Una joven que sufrió la violencia y la humillación pública más desgarradora regresa irreconocible al lugar de su pesadilla, convertida en alguien que ya no tiene miedo y viene por lo que le pertenece.
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CAPÍTULO 14 — UN DÍA SIN ÉL
“Hay días en los que el cuerpo te obliga a detenerte… justo cuando lo único que quieres es seguir adelante.”
Esa mañana desperté sintiéndome pésimo. Apenas abrí los ojos supe que no iba a poder levantarme para ir al colegio. Me quedé unos minutos en la cama intentando convencerme de que se me pasaría, pero no fue así. Me sentía demasiado débil y terminé avisándole a Mateo que no iría.
Él entró a mi habitación poco después y, apenas me vio, se preocupó. —¿Sigues sintiéndote mal? —me preguntó. Asentí mientras me acomodaba entre las sábanas.
Mateo, me conocía demasiado bien; sabía perfectamente cuándo realmente estaba enferma y cuándo simplemente no tenía ganas de levantarme. —Hoy te quedas descansando —me dijo con ese tono de mando que no aceptaba discusiones. —Ya sé —respondí, aunque no me gustaba perderme un día de clases.
Antes de salir, Mateo tomó su teléfono. —Les voy a avisar a los demás para que no te esperen. Asentí y volví a cerrar los ojos.
Mientras él iba camino al colegio, yo me quedé en casa descansando. Un rato después mi teléfono comenzó a vibrar. Era Emilia preguntando cómo seguía. Después apareció un mensaje de Catalina diciendo que esperaba que me recuperara pronto, y Thiago mandó una broma diciendo que sin mí el grupo estaba incompleto.
Sonreí al leerlos.
Pero entonces apareció un mensaje de Demián.
“¿Cómo amaneciste?”
Le respondí que seguía sintiéndome mal y que me había quedado en casa. Su respuesta llegó casi inmediatamente.
“Descansa. No te preocupes por nada.”
Sonreí.
“Ojalá mañana pueda ir.”
Tardó unos segundos en contestar.
“No vuelvas hasta que estés bien.”
Me quedé mirando la pantalla.
—Qué mandón —murmuré para mí.
Después llegó otro mensaje.
“Y sí, te estoy echando de menos.”
Sentí una sonrisa enorme.
“Yo también.”
Durante la mañana seguimos hablando de vez en cuando. Él me contaba algunas cosas que ocurrían en el colegio y yo le respondía desde mi habitación. En un momento me contó que Mateo había estado pendiente de mí antes de salir y que Emilia había preguntado varias veces cómo estaba.
Me hizo sentir acompañada aunque estuviera en casa.
Cerca del mediodía, Mateo volvió del colegio. Entró a mi habitación y dejó su mochila a un lado.
—¿Cómo estás?
—Un poco mejor.
Se sentó junto a mí.
—¿Seguro?
—Sí.
Me observó unos segundos.
—Demián te escribió, ¿cierto?
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabes?
—Porque tienes esa sonrisa.
Le lancé una almohada.
—¡Cállate!
Mateo comenzó a reírse.
—Ya, ya. No dije nada.
Me acomodé nuevamente.
—¿Qué hicieron hoy?
Mateo comenzó a contarme todo lo que había pasado durante las clases. Yo lo escuchaba mientras descansaba, feliz de tenerlo ahí.
Más tarde, cuando volvió a salir de mi habitación, recibí otro mensaje.
“¿Sigues despierta?”
Era Demián.
“Sí.”
“Entonces duerme.”
“¿Por qué?”
“Porque quiero que mañana estés mejor.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
“Haré caso.”
“Prometido.”
Sonreí y dejé el teléfono a un lado.
Quizás había sido solo un día sin colegio.
Un día en casa.
Un día sintiéndome mal.
Pero, de alguna manera, también había sido un día en el que entendí cuánto podían alegrarme unas simples palabras.
Y antes de cerrar los ojos, pensé en lo único que quería al despertar:
volver al colegio y verlo.