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OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

OTRA TONTA REENCARNACIÓN... ESTÁ HEREDERA DA MUERTE A LOS CLICHES

Status: Terminada
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La "amiga" que traiciona

El jardín de las rosas blancas era el lugar donde todo el mundo iba a hablar en secreto… y donde nadie decía la verdad. Tony caminaba entre los arbustos, el bastón golpeando suavemente la gravilla. Su tobillo mejoraba, pero seguía cojeando lo suficiente para que la subestimaran. Y eso, había aprendido, era una ventaja que no debía apresurarse a perder.

Giulia la había avisado al amanecer, en voz baja, al pasarle el desayuno: «Cuidado con Isabella. Llega temprano, se sienta cerca, ríe demasiado fuerte. Y pregunta cosas que no le corresponden». Tony no necesitó más. No porque supiera lo que venía, sino porque lo había visto cientos de veces: la amiga que aparece justo cuando estás sola, que escucha con los ojos muy abiertos, que asiente con la cabeza… y que corre a repetir cada palabra a quien la paga.

Isabella, hija menor de un noble arruinado, estaba esperándola junto al banco de piedra más apartado. Llevaba un vestido de color rosa pálido, trenzas con cintas, y una expresión de ternura tan perfecta que parecía pintada. Se levantó en cuanto vio a Tony, con los brazos abiertos.

—¡Antonia! Qué bueno que viniste. Tenía que verte. Tenemos que hablar. Nadie nos escuchará aquí.

Tony se sentó despacio, colocando el bastón al alcance de su mano. Sonrió, amable y contenida.

—¿De qué quieres hablar, Isabella?

La chica se inclinó hacia adelante, bajando la voz con la urgencia de quien comparte un tesoro.

—De todo. De lo que pasó ayer con Elena. De Lucrezia. De… lo que va a pasar. Yo estoy de tu lado, ¿sabes? Todos te juzgan sin conocerte. Pero yo te conozco. Y sé que tienes un plan. Cuéntame, por favor. Necesito saber que no estás sola.

Tony la miró. La miró a los ojos, a las manos entrelazadas con nerviosismo, al modo en que Isabella desviaba la mirada hacia los senderos cada pocos segundos, como esperando a alguien.

«No es magia. Es atención», pensó. «La gente que dice "estoy de tu lado" sin que se lo pidas… siempre está del lado de algo más grande que tú. Y siempre quiere algo que no se atreve a pedir abiertamente».

—Es muy dulce de tu parte decir eso —respondió Tony, con voz suave—. Y te agradezco tu confianza. La verdad es que sí… tengo un plan.

Isabella se iluminó de inmediato, inclinándose más.

—¿De verdad? ¡Sabía que eras más lista de lo que dicen! Cuéntame. ¿Qué harás contra Lucrezia? ¿La denunciarás ante el Duque? ¿Tienes pruebas de lo del veneno?

—No todavía —dijo Tony, con tono confidencial, bajando la voz—. Pero mañana al mediodía iré al despacho del Duque. Llevaré el frasco que encontré en las escaleras. Y los testigos. Todo quedará resuelto antes del atardecer.

—¡Mañana al mediodía! —repitió Isabella, grabando cada palabra—. ¡Qué valiente eres! Nadie se atrevería a enfrentarse a ella así.

—Es necesario —dijo Tony, con una sonrisa melancólica—. Solo espero que no haya consecuencias terribles. Dicen que los cuatro nobles la respaldan. Si fallo… no sé qué será de mí.

—No fallarás —dijo Isabella, apresurada—. Tienes que creer en ti. Bueno… debo irme. Se me hace tarde. ¡Hasta mañana, Antonia! ¡Todo saldrá bien!

Se levantó casi corriendo, sin mirar atrás, desapareciendo entre los rosales con la prisa de quien lleva un mensaje urgente. Tony se quedó sola en el banco, mirando las rosas blancas. No se sintió traicionada. Se sintió confirmada.

—Giulia —dijo en voz baja—. Puedes salir.

La doncella apareció desde detrás de un seto, con el ceño fruncido.

—¿Le dijo dónde y cuándo?

—Se lo di todo —respondió Tony, levantándose despacio—. Menos la verdad.

—¿Y si ella no se lo cuenta a Lucrezia?

—Se lo contará —dijo Tony, caminando hacia el sendero principal—. Porque Isabella no me escucha para ayudarme. Me escucha para cobrar. Y para eso, necesita entregar algo que parezca valioso. Si yo le doy algo brillante… correrá a entregarlo antes de que se le quite el brillo.

—¿Y qué hará Lucrezia? —preguntó Giulia, comprendiendo de golpe.

—Lo que siempre hace quien cree tener la ventaja —dijo Tony con una media sonrisa—. Irá al despacho del Duque mañana al mediodía. Destruirá lo que crea que es la prueba. Organizará una trampa para mí. Y cuando llegue yo… no estaré ella esperándome. Estaré yo esperándola.

El día transcurrió lento, como siempre antes de la tormenta. Tony no preparó discursos. Preparó horarios. Sabía que Lucrezia no podía resistirse a una oportunidad tan perfecta. Nadie resiste la trampa que cree haber descubierto.

