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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11 — Aparecen problemas

Esa mañana, el ambiente en la parcela se sentía más agitado que de costumbre.

Las canastas con la cosecha se apilaban en mayor cantidad. El chile rojo ocupaba la mayor parte, seguido de verduras de hoja que lucían frescas y bien dispuestas.

—¿Todo esto lo llevamos al mercado? —preguntó Yolanda, contemplando una cosecha mucho más abundante que las anteriores.

Mela negó con la cabeza. —No todo.

Todas voltearon. —¿Cómo que no?

Mela se limpió las manos y sacó un papelito del bolsillo. —Ayer vino alguien.

—¿Quién? —quiso saber Dora, curiosa.

—Un comerciante de la ciudad —respondió Mela—. Tiene varias fondas. Dice que necesita un proveedor fijo de verduras.

Se quedaron calladas, intercambiando miradas mientras procesaban la noticia.

—¿Un proveedor fijo? —repitió Susana.

Mela asintió. —Si logramos mantener la calidad y la cantidad, quiere comprarnos de forma regular.

Poco a poco, una sonrisa les fue iluminando el rostro. —¿En serio, Mel? —preguntó Dora para asegurarse.

Mela sonrió y afirmó con la cabeza, decidida.

—Eso quiere decir que este negocio ya va en serio. No es un intento cualquiera. Está creciendo de verdad.

Mela soltó una risita. —Sí, esa siempre fue la idea. Vi que aquí casi nadie planta hortalizas. Solo siembran maíz y granos. Así que me arriesgué a aprovechar la oportunidad y el resultado... —Abrió los brazos, abarcando la parcela con el gesto.

Dora y las demás sonrieron, asintiendo con orgullo.

—Pero, Mel, tu terreno ya es bastante grande. A lo mejor necesitas más manos —sugirió Lucía—. Digo, a mí no me molesta trabajar aquí todo el día. Al fin y al cabo solo soy ama de casa, sin ingresos propios, y por suerte mi suegra y mi marido me apoyan.

Yolanda y Susana estuvieron de acuerdo. —Nosotras también —secundaron.

—Ni se diga yo. —Dora esbozó una sonrisa melancólica. Después de divorciarse, tenía que cubrir los gastos del día a día. Y además, su hijo seguía en la escuela.

Mela se quedó pensativa. Recorrió con la mirada su terreno, que en efecto era mucho más extenso que antes, y luego observó a sus amigas.

Era cierto: la parcela había crecido y con ella el trabajo. Además, Dora y las demás también tenían que atender sus hogares, preparar las cosas de la casa, limpiar. Nada de eso era sencillo.

—Está bien, lo voy a pensar —dijo al fin.

Ese día, la cosecha no fue solo al pequeño mercado del pueblo: una parte la recogió directamente un hombre de mediana edad que llegó en una camioneta sencilla.

El hombre se bajó y revisó las verduras una por una.

—Están muy frescas —murmuró.

Mela se paró a su lado, conteniendo el aliento sin darse cuenta, con la esperanza de convertirse en su proveedora fija.

—Si me pueden mantener esta calidad, les compro cada semana —continuó el hombre.

Los labios de Mela se curvaron en una sonrisa. Asintió con firmeza. —Sí, señor. Haremos lo posible.

El hombre sonrió levemente. —Procuren que no baje la calidad.

—Por supuesto, señor. Le garantizo que vamos a mantenerla —aseguró Mela.

El hombre asintió, subió a la camioneta y alcanzó a despedirse con la mano antes de arrancar, llevándose parte del fruto de su trabajo.

Mela y las demás se quedaron mirando hasta que el vehículo se perdió a lo lejos. Unos segundos después...

—¡Mel! —la voz de Dora sonó queda.

Mela volteó. —¿Qué pasa?

—Es que... Nuestro negocio ya va en serio, ¿verdad?

