Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 11: La prueba del delito (No es una cinta negra)
El silencio que se instaló en el baño principal fue tan absoluto que el sutil goteo del lavabo sonaba como una bomba de tiempo.
Maximiliano Starling, el hombre que controlaba los hilos de una de las constructoras más grandes del país, el genio de la logística que jamás daba un paso sin un plan de contingencia, se había transformado en una estatua de mármol de tres piezas. Tenía los ojos grises clavados en el maldito trozo de plástico rosa sobre el mármol del lavabo. Dos rayas rojas. No una, no una sombra difusa. Dos líneas nítidas, paralelas y dictatoriales.
El cerebro de Maximiliano experimentó un apagón masivo. Parecía un GPS averiado intentando recalcular la ruta en medio del océano: giraba sobre el mismo eje, emitía estática y se negaba a procesar la información.
Abajo, en el frío suelo de baldosas, Valeria seguía apoyada contra el borde de la porcelana del inodoro. Se limpió la boca con el dorso de la mano húmeda, respiró hondo para aplacar la última oleada de náuseas y miró hacia arriba. El contraste era casi poético: él, impecable y rígido como un maniquí de sastrería; ella, con el cabello rizado apuntando en todas direcciones, cara de haber sobrevivido a un naufragio y el pijama de pandas arrugado.
A pesar de tener el corazón latiéndole en la garganta y el estómago al revés por el shock puro, Valeria no pudo contener su naturaleza. Miró la cara de cortocircuito de su esposo y soltó una sonrisa de lado, cargada de humor ácido.
—Bueno, Starling... —soltó con la voz ronca, haciendo que él parpadeara por primera vez en dos minutos—. Parece que ahora hay un embarazo de por medio y no una cinta negra, ¿eh? A ver cómo te las ingenias para dividir el útero exactamente a la mitad con tu preciosa cinta industrial. "Tu lado izquierdo caótico, mi lado derecho pulcro". Anda, saca el rollo, genio.
Maximiliano tardó un segundo entero en registrar las palabras. Carraspeó, se ajustó los puños de la camisa con un movimiento mecánico y torpe, y dio un paso atrás, alejándose del lavabo como si el test de embarazo pudiera morderlo.
—Esto... esto es estadísticamente improbable, Valeria —declaró, con una voz que intentaba emular la seguridad de una junta de accionistas, pero que traicionaba un sutil temblor—. El margen de error de los dispositivos de flujo lateral inmunocromatográfico caseros es de aproximadamente un uno por ciento bajo condiciones ideales. Claramente estamos ante un falso positivo provocado por un desbalance hormonal derivado de tu desastrosa dieta alta en sodio. O tal vez el lote estaba vencido. Voy a redactar un correo al departamento de atención al cliente de la farmacéutica para exigir...
—¡Maximiliano, por el amor de Dios, cierra la boca corporativa! —lo interrumpió Valeria, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie, apoyándose en la pared—. No hay ningún error de laboratorio. Llevo tres mañanas seguidas abrazada a este inodoro como si fuera mi mejor amigo, no soporto el olor del café y mi periodo tiene un retraso que ya parece una huelga general. Hazte a la idea, "cara de iceberg". El bicho ya está en camino.
Maximiliano la miró, fijándose por primera vez en la palidez real de sus mejillas y en la vulnerabilidad oculta detrás de sus ojos chispeantes. El aire pareció escapársele de los pulmones.
—Pero... la regla —alcanzó a decir él, señalando con un dedo vago el pasillo—. Las camas separadas. El contrato privado. El millón de dólares de la apuesta...
Valeria soltó una carcajada seca, apoyando las manos en sus caderas generosas.
—La tregua del millón de dólares acaba de quedar completamente anulada por la madre naturaleza, esposo mío. Ninguno de los dos sabe quién cruzó la frontera esa maldita noche de la fiesta de Julián, pero la evidencia biológica de que la frontera fue destruida está justo ahí, sobre tu lavabo. Así que olvídate del dinero. Tenemos un problema de tres centímetros creciendo aquí dentro, y no creo que quepa en ninguna de tus cláusulas de rescisión.
Maximiliano se quedó mudo, mirando el vientre de Valeria bajo la playera de pandas y luego volviendo a mirar las dos rayas rojas. El magnate de los negocios acababa de entender que, por primera vez en su vida, se enfrentaba a un proyecto que no podía auditar, ni archivar, ni controlar.