A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 17
Capítulo 17: Mía
—Suéltame —dije, tratando de zafar el brazo—. No tenemos nada que hablar, Patricio.
—Claro que sí. —No me soltó—. Renata, escúchame. Lo de Daniela fue una equivocación. Yo nunca firmé nada con ella, ¿lo sabías? No hubo registro civil, solo la fiesta. Ante la ley, no es mi esposa. No es nada. —Hablaba rápido, atropellado, como quien recita algo que ha ensayado—. En cambio tú… tú y yo teníamos un plan. ¿Cuándo te divorcias de ese viejo? Porque en nuestro mundo eso se arregla. Vuelves conmigo y nadie tiene que…
Me quedé mirándolo. Y mientras él hablaba, atropellado, vendiéndome su "plan" como si fuera un favor, fui sintiendo cómo lo último que me quedaba de aquel Patricio del que un día me enamoré se apagaba del todo, como una vela que ya no calienta. Vi al hombre completo: el orgullo, la cobardía, la costumbre de pensar que todo y todos giraban a su alrededor. Y de pronto me dio risa. Una risa cansada, incrédula, que lo descolocó más que un grito.
—¿"Ese viejo"? —repetí—. Te recuerdo que "ese viejo" es tu tío, y que por edad te podría haber cambiado los pañales. —Negué con la cabeza—. Pero no es eso lo que me da risa. Es que de verdad crees que el mundo entero funciona como tu conveniencia. Que yo soy una pieza que se mueve de aquí para allá según te acomode. Nunca, en dos años, me viste de verdad. Y todavía no me ves.
—No te hagas la digna conmigo. —La voz se le endureció, y le subió a la cara esa fealdad que el orgullo herido le sacaba—. Te recogieron de un internado por lástima. Yo te iba a dar un lugar. ¿Y me cambias por un matrimonio arreglado con un témpano que te usa para…?
—Ese témpano me trata mejor en una semana de lo que tú me trataste en dos años —dije—. Y ahora suéltame. Por las buenas.
Pero no me soltó. Al contrario. El orgullo, el alcohol, vaya una a saber qué, le nubló lo poco que le quedaba de juicio, y me jaló hacia él, con fuerza, buscándome la cintura, la cara, hablando entre dientes de que yo era suya primero, de que me lo iba a recordar. Sentí su aliento a licor, sus manos donde no las quería, y el viejo pánico me subió por la garganta.
Pero ya no era la niña que se quedaba quieta.
Le clavé el tacón en el empeine con todo mi peso, y cuando aflojó del dolor, le metí la rodilla entre las piernas con todas mis fuerzas. Patricio se dobló en dos con un quejido. Le solté, de paso, una bofetada que me ardió en la palma.
—¡No vuelvas a tocarme en tu vida, óyeme bien! —grité, retrocediendo, con el corazón a mil.
Y entonces, antes de que Patricio se recuperara, una sombra cruzó a mi lado como un trueno.
Max.
No dijo una sola palabra. Llegó, y de una patada en el pecho mandó a Patricio al suelo, contra la tierra del sendero, lejos de mí. Fue brutal, limpio, sin aspaviento. Después, sin prisa, me rodeó con un brazo y me pegó a su costado, revisándome con la mirada de arriba abajo: el brazo enrojecido donde me habían agarrado, la cara, las manos. Lo sentí temblar, no de miedo, sino de una rabia tan fría que daba más miedo que cualquier grito.
Se inclinó sobre Patricio, que se retorcía en el suelo, y le habló bajito, casi al oído, en un tono que no le había escuchado nunca:
—Escúchame bien, sobrino. Si vuelves a ponerle una mano encima, si vuelves a acercarte a menos de cien metros de ella, no te voy a denunciar. Eso sería poco. Voy a encargarme, personalmente, de que no te quede nada. Ni el apellido. ¿Me entendiste? —Lo soltó como quien suelta algo sucio—. Mía. Es mía. Y lo mío lo cuido.
En ese momento llegaron los demás, alertados por mi grito: Adrián, Santiago, y Vale, que al verme el brazo soltó una palabrota y se me echó encima a revisarme.
Y, por supuesto, llegó Daniela.
No sé de dónde salió —había seguido a Patricio, supongo—, pero apenas evaluó la escena, montó su número. Se arrojó al suelo junto a Patricio, abrazándolo, llorando a gritos.
—¡Lo van a matar! ¡Auxilio! —chillaba, señalándome—. ¡Renata lo provocó, yo lo vi todo! ¡Ella lo citó aquí y luego su marido…! ¡Son unos salvajes!
Vale dio un paso hacia ella con cara de pocas amigas, dispuesta a arreglarle la actuación a la antigua, pero Adrián la detuvo del brazo, sereno.
—No te ensucies las manos —le dijo en voz baja—. Mira.
