Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Enojo 2
Cuando finalmente llegaron a la mansión Harrington, el carruaje se detuvo frente a la entrada principal.
Lucille bajó primero y luego se volvió hacia Jack.
—Mañana lo invitaré a almorzar.
Jack, que estaba a punto de bajar, se detuvo.
—¿A almorzar?
—Sí.
—¿Con usted?
Lucille lo miró.
—Asi es.
Jack sonrió inmediatamente.
—Me parece una excelente idea.
Lucille ignoró aquella sonrisa demasiado satisfecha.
—Prepararé yo misma la comida.
Jack abrió un poco más los ojos.
—¿Usted cocinará?
—Sí.
—¿Para mí?
—Sí, Jack.
—Esto comienza a ponerse interesante.
Lucille rodó los ojos.
—Será mejor que comamos afuera.
Jack bajó del carruaje.
—¿A dónde?
Lucille se quedó pensando.
—No conozco muchos lugares bonitos. Pero hay unas colinas cerca del pueblo. Están llenas de flores en esta época del año.
Jack se quedó mirándola.
Colinas.
Flores.
Una comida preparada por Lucille.
Los dos solos.
En su cabeza, la escena se transformó inmediatamente.
Una manta sobre el pasto.
Lucille con un vestido bonito.
El cabello rojo moviéndose con la brisa.
Una cesta con comida.
Ella ofreciéndole algo preparado con sus propias manos.
Y él... Jack sonrió.
[Esto es una cita.]
Una cita.
Una cita romántica.
Sin ninguna duda.
Pero miró a Lucille.
Ella parecía completamente tranquila, sin darse cuenta de lo que acababa de proponer.
Y Jack, por una vez, decidió no decir nada.
[No voy a arruinarlo.]
Porque si le decía que aquello parecía una cita romántica, probablemente Lucille se pondría nerviosa, comenzaría a explicarle que no era eso y terminaría cancelando todo.
Así que decidió guardar silencio.
Al menos por ahora.
—Está bien. Acepto.
Lucille sonrió.
—Perfecto.
Jack cruzó los brazos.
—Aunque todavía estoy enojado con usted.
Lucille lo miró con incredulidad.
—¿Todavía?
—Por supuesto.
—Pensé que ya habíamos hablado de eso.
—No.
—Pero usted mismo admitió que estaba exagerando.
—Nunca admití eso.
Lucille suspiró.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
Jack fingió pensarlo.
—Esperaré hasta mañana.
—¿Esperará?
—Sí. Quiero ver qué tan buena es esa comida.
Lucille sonrió.
—Entonces mañana lo comprobará.
—Lo espero con ansias.
Ella asintió y luego comenzó a explicarle el plan.
—Mañana iremos juntos a la casa de ayuda. Le entregaré la lista de pacientes y usted comenzará con las consultas.
—De acuerdo.
—Yo regresaré a la mansión.
—¿Sola?
—Sí.
Jack la miró con suspicacia.
—¿Y luego?
—Prepararé todo para el almuerzo.
—¿Y después?
—Volveré a buscarlo.
Jack asintió lentamente.
—Me parece bien.
Lucille lo miró.
—¿Algo más?
—Sí.
—¿Qué?
Jack puso una expresión solemne.
—Quiero que no se tarde en ir a buscarme.
—Esta bien.
—Espero que no vuelva a olvidarse de mí.
Lucille parpadeó.
—No lo olvidé.
—Me dejó.
—¡No lo dejé!
—Me abandonó como si fuera un desecho.
Lucille abrió la boca.
La cerró.
Lo miró durante unos segundos.
[Es demasiado dramático.]
—Jack, usted es un mago adulto.
—Eso no significa que no pueda ser abandonado.
—Nadie lo abandonó.
—Yo todavía recuerdo ese momento.
—Fue hoy.
—Y lo recordaré toda mi vida.
Lucille soltó un suspiro.
—Está bien.
—¿Prometido?
—Prometido.
Jack sonrió satisfecho.
—Entonces mañana será un día maravilloso.
Lucille no pudo evitar sonreír también.
Aunque todavía pensaba que aquel hombre era exageradamente dramático.
A la mañana siguiente, ambos volvieron a la Casa Harrington de Ayuda.
Como habían acordado, Lucille llevaba preparada la lista de pacientes.
Se la entregó a Jack mientras él revisaba algunos documentos.
—Estos son los pacientes que debe atender esta mañana.
Jack tomó la lista.
—¿Y usted?
—Voy a regresar a la mansión.
—¿Ahora?
—Sí. Tengo que preparar el almuerzo.
Jack levantó la mirada.
—No tarde demasiado.
—No tardaré.
—¿Cuánto tiempo?
Lucille pensó.
—Unas horas.
Jack hizo una pequeña mueca.
—¿Unas horas?
—Sí.
—Eso es mucho tiempo.
—Jack...
—Estaré completamente solo.
Lucille lo miró.
—Habrá pacientes.
—Pero cuando no haya pacientes, estaré solo.
—Habrá médicos.
—Pero ellos estarán trabajando.
—También habrá asistentes.
—Ellos tienen sus propias tareas.
Lucille suspiró.
Jack bajó lentamente los hombros.
Su expresión cambió por completo.
De pronto parecía un hombre abandonado en medio de un bosque.
—No quiero quedarme solito tanto tiempo...
Lucille lo observó.
[¿Qué le pasa?]
Jack puso una expresión todavía más desvalida.
Parecía un cachorro que acababa de ser dejado en la puerta de una casa.
Lucille intentó mantenerse seria.
No pudo.
Suspiró.
—Volveré pronto.
Jack levantó la mirada.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿No me dejará solo durante mucho tiempo?
—No.
Jack siguió mirándola.
Lucille volvió a suspirar.
Y entonces, casi sin pensarlo, levantó una mano y acarició suavemente su cabeza.
Jack se quedó inmóvil.
Lucille también.
[¿Qué estoy haciendo?]
Pero al verlo con aquella expresión tan desvalida, no pudo evitar sonreír.
—Voy a volver pronto, ¿de acuerdo?
Jack parpadeó.
Y lentamente apareció una sonrisa en su rostro.
—De acuerdo.
Lucille retiró la mano.
—Compórtese.
—Siempre me comporto.
Ella lo miró.
—Eso es mentira.
—Bueno... casi siempre.
Lucille soltó una pequeña risa.
—Nos vemos en unas horas.
—La estaré esperando.
—Lo sé.
Lucille se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el carruaje.
Pero antes de subir, miró nuevamente hacia atrás.
Jack seguía allí.
Sonriendo.
Lucille negó con la cabeza.
[De verdad parece un cachorrito.]
Y, por alguna razón, aquella idea le pareció bastante tierna.
Jack, mientras tanto, la observó alejarse.
Y cuando el carruaje desapareció por el camino, llevó una mano hasta su cabello.
Justo donde ella lo había acariciado.
Sonrió.
[Definitivamente voy a conseguir que vuelva a hacerlo.]
Y con ese pensamiento, tomó la lista de pacientes.
—Bien. A trabajar.
Aunque, por primera vez en toda la mañana, Jack estaba esperando con especial entusiasmo que pasaran rápido aquellas horas.