NovelToon NovelToon
El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Cap 9: La tarjeta negra

Le bastó una semana a Lili para poner a media redacción en contra de Ximena.

Lo hacía con dulzura, que era su arte. "No, no le digan nada a Xime, ella es mi mejor amiga de la prepa, me ayudó tanto cuando yo no tenía ni para el camión…" —y con esa frase, dicha con los ojos húmedos, plantaba la idea de que Ximena era la rica soberbia y ella la pobre agradecida. Vivian Rueda, una compañera envidiosa de años, mordió el anzuelo enseguida y arrastró a otros. De pronto Ximena comía sola, sus notas "se traspapelaban", y en los pasillos la miraban distinto.

El jefe Tafoya zanjó la guerra por el estelar a su manera cobarde.

—Miren, no me peleo con nadie. —Se frotó las manos—. El horario estelar es de quien traiga la primera entrevista exclusiva con Adrián Bramonte. Nadie lo ha logrado nunca. La que lo consiga, se queda con el noticiero de la noche. Punto.

Lili sonrió como si ya lo tuviera ganado.

El campo de batalla se mudó, esa misma semana, al Real Club de Golf.

Lili se coló como invitada de un socio, y no como cualquier invitada: se presentó, ante todos, como "la señora Ayala". Ximena la encontró en la terraza, rodeada de gente, acariciándose el vientre.

—Qué curioso —dijo Ximena, deteniéndose frente a ella—. Porque la señora Ayala soy yo.

—Ay, Xime. —Lili bajó los ojos, apenada—. No hagas una escena, por favor. Todos saben que Fernando y yo…

—¿Quién es la señora Ayala, entonces? —preguntó, malicioso, uno de los socios, oliendo el chisme—. Que lo diga alguien que sepa. ¿No está por ahí el señor Bramonte? Él conoce a los Ayala.

Adrián estaba al fondo de la terraza, copa en mano, observándolo todo con su frialdad de costumbre. Cuando lo señalaron, una chispa cruel le encendió los ojos. Sacó el teléfono.

—Preguntémosle al marido. —Marcó una videollamada y puso el altavoz—. Ingeniero Ayala. Tengo aquí a dos mujeres que dicen ser su esposa. ¿Cuál es? Señálela.

En la pantalla apareció la cara de Fernando, confundido. Miró. A la derecha, Ximena, entera, digna. A la izquierda, Lili, de blanco, con la mano en el vientre y los ojos suplicantes.

Y sin dudarlo, sin un segundo de vacilación, Fernando señaló:

—La de blanco. Lili. Ella es… ella es la que está conmigo.

La terraza estalló en murmullos. Todas las miradas cayeron sobre Ximena como cuchillos.

—Entonces esta es una impostora —dijo una señora, con desprecio—. O la amante. Qué falta de vergüenza, meterse a un club así.

—Sáquenla —ordenó el gerente, acercándose con dos empleados—. Señorita, este es un club privado. Solo miembros. Le voy a pedir…

Ximena no se movió. Metió dos dedos en el bolso, sacó una tarjeta —negra, mate, sin nombre a la vista— y la deslizó sobre la mesa hacia el gerente.

—Membresía vitalicia —dijo, tranquila—. La más cara que tengan. Cárguela ahí. Ahora.

El gerente tomó la tarjeta con desdén. La pasó por la terminal. Y cuando leyó la pantalla, la sangre se le fue de la cara. Se quedó mirando el aparato, luego la tarjeta, luego a Ximena, con la boca abierta.

—Esto… esto es una… —tragó saliva— una tarjeta negra. Solo existen quinientas en el mundo. Señora, yo… mil disculpas, no sabía, por favor, es usted nuestra invitada de honor, lo que necesite…

El silencio en la terraza cambió de bando en un instante. Los mismos que la despreciaban ahora la miraban con asombro y hambre.

Nadie ahí sabía lo que esa tarjeta significaba de verdad. Era su cuenta personal, la de sus regalías: años de diseñar en secreto, bajo un nombre que nadie del círculo conocía —MissY—, para la casa de alta joyería más codiciada del mundo. Un antiguo compañero de formación, el único que sabía quién era ella de verdad, le había abierto esa cuenta hacía mucho. Miles de millones dormían ahí, callados, mientras el mundo la creía una arrimada sin un peso.