Mela sonrió. Esta vez con más convicción que nunca. —Sí. Todo es gracias al esfuerzo de todas. Aunque al principio tuvimos fracasos, con determinación y constancia logramos llegar hasta aquí.

Dora y las demás se miraron en silencio. Un segundo después, estallaron en gritos de alegría.

—¡Sí! ¡El negocio funciona!

Saltaron de la emoción y terminaron abrazándose.

Mela, a quien antes menospreciaban, ahora se había levantado. Las vecinas que antes hablaban de ella a sus espaldas se habían convertido en sus amigas y trabajaban juntas en la parcela.

Sin embargo, no todos lo veían con buenos ojos.

En un rincón del mercado, varias personas empezaron a cuchichear, hablando de ellas y sobre todo de Mela.

—Ahora ya se cree la jefa, ¿no?

—Apenas está empezando y ya anda trayendo gente de la ciudad.

—No vaya a ser que hasta el agua del río se la quiera quedar.

—Pero es demasiado rápido. No lleva ni un año y la divorciada esa ya tiene tanto éxito.

—Seguro usó sus mañas para atraer compradores.

Se oyeron risitas. No fuertes, pero sí afiladas.

Mela y las demás no les hicieron caso. Estaban demasiado contentas con las ganancias del día. Pero justamente ese éxito comenzó a despertar antipatías.

Esa misma tarde, mientras Mela y las demás ajustaban el riego, un ruido las sobresaltó.

—¿Por qué el agua sale tan poquita hoy? —preguntó alguien.

Yolanda frunció el ceño. —Hace un rato estaba normal.

Dora caminó hacia la tubería y se detuvo. Se agachó a revisarla. —¡Mel! —la llamó.

Mela y las demás se acercaron. —¿Qué pasa?

—Mira... —Dora señaló la tubería desconectada.

Era evidente que no se había caído sola. Parecía arrancada a propósito.

—¿Quién nos desconectó la tubería? —soltó Susana, indignada.

Nadie respondió. Pero todas sabían que no era coincidencia.

Mela se quedó inmóvil, observando el tubo. —Ya. Vamos a reconectarlo —dijo con calma.

—Mel, esto es claramente obra de alguien que... —Yolanda no terminó la frase cuando Mela negó despacio con la cabeza.

—Lo sé —musitó Mela. Sus manos empezaron a rearmar la conexión—. Si nos enojamos ahora, esto solo va a crecer.

Dora apretó la mandíbula. —¿Y nos quedamos así, sin hacer nada?

Mela se detuvo un momento y las miró a todas, una por una. —Vamos a demostrar que podemos seguir adelante sin molestar a nadie.

Dora bufó. —Eres demasiado buena, Mel.

—Así es —secundó Susana—. Si yo fuera tú, buscaría a esa persona y le ajustaría cuentas.

Mela sonrió y se puso de pie. —Yo también quisiera hacer eso. Pero sin necesidad de buscarla, tarde o temprano esa persona va a aparecer sola.

Lucía exhaló un largo suspiro. —Está bien, te hacemos caso. Pero el río es de todos. Cualquiera tiene derecho a usarlo. Si ya llegaron a esto, tienes que andar con cuidado, Mel.

Esa noche, Mela se sentó a solas con su cuaderno de cuentas.

Las cifras de gastos e ingresos iban en aumento. Y las proyecciones para el futuro también.

Pero su mente no estaba del todo ahí. Recordaba la tubería arrancada, como si hubiera sido a propósito. Las miradas en el mercado, los cuchicheos, todo le resonaba en la cabeza.

Cerró el cuaderno despacio y soltó un largo suspiro.

—Al final, no basta con trabajar duro —murmuró.

Posó los ojos en la ventana. El cielo nocturno se veía oscuro, el viento soplaba suave y traía un frío que oprimía el pecho.

—No puedo quedarme de brazos cruzados —se dijo en voz baja.

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