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Tu Precio, Mi Deseo

Tu Precio, Mi Deseo

Status: Terminada
Genre:Romance / Autosuperación / Posesivo / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.

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Capitulo 10

La penumbra de la tarde se había transformado en una noche cerrada y estrellada sobre los ventanales del penthouse. Damiano seguía con la cabeza apoyada en el regazo de Scarlett, sentado en el suelo de madera. Ella, con movimientos pausados y una ternura que le nacía del pecho de forma natural, le acariciaba el cabello oscuro, dejando que las puntas de sus dedos delinearan de vez en cuando la línea de su mandíbula, ahora un poco menos tensa.

El silencio entre ellos era denso, pero ya no era asfixiante. El ritmo de la respiración de Damiano se había estabilizado, compasándose con el de la joven de veintidós años. Su torso musculoso y cubierto de tatuajes subía y bajaba con calma bajo la tela de la camisa blanca desabrochada. El calor juvenil que emanaba del cuerpo de Scarlett lo envolvía, manteniéndolo a salvo de las garras del pánico que Héctor Serrano había desatado unas horas antes en su oficina.

—¿Estás mejor? —preguntó Scarlett en un susurro de terciopelo, arrastrando las palabras con suavidad.

Damiano exhaló un suspiro largo y pesado. Se incorporó lentamente, separándose del refugio de su cuello, aunque no se alejó del todo. Se sentó a su lado, apoyando la espalda contra el sofá de cuero negro y estirando sus largas piernas. Sus ojos grises, antes empañados por el pánico, la miraron con una mezcla de gratitud y una cruda vulnerabilidad que desarmaba cualquier atisbo de arrogancia empresaria.

—No suelo hacer esto —confesó con la voz rota, áspera—. No pido ayuda. Nunca. Cuando la cabeza me estalla, me encierro. Bebo hasta borrar el día o destrozo algún coche en el taller. Pero hoy... cuando sentí que el aire no me entraba en los pulmones, lo único que procesó mi mente fue tu nombre.

Scarlett sonrió de lado, un gesto sutil y cargado de una madurez dulce que le iluminó las facciones en la penumbra. Estiró la mano y entrelazó sus dedos con los de él, acariciándole el dorso tatuado con el pulgar.

—Me alegra que me hayas llamado, Damiano. Las personas no somos motores de acero; no podemos funcionar al límite de revoluciones todo el tiempo sin que algo se rompa —le dijo, clavando sus ojos avellana en los de él—. Tu padre estuvo en la empresa, ¿verdad? Mencionaste su nombre antes.

La mandíbula de Damiano se apretó por un segundo, pero al sentir la presión reconfortante de la mano de Scarlett, se relajó. Miró hacia el ventanal, contemplando el mar de luces de la ciudad de 2026, una metrópoli brillante que parecía ajena a las miserias de los hombres comunes.

—Vino a pedir dinero. A chantajearme con lo que fui —soltó Damiano, con un deje de amargura—. Me llamó árbol seco. Me recordó que, por mucho dinero que gane con *Serrano Motors*, por muy alto que construya este imperio, estoy defectuoso por dentro.

Scarlett frunció el ceño, sintiendo una punzada de rabia protectora en el estómago.

—¿Por qué te diría algo tan horrible? Eres un hombre increíble, Damiano. Has levantado todo esto de la nada.

Damiano giró la cabeza para mirarla fijamente. La tensión sexual latente, esa atracción magnética que siempre flotaba entre ellos, mutó en una atmósfera de confesión absoluta. Sintió que si no vaciaba el veneno que llevaba dentro en ese instante, terminaría consumiéndolo.

—Porque es la verdad, Scarlett. Al menos una parte —dijo, tragando saliva con dificultad. Le tomó la otra mano, obligándola a mirarlo a los ojos—. Cuando te conté lo de mi adolescencia, lo de las drogas y los callejones tras la muerte de mi madre, omití la peor consecuencia. No solo me quedaron cicatrices en la piel. Esos dos años de excesos destructivos, de meterle basura a mi cuerpo cuando todavía estaba creciendo, destruyeron mi organismo por dentro.

Scarlett se quedó inmóvil, prestando atención a cada inflexión de su voz ronca.

—Los médicos me lo confirmaron a los veintidós años, justo cuando empezaba a fundar la empresa —continuó Damiano, y un brillo de dolor auténtico tiñó sus ojos grises—. El consumo masivo de esas sustancias provocó un daño irreversible. Soy estéril, Scarlett. Biológicamente incapto de tener hijos. De dar vida. De formar una familia real.

La confesión cayó en el salón como una bomba silenciosa.