Ximena recuperó su tarjeta y la guardó como quien guarda un pañuelo.

—Ya que soy miembro —dijo, girándose hacia Adrián con una sonrisa retadora—, me gustaría jugar. Usted y yo, señor Bramonte. Un hoyo. Y apostamos: si le gano, la entrevista exclusiva es mía. La primera que da en su vida.

El círculo contuvo el aliento. Adrián arqueó una ceja, intrigado.

—Hecho.

Bajaron al campo. Ximena, antes de tomar el palo, se acercó a los caddies y les puso a cada uno un sobre en la mano con una sonrisa modesta, "para las molestias". Humildad de cara al público; garras por debajo.

Se colocó. Estudió el viento, la pendiente, la distancia, con una concentración que no cuadraba con la muchacha frágil que Lili había vendido toda la semana. Balanceó el palo una vez. Dos.

Golpeó.

La bola voló limpia, describió una curva perfecta y cayó a rodar sobre el green, directo, sin titubear, hasta desaparecer en el hoyo.

Hoyo en uno.

El campo entero se quedó mudo. Luego estalló en un aplauso incrédulo. Adrián miró la bandera, miró a Ximena, y por dentro sonrió: cada día que pasaba, esa mujer resultaba más profunda de lo que aparentaba.

—La entrevista es tuya —dijo, en voz baja, solo para ella—. Como todo lo que quieras.

Ximena no le contestó. Ya se alejaba.

Esa misma noche, Lili apareció en la oficina de Tafoya con los ojos brillantes: "Jefe, conseguí la exclusiva con Bramonte", y se colgó el mérito entero mientras Ximena no estaba para desmentirla. Y para "celebrar", los citó a todos a un restaurante japonés de lujo, del brazo de Fernando, feliz.

Ximena llegó, se sentó, y pidió.

Pidió la carta entera. Los cortes importados, el atún de temporada, las botellas que costaban lo que un coche. La cuenta subió y subió hasta los noventa y ocho mil pesos.

Lili palideció al ver el papelito. Ella no tenía cómo pagar eso; toda su vida de "señora Ayala" era prestada.

—Yo lo cubro. —Fernando se levantó, rojo, y le puso su tarjeta al mesero—. Pero que quede claro… —alzó la voz para que la mesa lo oyera— yo no soy el heredero de los Ayala. Ni tengo esa clase de dinero. No sé de dónde saca esta mujer que puede humillarnos así.

Ximena lo miró con una tranquilidad que a él lo enfureció más que cualquier grito.

—Tienes razón —dijo—. No eres el heredero de nada, Fernando. Ni siquiera eso.

Fue la gota. Fernando, que había bebido de más, se inclinó sobre la mesa, la cara descompuesta, y bajó la voz a un susurro cargado de veneno viejo:

—¿Y tú sí eres muy digna, verdad? La perfecta Ximena. —Le temblaba el labio—. ¿Te atreves a contarles lo del verano de primer año? ¿Eh? ¿Qué pasó de verdad esa noche? ¿A quién le diste tu primera vez, Ximena? Anda. Diles.

El ruido del restaurante se apagó de golpe para ella.

Ximena se quedó blanca. Las manos, sobre el mantel, se le enfriaron. Ahí había un pozo negro que ni ella misma podía ver el fondo: una noche en blanco, una memoria arrancada, un dolor sin nombre del que jamás había logrado recordar nada, solo el hueco. Fernando lo usaba como arma sin saber siquiera lo que decía, hurgando en una herida cuyo origen ninguno de los dos conocía.

No contestó. No podía. Se puso de pie despacio, dejó la servilleta doblada junto al plato, y salió del restaurante sin una palabra, con la barbilla temblándole apenas.

Afuera, la noche estaba fría. Ximena se subió al coche, encendió el motor, y con los nudillos blancos sobre el volante y algo ardiendo detrás de los ojos, arrancó hacia Villaverde.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play