En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
NovelToon tiene autorización de brida cruz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Definitivamente es el
Mis manos sudan.
Me abanico el rostro con torpeza, como si el aire pudiera calmar este temblor que nace en el pecho y se expande sin permiso.
—Hija, ¿qué ocurre? Te esperan adentro —dice mi padre, ofreciéndome su brazo.
Lo tomo. Me sostengo de él más de lo que debería.
Entramos juntos al salón principal.
Las luces doradas, los arreglos florales, la música suave… todo está pensado para deslumbrar.
Para cualquiera sería elegante.
Para mí es asfixiante.
El aire es denso, pesado.
Me cuesta respirar.
Los padres de René se acercan.
Su madre me besa la mejilla con esa calidez que siempre tiene.
Su padre se limita a observarme, serio, como si me midiera.
Esa mirada me incomoda más que cualquier reproche.
—¿Todo bien, querida? —pregunta ella.
Asiento, pero mis ojos se deslizan hacia la entrada.
Busco al hombre que vi hace un rato.
No lo distingo entre la gente.
Tal vez fue un socio, me repito.
Tal vez mi mente me está jugando una mala pasada.
—Mira la casa en la que vivirás —dice Yajaira, con esa sonrisa suya, falsa, perfecta—. Es hermosa.
—Mi casa también lo es —respondo con suavidad, aunque el frío se me escapa en la voz.
Mi padre me rodea con un brazo, protector.
Noto cómo mi madrastra y Yajaira evitan mirarme.
Hay algo flotando en el ambiente.
Algo que todos parecen saber… menos yo.
René aparece y entrelaza su mano con la mía.
—No tienes que ser grosera —me susurra.
—¿De qué hablas?
—Respondes con prepotencia. Me estás dejando mal.
—No es mi intención.
—Entonces deja de hacerlo —dice, autoritario. Ese tono que siempre me incomoda… Mi hermano siempre responde así.
Regresamos con los demás.
René sube un par de escalones y llama la atención de todos.
—Gracias por venir. Mi prometida, Anastasia, y yo les agradecemos que nos acompañen esta noche.
Aplausos.
Sonrisas.
Me llama a su lado.
Obedezco.
Mi sonrisa es automática, rígida, casi dolorosa.
—Pasemos a la mesa.
Nos sentamos.
Vuelvo a mirar alrededor.
No está.
El hombre no está.
—¿A quién buscas? —susurra René, muy cerca de mi oído.
—A nadie —respondo demasiado rápido.
Mi padre me sonríe desde el otro extremo de la mesa.
Mi madrastra finge cordialidad.
Todo luce perfecto.
Pero dentro de mí hay algo que no se apaga, una inquietud que se me mete bajo la piel.
La cena avanza entre risas huecas y conversaciones que apenas escucho.
Apenas pruebo la comida.
El corazón me late raro, desacompasado.
René habla de la boda.
Asiento.
No digo nada.
Cuando los invitados comienzan a irse, quedamos solo las dos familias.
Las sonrisas se desvanecen.
El ambiente cambia.
—Hay que revisar los bienes —dice el padre de René—. Y bajo qué régimen se casarán.
—Bienes separados —responde mi padre, firme.
—La decisión la toma Anastasia —interviene el padre de René.
—Lo que mi padre decida está bien —respondo sin pensarlo.
La mandíbula de René se tensa.
Su enojo es evidente.
—Luego hablaremos tú y yo —murmura.
No suena a invitación.
Mi padre me hace una seña.
Caminamos hacia el jardín.
—Hija, no firmes nada —me dice en voz baja.
Asiento.
—Estás distinta… ¿qué ocurre? —pregunta.
—¿Que ocurre con la casa?no creas que no noté lo de la casa.
Le digo y el suspira.
—Estoy por perderla.
—Padre, tenemos dinero.
—Tú tienes dinero. Nosotros no.
—Que tu abogado redacte el documento. Usa lo que necesites para salvar la casa y la empresa.
—No aceptaré dinero regalado.
Aprieto sus manos.
—Entonces será un préstamo. Si no me pagas en cinco años, me quedo con todo.
Ríe, cansado.
—En un año.
—Tres —corrijo, apenas sonriendo.
Asiente.
Su sonrisa me alivia, aunque sé que esconde demasiada preocupación.
—No solo tienes una hija —interrumpe mi madrastra, apareciendo de pronto.
Mi padre me abraza y la enfrenta.
—Eso lo sé. Me lo recuerdas a diario.
—O tal vez solo ves a la hija de la mujer que más te dio —escupe.
—Hoy no discutiré —dice él—. Es un día especial para mi hija.
Regresamos al salón.
El ambiente sigue tenso, cargado.
Poco después, mi padre se despide.
—Yo llevaré a Anastasia —dice René.
Mi padre asiente, confiado.
Me despido de él.
Me quedo con René y su familia. Sus padres se retiran, dejándonos solos.
El silencio pesa.
La mirada de René baja a mi cuello, donde el maquillaje cubre las marcas de esa noche… y de algo más.
Trago saliva.
—El tema de los bienes es importante. No quiero quedar en vergüenza.
—Si mi padre decidió bienes separados, así será.
—Deja de ser una hija de papi y decide por ti —me grita.
—Mi padre sabe lo que hace.
—¡Yo seré tu marido! —gruñe—. Deberías confiar en mí.
—Confío en ti. Pero él sigue siendo mi albacea.
—Eso era antes. Ya eres mayor de edad.
—No discutiré más, luego podemos hablarlo.
Me toma del mentón con fuerza.
—Pero él sí puede tocar tu dinero. ¿Ya le pediste explicaciones sobre tu herencia?
—No tengo por qué hacerlo. Ese dinero lo hicieron mis padres juntos. Mi madre confió en él… y yo también.
Va a responder cuando escuchamos pasos.
René me suelta de golpe.
—Lamento interrumpir —dice una voz profunda, firme, imposible de ignorar.
Un escalofrío me recorre entera.
—Solo hablaba con mi prometida —dice René, incómodo—. Te la presento. Llegaste tarde.
—Llegue pero tuve que salir por una urgencia —responde el hombre.
René se hace a un lado.
Y entonces lo veo.
El mundo se mueve.
El aire desaparece.
Mis manos tiemblan sobre el vestido.
No puedo levantarme.
Si lo hago, siento que mis piernas me fallaran.
—Anastasia —dice René—, él es mi hermano. Damián.
—Damián, ella es Anastasia. Mi prometida… y en dos días, mi esposa.
Dejo de escuchar.
Porque él me mira.
Con esa intensidad.
Con esos ojos oscuros, profundos, imposibles de olvidar.
Y en esa mirada lo entiendo todo.
Él es el hombre con el que estuve hace un par de noches.