Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 1 - La silla vacía
La silla de mi padre nunca me había parecido tan grande hasta que la vi vacía.
Estaba en la cabecera de la mesa, como siempre. Negra, ligeramente separada del borde, con una taza de café que alguien había colocado por costumbre antes de recordar que esa mañana nadie iba a ocuparla.
Él estaba en el hospital.
Había sufrido un paro cardíaco hacía apenas unas horas y, aunque los médicos habían conseguido estabilizarlo, seguía delicado.
Delicado, pero estable.
Llevaba desde la madrugada repitiéndome esas tres palabras. No ayudaban demasiado.
—Deja de mirar la silla —murmuró mi hermano, Adrián, a mi lado.
Giré hacia él.
—Tú también la estás mirando.
—Yo estoy pensando —dijo.
Su teléfono se iluminó entre sus manos. Alcancé a ver una notificación antes de que la ocultara con el pulgar.
—¿En Instagram?
Mi hermano me lanzó una mirada.
—¿En serio, Lizzie?
—Tú empezaste.
Suspiró y dejó el teléfono boca abajo.
No tenía ganas de discutir con él. Mucho menos ese día.
La llamada de mamá había llegado antes del amanecer, y después todo se había vuelto un desfile: la ambulancia, el pasillo del hospital, los médicos entrando y saliendo mientras nosotros esperábamos una respuesta que nadie parecía tener. Y luego, casi encima, llegó la empresa. Porque al parecer ni siquiera un paro cardíaco podía detener las llamadas de accionistas, bancos y miembros del consejo.
Por eso estábamos allí. Adrián y yo habíamos salido del hospital apenas una hora antes, dejando a mamá con papá, y habíamos terminado en aquella sala intentando resolver un problema para el que ninguno de los dos estaba preparado.
Yo no quería haberme ido. Pero tampoco podía fingir que no estaba pasando nada.
Levanté la mirada.
Y me encontré con James.
Estaba sentado al otro lado de la mesa, hojeando una carpeta. Traje oscuro, expresión seria y esa tranquilidad suya que siempre conseguía hacerme sentir que todos los demás estábamos exagerando. No sabía si me irritaba o me tranquilizaba verlo allí. Probablemente ambas.
James levantó los ojos y me descubrió observándolo. Por un segundo, ninguno de los dos apartó la mirada.
Entonces sus ojos descendieron hacia mi mano izquierda. Hacia el anillo.
Moví los dedos casi por reflejo. Cuando volvió a mirarme, su expresión no había cambiado.
Cinco años. Y seguía siendo imposible saber qué demonios estaba pensando.
—Comencemos —anunció el vicepresidente.
Me obligué a prestar atención. Durante los siguientes minutos escuchamos informes sobre las consecuencias que la noticia ya estaba provocando: las acciones habían reaccionado, algunos inversionistas pedían explicaciones, y había decisiones que necesitaban la autorización de papá sin que nadie supiera cuánto tiempo estaría ausente.
Cada vez que alguien decía el presidente, mis ojos regresaban a la cabecera de la mesa.
Hasta que llegó la pregunta inevitable.
¿Quién ocuparía su lugar?
—Yo puedo hacerlo —dijo Adrián.
Giré hacia él. Debí imaginarlo.
Mi hermano se había enderezado en la silla y, por primera vez desde que empezó la reunión, había dejado de mirar el teléfono.
Adrián tenía veintisiete años y una confianza en sí mismo que a veces envidiaba. El problema era que esa confianza rara vez venía acompañada de prudencia. No era tonto; todo lo contrario. Era inteligente, encantador y ambicioso, capaz de entrar en una habitación sin conocer a nadie y salir con tres amigos nuevos y una propuesta de negocio. Pero también era capaz de desaparecer un fin de semana entero porque alguien lo había invitado a una fiesta al otro lado del país.
Papá llevaba años intentando prepararlo. Adrián llevaba años asegurando que todavía había tiempo.
Ahora quería la silla.
—Conozco la empresa —continuó—. No necesitamos traer a alguien de fuera.
El silencio del consejo dijo suficiente.
El señor Carter, el más veterano de todos, fue el primero en hablar, y lo hizo sin levantar la vista de sus papeles.
—Nadie duda de que la conozca. Dudamos de que los inversionistas lo sepan.
Vi cómo la expresión de mi hermano se endurecía.
—Soy el hijo del presidente.
Cerré los ojos un instante.
Ahí estaba. El apellido como argumento.
Adrián no entendía que ese era precisamente el motivo por el que no podíamos permitirnos que fracasara.
—El Señor James podría asumir temporalmente —propuso alguien.
El ambiente cambió. Adrián giró la cabeza. Yo miré a James.
Él cerró la carpeta.
—No.-respondió de inmediato
Una palabra. Ni siquiera se tomó tiempo para considerarlo.
El vicepresidente insistió: James conocía la empresa desde hacía años, era uno de sus principales accionistas y tenía la experiencia necesaria para sostenerla durante la ausencia de papá.
Todo era cierto. Y James lo sabía.
—Agradezco la confianza —respondió—, pero no aceptaré el puesto.
