Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
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Capítulo 2
Capítulo 2 — Una conversación inesperada
Mateo y Alexander caminaron por los pasillos de la universidad intentando encontrar la cafetería. El campus era mucho más grande de lo que Mateo había imaginado y, aunque Alexander aparentaba saber perfectamente hacia dónde iban, después de unos minutos ambos terminaron frente a un edificio que ninguno reconocía.
—Creo que no es por aquí —dijo Mateo mientras observaba el mapa de la universidad.
Alexander miró el edificio y después a Mateo.
—¿Seguro?
—Bastante seguro.
—Entonces estamos perdidos.
Mateo levantó la mirada y sonrió.
—Tú dijiste que sabías dónde estaba.
—Nunca dije eso.
—Sí lo insinuaste.
Alexander soltó una carcajada.
—Está bien, tal vez lo insinué.
Los dos regresaron por el mismo camino. Durante el trayecto comenzaron a hablar de cosas sencillas: las clases que tenían, los profesores que les habían tocado y lo extraño que resultaba estar rodeados de tantas personas nuevas. Mateo descubrió que Alexander estudiaba Administración y que había elegido aquella universidad porque su familia tenía varios negocios relacionados con inversiones y bienes raíces.
—¿Y tú? —preguntó Alexander—. ¿Qué estudias?
—Arquitectura.
Alexander lo miró con interés.
—¿Arquitectura?
—Sí.
—Eso está complicado.
—Lo sé.
—Entonces tienes que ser bastante bueno.
Mateo sonrió ligeramente.
—Supongo que sí. Por algo conseguí la beca.
Alexander se quedó mirándolo durante unos segundos.
—¿Tienes una beca?
Mateo asintió.
—Completa.
—Eso es impresionante.
Mateo esperaba una reacción diferente. Estaba acostumbrado a que algunas personas cambiaran su manera de tratarlo cuando descubrían que era becado. Sin embargo, Alexander no parecía sorprendido de una manera negativa. Al contrario, parecía genuinamente impresionado.
—Me costó mucho conseguirla —explicó Mateo—. No podía desperdiciar la oportunidad.
—No creo que la desperdicies.
Mateo lo miró.
—¿Cómo sabes?
Alexander se encogió de hombros.
—Porque desde que te conocí llevas caminando por todo el campus tratando de encontrar un salón y todavía no te has rendido.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Eso fue porque no quería llegar tarde.
—Exactamente.
Finalmente encontraron la cafetería. Era mucho más grande de lo que Mateo esperaba. Había mesas ocupadas por grupos de estudiantes, algunas personas estudiaban con sus computadoras y otras simplemente conversaban mientras comían.
Alexander señaló una mesa que estaba cerca de una ventana.
—¿Nos sentamos ahí?
Mateo dudó.
—Claro.
Compraron algo de comer y se sentaron frente a frente. Al principio hablaron de la universidad, pero poco a poco la conversación comenzó a cambiar.
Alexander le preguntó a Mateo de dónde era, qué música escuchaba y qué hacía durante su tiempo libre. Mateo descubrió que Alexander era mucho menos serio de lo que parecía cuando estaba rodeado de otras personas.
—No pareces el mismo chico que estaba afuera hace rato —comentó Mateo.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—No sé. Parecías… más serio.
—¿Y ahora?
—Ahora pareces más normal.
Alexander se rio.
—Gracias, supongo.
—No era un insulto.
—Lo sé.
Por unos segundos se quedaron en silencio.
Mateo bebió un poco de su refresco mientras miraba por la ventana. Alexander lo observó discretamente. Había algo en él que le llamaba la atención. No sabía exactamente qué era. Quizás su forma de hablar, o la manera en que sonreía cuando algo le causaba gracia.
—¿Qué? —preguntó Mateo de repente.
Alexander apartó la mirada.
—¿Qué?
—Me estabas mirando.
Alexander sonrió.
—¿No puedo?
Mateo se quedó callado por un instante.
—Sí… puedes.
Los dos volvieron a quedarse en silencio.
Aquella vez, ninguno de los dos supo qué decir.
Alexander decidió cambiar de tema.
—¿Tienes amigos aquí?
Mateo negó con la cabeza.
—Todavía no.
—Entonces ya tienes uno.
Mateo levantó la mirada.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Así de rápido?
—Podemos cancelar la amistad si quieres.
Mateo sonrió.
—No. Está bien.
—Perfecto.
En ese momento, un grupo de estudiantes pasó junto a ellos. Uno de los chicos reconoció inmediatamente a Alexander.
—¡Whitmore!
Alexander levantó la mano en señal de saludo.
—¿Qué tal?
—Esta noche hay una fiesta en casa de Ryan. ¿Vas?
Alexander dudó.
—No sé.
—Tienes que ir. Va a estar toda la gente de segundo y tercer año.
—Lo pensaré.
El grupo continuó caminando.
Mateo lo miró.
—Parece que conoces a mucha gente.
Alexander sonrió.
—Supongo.
—¿Eres popular?
—No sé si popular.
—Te conocen por tu apellido, ¿verdad?
Alexander dejó de sonreír durante un instante.
—¿Por qué dices eso?
—No lo sé. Solo parece que todo el mundo sabe quién eres.
Alexander bajó la mirada hacia la mesa.
—Mi familia es conocida.
Mateo no quiso insistir.
—Debe ser complicado.
Alexander lo miró nuevamente.
—¿Qué cosa?
—Que todos sepan quién eres.
Alexander pensó unos segundos antes de responder.
—A veces.
Mateo notó que la expresión de Alexander había cambiado, pero decidió no preguntar más.
Después de terminar de comer, ambos regresaron hacia el edificio donde tenían su siguiente clase. Durante el camino, Alexander recibió varias llamadas en su teléfono, pero no contestó ninguna.
—¿No vas a responder? —preguntó Mateo.
—Después.
El teléfono volvió a sonar.
Alexander miró la pantalla.
Esta vez el nombre que apareció hizo que su expresión cambiara por completo.
Papá.
Alexander rechazó la llamada.
Mateo alcanzó a verlo, pero no dijo nada.
—¿Problemas? —preguntó después de unos segundos.
—Nada importante.
—Está bien.
Llegaron al edificio y se detuvieron frente a las escaleras.
—Bueno —dijo Mateo—, creo que aquí nos separamos.
Alexander asintió.
—Sí.
Ninguno se movió inmediatamente.
—Nos vemos mañana —dijo Alexander.
—¿Mañana?
—Tenemos la misma clase.
Mateo sonrió.
—Cierto.
Alexander comenzó a caminar, pero después de unos pasos se giró.
—Mateo.
—¿Sí?
—¿Tienes Instagram?
Mateo sonrió.
—¿Para qué?
Alexander se encogió de hombros.
—Para mantener el contacto.
—Claro.
Mateo sacó su teléfono y ambos intercambiaron sus cuentas.
—Ahora sí —dijo Alexander—. Nos vemos.
—Nos vemos.
Mateo observó cómo Alexander se alejaba por el pasillo. No sabía por qué, pero aquella conversación le había dejado una sensación extraña. Apenas llevaba un día conociéndolo y, aun así, sentía que quería volver a verlo.
Alexander, mientras caminaba hacia su clase, miró el teléfono. El perfil de Mateo acababa de aparecer entre sus contactos.
Sonrió.
Después guardó el teléfono.
Todavía ninguno de los dos podía saber qué estaba comenzando entre ellos. Para Mateo, Alexander era simplemente el primer amigo que había hecho en aquella universidad.
Para Alexander, en cambio, había algo más difícil de explicar.
Algo que todavía no estaba preparado para reconocer.