Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El arte de amar en público
El pacto no escrito que unía a Lysandra y a Gideon había alcanzado una plenitud dorada. Tras la consumación de su pasión, el halo de reservas que solía acompañarlos en público fue sustituido por un romance ostensible, tan natural como arrollador, que cautivó por completo la atención de Mayfair. Ya no eran simplemente la joven restaurada en su honor y el enigmático Duque del norte; eran, a los ojos del mundo, la encarnación del devoto amor romántico.
Una tarde soleada de viernes, Gideon organizó un paseo especial en las terrazas de Kensington. Al ser una jornada de asistencia concurrida por la más alta aristocracia, cada gesto de la pareja quedó registrado bajo los prismáticos y los abanicos de la multitud.
Lysandra lucía un vestido de paseo en encaje cremoso con detalles en seda rosa pálido, a juego con una sombrilla de encaje que proyectaba una luz suave sobre su rostro. Gideon vestía un frac de paño oscuro impecablemente entallado que resaltaba la anchura de sus hombros y su presencia imponente.
Caminaban a pasos pausados por el sendero bordeadas de tulipanes. Gideon no solo le ofrecía el brazo con la compostura rígida del pasado; ahora la sostenía con un afecto manifiesto. Su mano grande rodeaba con calidez la mano enguantada de Lysandra, y cada pocos pasos, el Duque inclinaba su alta figura hacia ella para escuchar sus murmullos con una sonrisa serena que transformaba por completo sus severas facciones.
—Míralos, por todos los cielos —comentó Lady Beatrice a un grupo de damas mientras los veía pasar—. Parecen incapaces de recordar que están rodeados de doscientas personas. Lord Ravenscroft no le quita los ojos de encima ni un solo segundo.
Era cierto. Para Gideon, el entorno era una sombra transparente. Mientras caminaban, detuvieron sus pasos frente a un rosal en flor. Gideon extendió la mano, cortó con cuidado una rosa sin espinas y se inclinó hacia Lysandra. Sin importarle las miradas curiosas, rozó suavemente los pétalos contra la mejilla de la joven antes de prendérsela en el talle del vestido.
—Hueles más dulce que cualquier flor de este jardín, mi vida —susurró Gideon con esa voz grave que solo ella podía escuchar.
Lysandra alzó la vista, sintiendo un calor delicioso encenderle las mejillas. Apoyó la palma de su mano libre contra la solapa del saco del Duque, sintiendo el ritmo firme de su corazón.
—Estás volviéndote un experto en el arte del galanteo, mi Lord —respondió ella con una sonrisa coqueta pero cargada de sinceridad—. Tu timidez parece haber sido completamente desbancada por la devoción.
—Mi timidez nunca fue falta de sentimiento, Lysandra. Era falta de un destino —confesó Gideon, sujetando la mano de ella para llevarla a sus labios y presionar un beso prolongado sobre el dorso de sus dedos, justo sobre el anillo de zafiro—. Antes de ti, la ciudad me parecía un laberinto estéril. Ahora, cada rincón se vuelve hermoso si puedo contemplarlo a tu lado.
Aquella exhibición de afecto no era una actuación calculada; era el reflejo de un amor que ya no cabía en el pecho de ninguno de los dos. Más tarde, durante el recital de piano en los salones de la Condesa de Morley, Gideon permaneció de pie justo detrás de la silla de Lysandra. Durante las dos horas que duró la música, la mano pesada y cálida del Duque reposó sobre el hombro de la joven, desatando suaves caricias con el pulgar sobre la tela de su vestido, una caricia diminuta pero suficiente para mantener a Lysandra en un estado constante de dulce agitación.