La guerra entre Elarion y Drakhar ha durado años, pero, cuando el príncipe heredero de Drakhar se fija en la santa Sylvia, de Elarion, propone un tratado de paz, pero a cambio deben entregarle a la santa como concubina. Sylvia acepta esta condición para salvar a su nación, pero, no se imagina que, al entrar al palacio de Drakhar se encontrará con las amantes del príncipe heredero, pero, aunque ella no es fácil de intimidar, pronto descubre, que, en ese palacio, tiene un aliado más poderoso que el mismísimo emperador, el dragón rojo de la calamidad, que se ha liberado del control del príncipe heredero, y que, esta dispuesto a vengarse por usarlo como una maquina de guerra.
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Capitulo 17.
Meredith regreso con la cara de pánico tras tres días de estar buscando el paradero de los parientes de Malakor. Tan pronto regreso le pidió al príncipe hablar a solas, y ahí le informó lo sucedido, de los cinco magos relacionados con la familia de Malakor, esos cinco fueron encontrados muertos, alguien los había asesinado desde hace días. Ahora solo tenían la pista de dos magos más, pero sus subordinados aún no regresaban con noticias porque estos estaban lejos de la capital.
Balthazar, furioso al escuchar la noticia, estrello su copa de vino en la pared. No era posible que todo le estuviese saliendo mal.
—¿quien fue?, ¿quien los asesino?— pregunto aun con rabia.
—no hay testigos alteza. Incluso los libros de magia de sus colecciones han sido quemados.—
Meredith le entregó un libro de portada negra, quemado a la mitad, no había nada que rescatar de esos restos. Balthazar golpeo con el puño la mesa.
—maldita sea...¿quien carajos se atreve a esto?, quiero que encuentres a los culpables...tienes que traerlos ante mí.— ordena.
—lo intentaré alteza...pero sin pistas ni testigos, esto es difícil.— Meredith agacha la cabeza.
—entonces ve y encuentra a otro mago...no son los únicos descendientes...— ordena elevando la voz.
Meredith asintió y al salir, dejo escapar un pesado suspiro. En su camino fuera del ala del príncipe, cruzo por el pasillo del ala de las concubinas y se detuvo un momento. Ese hombre de cabello rojo, caminaba hacía su dirección, y al verla se detuvo.
—parece que, trae malas noticias, señorita.— comento despreocupado.
Meredith apretó los puños, no olvida qué ese hombre junto con la santa le hicieron pasar un mal rato.
—cuide lo que hace...se bien que usted y esa zorra albina traman algo.— responde la pelinegra molesta.
—que mal hablada. Aunque, si hablamos de zorras...ese apodo le queda mejor a usted, ¿no?— se encoge de hombros con una sonrisa burlona.
—cuide lo que dice...que sea invitado de su majestad no me detiene para eliminarlo.—
Los guardias que venían con Meredith estaban por desenvainar sus espadas, pero la mujer le hace una señal.
—mejor tenga cuidado usted...esos magos podrían no ser los únicos en perder la cabeza.— le susurra.
Meredith abre bien los ojos, sorprendida por las palabras del pelirrojo, pero, esta solo hace una reverencia y sigue su camino antes que la mujer pueda preguntar más. Pero ella misma saca su espada y corre tras el pelirrojo para atacarlo. Friedrich esquiva la estocada de la espada y libera una ráfaga de magia que empuja a la pelinegra hacia atrás causando que se arrastre por el suelo hasta golpearse contra los guardias que venían con ella.
—no estás ni para el calentamiento...así que no lo intentes.— sonríe con burla.
Friedrich sigue su camino, mientras que, Meredith se queja, porque, el impacto de la ventisca de magia fue un golpe bastante duro.
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Ya en el palacio tras la muralla de espinas, apenas llegó al sofá de la sala principal, se dejo caer sobre el sofá más grande, cerrando los ojos. El sueño esta vez, le había ganado.
Al anochecer, como de costumbre, Sylvia llegó a la residencia, y al pasar por la sala, para dirigirse al baño, vio al pelirrojo dormido, y claro, la pregunta surgió de inmediato, ¿por qué estaba en ese lugar?, ¿acaso también esta aliado con el dragón?, esa sería la respuesta más obvia.
Dio un par de pasos, quedando delante del pelirrojo para observarlo mejor. Definitivamente su rostro es atractivo incluso dormido, lástima de la personalidad, solo ha hablado con él un par de veces y ya le parece insoportable.
—si me sigue mirando así, pensaré que le gusto.— murmuro el pelirrojo.
La albina, al verlo abrir los ojos tras lo dicho, dio unos pasos hacía atrás.
—despierto pierde todo su encanto.— responde la albina.
Friedrich sonríe.— entonces no niega que le gusto.
—no soy ciega, aunque, su personalidad arruina todo.— se burla Sylvia.
—mi personalidad es encantadora, señorita Santa.— guiño.
—eso solo lo cree usted.— hace una leve reverencia y da media vuelta.
Ya era tarde, mejor se baña y cena, para poder irse a descansar. Friedrich se levanta y pide que le lleven su cena a su habitación, porque, esta agotado, aunque no ha hecho mucho realmente, pero, desde que reencarno, no ha tenido un buen descanso, y si pronto tendrá que ir al campo de batalla lo mejor es aprovechar el tiempo.
Tras terminar su baño, y su cena, Sylvia fue a la alcoba que ha estado ocupando en la residencia, una que tiene una ventana que da al jardín interno, pero, esta vez, al observar, no ve al dragón rojo dormido bajo el árbol.
—supongo que salió a disfrutar su libertad.— murmura para si misma.
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A la mañana siguiente, al bajar a desayunar, ahí estaba de nuevo, el pelirrojo sentado en el comedor. Sylvia dejo escapar un pesado suspiro y paso a sentarse.
—oiga...¿y este porqué esta aquí?— le pregunta bajito a la cocinera.
—señorita él es...— la mujer observa al pelirrojo.— un invitado...
—¿acaso mi presencia es una molestia para usted?— pregunta Friedrich.
—sinceramente, si, me distrae...y confunde...— responde sin pensarlo.
—¿ah si?, explique...
—su rostro...es una distracción, y también confunde, porque, cuando abre la boca, el encanto de su atractivo desaparece.—
Los sirvientes en el comedor, se quedan pasmados al escuchar como la albina le habla al dragón rojo. Incluso una estaba por decir algo, pero Friedrich le hizo una señal, y esta mejor agacho la mirada.
—así qué, mi rostro la distrae...entonces si llegamos a ser enemigos, se como ganarle.— guiño.
La albina solo le hizo una mueca de desagrado.
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