Porque Max ya se había vuelto hacia Daniela. Caminó hasta ella sin prisa, se puso en cuclillas a su altura, y con la punta del zapato le presionó la rodilla, apenas, pero lo suficiente para que se le congelara el llanto de teatro.
—Tú eres muy buena para los espectáculos —dijo, con esa calma de hielo—. Pero te voy a dar un dato, por tu bien. Todo el que se acerca a mi mujer con malas intenciones, termina mal. Sin excepción. Pregúntale a tu novio, ahí en el suelo. —Se enderezó y miró a los dos, al hombre doblado y a la mujer llorosa—. Ahora levántense, suban a su coche, y desaparezcan de mi propiedad antes de que se me acabe la paciencia. Que es poca.
Se fueron. Patricio cojeando, apoyado en una Daniela que lo sostenía con cara de asco, los dos cargando una humillación nueva, mirándome con un odio que ya ni se molestaban en disimular. Antes de subir al coche, Daniela volteó a verme una última vez, y en esa mirada no había nada de la hermanita dulce de toda la vida: había puro veneno frío, una promesa. Yo se la sostuve sin bajar los ojos. Que me odiara. El odio de los que te hicieron daño y ya no pueden alcanzarte sabe, de algún modo, a victoria.
Max me llevó de vuelta a la casa con el brazo encima de mis hombros, sin soltarme un segundo. Vale caminaba del otro lado, despotricando entre dientes contra "esos dos sinvergüenzas", y cada tanto me revisaba el brazo donde Patricio me había dejado los dedos marcados. Santiago, por una vez callado, traía cara de circunstancias y abría la puerta sin bromear. Adrián cerraba la marcha, vigilando el camino a nuestras espaldas, como si Patricio pudiera reaparecer de entre los árboles.
Ya en la casa, Max me sentó en el sillón grande de la sala y se arrodilló frente a mí, igual que en la terraza, pero esta vez sin nada de juego. Me tomó el brazo con un cuidado que no cuadraba con la patada de hacía un momento y examinó la marca roja, los dedos de Patricio dibujados en mi piel.
—Te va a salir morado —dijo, y la mandíbula se le volvió a tensar—. Don Tomás, hielo. Y el botiquín.
—Estoy bien —empecé, por costumbre.
—No me digas que estás bien. —Levantó la vista, y en sus ojos no había hielo: había algo crudo, casi dolido—. Quedamos en eso, ¿te acuerdas? No más "estoy bien". Si te duele, me dices que te duele.
Tragué saliva.
—Me duele un poco —admití, en voz baja. Y fue raro, pero al decirlo en voz alta, dolió menos.
Vale, que lo observaba todo desde la puerta de la cocina con los brazos cruzados, me buscó la mirada y, a espaldas de Max, articuló sin voz: "Te lo dije". Sí. Me lo había dicho. Que este hombre no era como los demás.
Me puso el hielo él mismo, envuelto en un trapo, sosteniéndolo sobre la marca con una paciencia que no le conocía. Yo lo miraba hacer, este hombre enorme y temido convertido en enfermero torpe, y temblaba un poco, por la adrenalina, por el susto, pero también por otra cosa que no quería nombrar: por cómo se había sentido oírle decir "mía", "lo mío lo cuido", como si yo, que toda la vida fui de nadie, fuera por fin algo que valía la pena defender.
Esa noche, después de que los amigos se fueran a dormir y la casa quedara en silencio, Max entró a la habitación y se sentó en el borde de la cama, donde yo fingía leer sin entender una sola línea. No dijo nada un rato. Luego me tomó la mano del brazo lastimado y la sostuvo entre las suyas, mirándola, como si pudiera borrarle el morado a fuerza de mirarla.
—No llegué a tiempo —dijo, bajo—. Te tocó. Estuviste sola con él en ese sendero porque yo me quedé discutiendo con Santiago por una tontería. —Apretó los dientes—. No vuelve a pasar.
—Llegaste —dije—. Me defendí yo, y luego llegaste tú. No estuve sola.
Me miró raro, como si esa frase —"no estuve sola"— le doliera y lo aliviara a la vez. Esa noche se quedó. No en el sillón, no en el estudio: ahí, a mi lado, velándome el sueño como cuando tuve fiebre, con una mano sobre mi espalda, pendiente de que respirara tranquila.
Por eso, cuando todo cambió, me dolió tanto. Porque esa noche pensé que, después de algo así, después de "mía", después de verlo arrodillado poniéndome hielo, Max se quedaría más cerca que nunca.
Me equivoqué.
A partir del día siguiente, sin que yo entendiera por qué, el hombre que me había cargado en brazos delante de medio México, que había pateado a otro por tocarme y me había velado el sueño… empezó, despacio y sin una sola explicación, a alejarse de mí.
yo si quiero...no sé tú 😂😂