Scarlett contuvo el aliento, sintiendo que el corazón se le encogía de una manera dolorosa y profunda. La vulnerabilidad de ese hombre de veintiocho años, tan imponente, tan lleno de éxito, poder y atractivo físico, abriéndose de par en par para mostrar su herida más íntima y humillante, la conmovió hasta las lágrimas. Entendió por fin la barrera de hielo, el porqué de sus contratos de exclusividad, su miedo a que las mujeres se encariñaran y su negativa a proyectarse hacia un futuro romántico. Se sentía menos hombre. Se sentía un juguete roto.

—Damiano... —murmuró ella, con la voz quebrada.

Antes de que él pudiera interpretar su silencio como un rechazo o una muestra de lástima, Scarlett se movió. Se arrodilló frente a él, acortando toda distancia. Le acunó el rostro con ambas manos, obligándolo a sostenerle la mirada. Sus pulgares delinearon sus pómulos con una suavidad tan intensa que Damiano sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

—Mírame —le pidió ella, con sus ojos avellana brillando con una determinación salvaje y juvenil—. Tu padre es un monstruo si usa eso para intentar destruirte. Tu valor como hombre no se mide por tu capacidad de reproducción, Damiano. Se mide por el tamaño de tu corazón, por la resiliencia que tuviste para salir de ese infierno y por el hombre protector, inteligente y brillante en el que te has convertido.

—Scarlett, no puedo darle un futuro normal a nadie... —intentó rebatir él, con el orgullo herido latiendo en su voz.

—¡A la mierda el futuro normal! —lo interrumpió ella con una vehemencia que lo descolocó por completo. Una sonrisa tierna y audaz apareció en sus labios rojos—. No estás defectuoso. Eres el hombre más fuerte y magnético que he conocido en mi vida. Esas marcas del pasado solo demuestran que sobreviviste. Y el hecho de que compartas esto conmigo... me hace ver lo jodidamente valioso que eres.

Damiano la miró, completamente desarmado. En sus veintiocho años, ninguna mujer lo había mirado con esa mezcla de devoción ardiente, respeto y comprensión pura. Scarlett no lo miraba con lástima; lo miraba como si fuera su héroe, el único hombre sobre la tierra que le importaba. El muro que Damiano había construido alrededor de su corazón durante más de una década terminó de desmoronarse por completo, esparciendo sus cenizas en el suelo del penthouse.

Sin decir una palabra, Damiano la rodeó con sus brazos de hierro, atrayéndola bruscamente hacia su pecho. La levantó del suelo y se incorporó con ella en brazos, caminando con paso firme hacia el gran sofá. Se sentó con Scarlett en su regazo, envolviéndola en un abrazo posesivo, desesperado, pero lleno de una ternura que nunca antes había experimentado.

Esta vez no hubo urgencia por desvestirse. No hubo ropa rasgada ni la fricción salvaje de sus encuentros anteriores en la suite del hotel o en la pista de pruebas. No había sexo en la agenda de esa noche. Había algo mucho más íntimo, una entrega espiritual que los asustaba a ambos por igual.

Scarlett ocultó el rostro en el hueco de su hombro, respirando el aroma almizclado de su piel, mientras Damiano le acariciaba la espalda con movimientos lentos, trazando círculos sobre la tela de su top blanco. El contacto de sus cuerpos, la respiración pausada y mutua, y el calor de la noche crearon un refugio perfecto donde los fantasmas del pasado simplemente no tenían permitido entrar.

—Quédate conmigo esta noche —le pidió Damiano contra su oído, su voz ronca cargada de un ruego sincero que a Scarlett le aceleró el pulso—. No como un encargo del contrato. Quédate conmigo porque yo te lo pido. Porque te necesito aquí.

Scarlett se separó un centímetro, lo suficiente para mirarlo a los ojos y regalarle una sonrisa llena de esa sensualidad juvenil y fresca que lo volvía loco. Le dio un beso corto en los labios, un roce suave, dulce y prometedor que supo a gloria.

—No me voy a ir a ninguna parte, Damiano —respondió ella, acomodándose mejor en su pecho—. Esta noche soy solo tuya. Sin precios, sin aplicaciones. Solo tú y yo.

Pasaron el resto de la madrugada así, abrazados en el sofá bajo la luz de la luna, conversando en susurros sobre tonterías de la universidad de ella y anécdotas de los primeros motores de él. Scarlett lo cuidó y lo contuvo, y Damiano, por primera vez en su vida adulta, durmió en paz, sabiendo que el refugio inesperado que había encontrado en los brazos de una joven de veintidós años era lo único real que tenía en el mundo.

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Lau
comenzando me gusta 🤭
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