Y a la mañana siguiente, una hora antes del mediodía, Tony se detuvo en la sombra del pasillo que daba al despacho ducal. No entró. Esperó. Y exactamente como había previsto, vio llegar a Lucrezia, rápida y silenciosa, seguida por dos de los cuatro nobles que la respaldaban. Llevaba un pañuelo en la mano, la cara tensa de triunfo. Entró sin llamar. Tony esperó cinco minutos, luego hizo una seña a los guardias apostados en la puerta, y entró detrás de ella.

Lo que encontró no fue solo a Lucrezia. En el centro de la habitación, sobre la mesa del Duque, estaba el frasco de veneno… colocado ahí por las manos de Lucrezia, para simular que Tony lo había plantado. Y junto a ella, no solo los dos nobles. Estaba Isabella.

—… y cuando ella llegue —decía Lucrezia, con voz fría y triunfante—, la acusaremos de intentar incriminarme con evidencia falsa. El Duque la desterrará hoy mismo. Tú hiciste bien en decírmelo, Isabella. Tu lealtad será recompensada.

—Hago lo que debo —respondió la chica, con una sonrisa que se borró en cuanto la puerta se abrió de golpe.

Tony entró, tranquila, sin prisa. Los tres se giraron de golpe, pálidos.

—Lástima que la lealtad te la paguen con monedas falsas —dijo Tony, apoyándose en el marco de la puerta—. Porque no te dio la información, Lucrezia. Te dio una invitación. Y viniste tan rápido que ni siquiera te preguntaste por qué te lo contó ella tan fácil.

Lucrezia recuperó el control, señalándola con el dedo.

—¡Entras justo a tiempo! ¡Los guardias! Ella trajo el veneno para incriminarme…!

—El veneno estaba en mi habitación anoche —la cortó Tony—. Giulia lo guardó bajo llave. Nadie ha entrado. Así que ese frasco que tienes ahí… es el tuyo. Y los guardias que están en la puerta escucharon todo lo que dijiste antes de que yo entrara.

Lucrezia miró hacia la puerta. Los dos guardias estaban ahí, con expresión impasible. Habían escuchado cada palabra. Isabella dio un paso atrás, temblando.

—Yo… yo solo repetí lo que ella me dijo… —balbuceó.

—Repetiste lo que te dije —corrigió Tony, mirándola sin ira, solo con lástima—. Pero elegiste a quién entregárselo. Y esa elección es tuya, no mía.

—¡Ella me obligó! —Isabella señaló a Lucrezia, desesperada—. ¡Me dijo que si no lo hacía, arruinaría a mi hermano! ¡Recibo órdenes de alguien superior! ¡No es ella! ¡Es alguien más arriba!

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, claras y heladas. Lucrezia se quedó rígida, sin negarlo. Los dos nobles intercambiaron una mirada rápida, de alarma. Alguien superior a Lucrezia. Alguien que daba órdenes, que amenazaba familias, que movía piezas sin mostrar su cara.

Tony no pidió más explicaciones. No necesitaba. Lo que Isabella había soltado con el pánico valía más que cualquier confesión preparada.

—Llévenla —dijo Tony a los guardias, señalando a Isabella—. Y a ti, Lucrezia… agradece que el Duque no esté aquí ahora mismo. Porque si lo estuviera, esto ya habría terminado.

Salió del despacho. No era una victoria perfecta. Isabella había sido una pieza, no la mente maestra. Y la confirmación dolía: había alguien más arriba. Alguien que usaba a Lucrezia, que usaba a Isabella, que usaba a todos como peones en un tablero que Tony apenas empezaba a ver.

Pero mientras caminaba por el pasillo, con el bastón golpeando el suelo con ritmo firme, Giulia se acercó y habló muy bajo:

—Nadie había logrado ponerla en evidencia así. La corte lo comentaba ya en la escalera. Dicen que eres prudente. Que sabes elegir a quién confiar y a quién no. Eso… eso vale mucho aquí.

—La prudencia no es virtud —respondió Tony, mirando hacia el jardín—. Es supervivencia. Y en este palacio, sobrevivir es el único triunfo que cuenta.

Subió a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, cerrando los ojos un instante. Había ganado. Había desmantelado la traición antes de que doliera. Había puesto a Lucrezia en su lugar. Pero el precio estaba ahí, claro y cortante: la cadena de mando iba mucho más arriba de lo que imaginaba. Y quien estaba en la cima… sabía que ella ya no era una pieza fácil de mover.

«No gané porque adiviné que me traicionaría», pensó, abriendo la ventana al aire fresco. «Gané porque entendí que la gente que te da todo sin pedir nada… siempre está cobrando por adelantado. La traición no es un misterio. Es un negocio. Y yo ya sé cuánto cuestan aquí».

Alguien la observaba desde la torre lejana. No era Lucrezia. No era los cuatro nobles. Era quien daba las órdenes. Y por primera vez, Tony sintió que esa persona no solo la observaba. Estaba ajustando el juego. Y la próxima jugada no sería tan torpe.

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EspirituCreativo
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