sin espoiler
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UNA TARDE DE COMPRAS
La tarde había comenzado tranquilamente en la mansión.
Mirelith estaba en el salón revisando algunos mensajes de su teléfono cuando Christopher apareció.
—¿Estás ocupada?
Ella levantó la mirada.
—No. ¿Por qué?
Christopher tomó su saco del respaldo de una silla.
—Quiero llevarte de compras.
Mirelith abrió los ojos.
—¿De compras?
—Sí.
—Pero no necesito nada.
Christopher sonrió.
—No pregunté si necesitabas algo.
Mirelith soltó una pequeña risa.
—Christopher...
—Vamos, mi niña.
Ella terminó levantándose.
—Está bien.
Minutos después, ambos salieron de la mansión.
El automóvil se detuvo frente a una exclusiva zona comercial.
Mirelith miró los escaparates.
—Christopher, esto es demasiado.
—Todavía no has visto nada.
Entraron a la primera tienda.
Una de las empleadas reconoció inmediatamente a Christopher y los recibió con respeto.
—Buenas tardes, señor.
Christopher asintió.
—Buscamos ropa para ella.
Mirelith inmediatamente intervino.
—Pero solo vamos a mirar.
Christopher la miró divertido.
—Claro.
La empleada comenzó a mostrar diferentes prendas.
Mirelith escogió algunas que realmente le gustaban.
Christopher, sin embargo, seguía señalando otras.
—También esa.
—Christopher...
—Y esa.
—Ya tengo suficiente.
—Todavía no.
Mirelith terminó riéndose.
Después de un rato, varias bolsas estaban listas.
Ella las observó.
—¿De verdad compraste todo esto?
—Sí.
—Es muchísimo.
Christopher tomó algunas de las bolsas.
—Entonces tendremos que comprar un armario más grande.
Mirelith negó con la cabeza.
—Estás loco.
—Probablemente.
La siguiente parada fue una joyería.
Mirelith se quedó mirando el escaparate.
—No.
Christopher sonrió.
—¿No qué?
—No vamos a entrar.
—¿Por qué?
—Porque ya compraste demasiadas cosas.
Christopher abrió la puerta.
—Entra.
—Christopher...
—Solo vamos a mirar.
Mirelith lo miró con desconfianza.
—No te creo.
Él soltó una carcajada.
Dentro, Christopher pidió que le mostraran algunos accesorios.
Mirelith observó varias piezas elegantes.
Había pendientes, pulseras y delicados collares.
—Este me gusta —dijo ella, señalando uno.
Christopher miró la pieza.
—Entonces ese.
—¡No!
Mirelith lo miró sorprendida.
—Solo dije que me gustaba.
—Y yo dije que es tuyo.
La empleada sonrió mientras preparaba el pedido.
Mirelith suspiró.
—Un día voy a aprender a no decirte qué cosas me gustan.
Christopher respondió:
—Será inútil. Yo seguiré preguntando.
Después llegó la tienda de maquillaje.
Mirelith entró con la intención de comprar solamente algunas cosas.
Christopher se quedó observando cómo ella comparaba productos.
—¿Cuál necesitas?
—Este.
—¿Y ese?
—También.
—Entonces los dos.
—No necesitas comprarme todo.
—Quiero hacerlo.
Mirelith lo miró.
Christopher tenía una expresión completamente tranquila.
No parecía estar intentando impresionarla.
Simplemente disfrutaba verla feliz.
Mirelith sonrió.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
La última parada fue una perfumería.
Mirelith probó varios perfumes.
Christopher permaneció a su lado.
—¿Cuál te gusta más?
Ella volvió a probar uno.
—Este.
—Perfecto.
—¿Solo este?
Christopher miró al empleado.
—Los otros dos también.
Mirelith soltó una carcajada.
—¡Christopher!
—¿Qué?
—¡Son tres!
—Y los tres te gustan.
Ella negó con la cabeza.
—No tienes remedio.
Christopher sonrió.
—Eso ya lo sabías.
Cuando regresaron a la mansión, el automóvil estaba lleno de bolsas.
Mirelith bajó y miró todo aquello.
—Creo que necesito un mapa para recordar dónde está cada cosa.
Christopher rio.
—Puedo ayudarte.
—¿Tú?
—Claro.
—Seguro terminarías comprando más.
—Es posible.
Mirelith lo miró divertida.
—Eres imposible.
Entraron a la mansión.
Sin embargo, ninguno de los dos se dio cuenta de que Kalel estaba en la escalera.
Había escuchado el automóvil llegar.
Y ahora observaba las numerosas bolsas.
—¿Qué es todo eso?
Mirelith levantó la mirada.
—Fuimos de compras.
Kalel miró a su padre.
—¿Todo eso lo compraste tú?
Christopher respondió tranquilamente:
—Sí.
Kalel miró nuevamente las bolsas.
Ropa.
Joyas.
Maquillaje.
Perfumes.
Todo para Mirelith.
Sintió que los celos regresaban con más fuerza.
—¿Por qué le compras tantas cosas?
Christopher respondió sin alterarse.
—Porque quiero.
—Pero es demasiado.
—No te corresponde decidirlo.
Kalel apretó la mandíbula.
Mirelith intentó suavizar la situación.
—Kalel, de verdad, no tienes que preocuparte.
Él la miró.
—Claro que no.
Su tono decía exactamente lo contrario.
Kalel bajó las escaleras y pasó junto a ellos.
Pero antes de marcharse, miró una de las bolsas.
—Parece que mi padre sabe consentirte.
Mirelith sonrió.
—Sí. Es muy atento conmigo.
Aquella respuesta terminó de irritarlo.
Kalel siguió caminando.
Christopher observó cómo se alejaba.
Mirelith suspiró.
—Creo que está celoso.
Christopher sonrió ligeramente.
—Probablemente.
—¿No te preocupa?
—No.
Mirelith levantó una ceja.
—¿Por qué?
Christopher tomó algunas de las bolsas.
—Porque no voy a permitir que los sentimientos de mi hijo decidan por nosotros.
Mirelith sonrió.
—Gracias.
Christopher la miró con cariño.
—Ahora vamos.
—¿A dónde?
—A guardar tus cosas.
—¿Todas?
—Todas.
Mirelith soltó una carcajada.
—Entonces necesitaremos una habitación nueva.
Christopher respondió:
—Si hace falta, tendrás un vestidor entero.
Ella lo miró sorprendida.
—No te atrevas.
Christopher simplemente sonrió.
—Ya veremos.