Sentí que la preocupación empezaba a mezclarse con la irritación. Adrián quería dirigir aunque no estuviera preparado. James podía hacerlo y simplemente no quería. No sabía cuál de las dos cosas me molestaba más.
El consejo siguió presionando hasta que James terminó explicando lo que significaría aceptar. No prometía conservar todo como estaba. Si la ausencia de papá se prolongaba, habría que tomar decisiones difíciles: reducir gastos, reestructurar áreas enteras, incluso desprenderse de aquello que pusiera en riesgo al resto.
—¿Vender? —pregunté.
James me miró.
—Si fuera necesario.
—Para ti todo suena demasiado sencillo.
—No dije que fuera sencillo.
—Hablas de cerrar áreas como si solo fueran números.
Su expresión se endureció ligeramente.
—Sé perfectamente que hay personas detrás de esos números, Lizzie.
—No lo parece.
La sala quedó en silencio. James dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Mantener algo funcionando hasta que arrastre al resto tampoco ayuda a esas personas.
No respondí enseguida. Porque odiaba admitir que tenía un punto, y porque James tenía esa forma desesperante de decir las cosas: sin suavizarlas, sin el menor interés en caerle bien a nadie.
—Entonces acepta —dije finalmente—. Si sabes lo que habría que hacer, hazlo.
James sostuvo mi mirada.
—No.
Sentí ganas de lanzarle la carpeta que tenía delante.
—¿Por qué?
—Porque no es mi lugar.
Mis ojos se desviaron hacia la cabecera.
—Ahora mismo no es el lugar de nadie.
Algo cambió en su expresión. Fue mínimo.
—Precisamente.
Adrián soltó una risa sin humor.
—Perfecto. Entonces se acabó la discusión. Yo puedo hacerlo.
James giró hacia él.
—Querer hacerlo no significa estar preparado.
La mandíbula de mi hermano se tensó.
—¿Y tú decides quién está preparado?
—No hace falta que lo decida yo.
—James —intervine.
No quería que aquello se convirtiera en una pelea. Adrián ya estaba lo bastante molesto por la resistencia del consejo, y James tenía la desagradable habilidad de provocarlo sin necesidad de levantar la voz.
Miré a mi hermano. Lo conocía. Cuanto más cuestionaran su capacidad, más se aferraría a la idea de ocupar el puesto; no porque de pronto hubiera descubierto una vocación por la empresa, sino porque Adrián detestaba que alguien le dijera que no podía hacer algo.
Y James acababa de hacerlo delante de todo el consejo.
—Podemos discutir mis capacidades todo el día —dijo mi hermano, esforzándose por recuperar la calma—, pero seguimos necesitando a alguien al frente.
En eso tenía razón.
Las voces comenzaron otra vez. Unos querían decidir ese mismo día, otros preferían esperar; alguien sugirió un comité temporal y Ordóñez descartó la idea antes de que terminara la frase.
Intenté seguirlos. No pude.
Hacía apenas unas horas había visto a mi padre conectado a un monitor. Y ya estábamos discutiendo quién ocuparía su lugar.
Miré la silla. Sentí un nudo en el estómago.
Quizá por eso tardé unos segundos en notar que James había dejado de participar.
Estaba guardando sus documentos. Lo vi cerrar la carpeta y ponerse de pie.
—Tengo que irme.
Levanté la cabeza.
—¿Te vas?
James tomó su saco del respaldo.
—Ya di mi respuesta.
El vicepresidente intentó detenerlo. Le pidió que lo reconsiderara antes de tomar una decisión definitiva, pero James no parecía dispuesto a hacerlo.
—No voy a aceptar la dirección.
Y eso fue todo.
Caminó hacia la puerta. Lo seguí con la mirada, sintiendo cómo la poca tranquilidad que me quedaba desaparecía con cada uno de sus pasos.
—James.-lo llamé, mi voz apenas salió y él lo escuchó
Se detuvo. Giró hacia mí.
Por un momento pensé en pedirle que se quedara. No sabía exactamente qué esperaba conseguir. Quizá que volviera a sentarse. Que nos diera una solución. Que por una vez dejara de mirar el desastre desde fuera, como quien observa un incendio desde la acera de enfrente y decide a qué hora se marcha.
Pero todos nos observaban.
Y James también.
Así que no dije nada.
Él sostuvo mi mirada un instante. Después abrió la puerta y se fue.
El sonido al cerrarse detrás de él fue suave. A mí me pareció ensordecedor.
Adrián volvió a hablar casi de inmediato. Uno de los consejeros lo interrumpió; otro insistió en considerar todas las opciones antes de entregar la dirección a alguien sin experiencia suficiente. Las voces empezaron a mezclarse hasta volverse una sola cosa, ruidosa y sin forma.
Dejé de escucharlas.
Miré la puerta por la que James acababa de salir. Después a mi hermano.
Y finalmente a la silla de papá.
Seguía vacía.
Apreté las manos debajo de la mesa. Llevaba toda la mañana diciéndome que tenía que mantener la calma. Por mamá. Por papá.
Respiré profundamente.
No funcionó.