedirse de Octavio.
La puerta se cerró con fuerza.
Durante varios segundos nadie habló.
Hasta que Sabina rompió el silencio.
—¿Cuándo dejarás de presionarlo?
Octavio suspiró.
—Solo quiero que asuma sus responsabilidades.
—Harás que se aleje de nosotros como hace cinco años.
Octavio permaneció en silencio.
—Sé perfectamente que se fue y se mantuvo lejos durante años por las constantes confrontaciones que tenían.
—Eso no fue únicamente por mí.
—No.
Pero ayudaste bastante.
Sabina se puso de pie.
—Mi hijo no ama a Alessia.
—¿Y qué?
La respuesta fue inmediata.
—El amor no mantiene la imagen.
Ni el apellido.
Ni la empresa.
Aquellas palabras parecieron herirla más de lo que Octavio esperaba.
—¿De eso se trata entonces?
Sabina lo miró fijamente.
—Entonces explícame algo.
¿Por qué no buscaste una mujer de tu nivel para casarte?
Octavio frunció el ceño.
—Sabina...