Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 20
Cap 20: Las cámaras no mienten
El nombre corrió por el salón como pólvora encendida.
Adrián Bramonte. El hijo tardío del hombre más rico del país. El único heredero. El magnate de la Capital al que nadie le había visto jamás la cara, y que estaba en Monteverde desde hacía tres años por el complejo Edén. Ahí. En persona. En carne y hueso, parado en la puerta.
Don Joaquín reaccionó en dos segundos. Cruzó el salón medio corriendo, con la sonrisa más ancha y más falsa de toda su vida.
—¡Señor Bramonte! Qué honor tan inmenso nos hace. —Le tendió las dos manos—. Soy Joaquín Salazar, de Casa Belle Femme, para servirle. Cualquier cosa que necesite en Monteverde, lo que sea, aquí tiene a un amigo, a una familia entera. —Le tembló la voz de pura codicia—. Es usted más que bienvenido.
Adrián ni lo miró.
Susana ya se había pegado a su brazo, radiante, casi colgada de él.
—Adrián, viniste. Sabía que ibas a venir, sabía que...
Él se soltó del brazo de Susana con el movimiento seco y corto de quien se sacude una mosca de la manga. Sus ojos, fríos, cayeron sobre la tela blanca rasgada en el suelo y luego sobre Ximena, de pie en su combinación de seda, la barbilla en alto y una fuerza contenida en toda la espalda. El aire alrededor de Adrián bajó diez grados de golpe.
Susana, que no supo leer la señal, se lanzó a envenenar el relato antes de perder la ventaja.
—Adrián, qué bueno que llegaste justo ahora, así ves con tus propios ojos la clase de persona que es esta mujer. —Señaló a Ximena con la barbilla—. Empujó por las escaleras a una pobre embarazada indefensa, delante de todos nosotros. Y encima acaba de renegar de su propia familia, de escupirle en la cara a los que la criaron desde bebé. Es una salvaje, una malagradecida, una...
—¿Empujó a alguien? —La voz de Adrián sonó tranquila, casi suave. Y por eso dio pavor.
—¡Sí! ¡Yo la vi con estos ojos! ¡Todos la vimos!
Susana estaba completamente segura de sí misma. El salón privado del Cumbre no tenía cámaras a la vista; ella misma lo había verificado esa tarde, recorriendo cada rincón. No había manera de que nadie probara lo contrario. Era su palabra, y la de sus invitados escogidos, contra la de una mujer sola.
Adrián sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número.
—Gerente. Suba al salón privado. Y traiga el respaldo completo de seguridad de esta noche. Todo el circuito. Ahora.
El gerente del Cumbre llegó jadeando en menos de dos minutos, inclinándose hasta casi tocarse las rodillas. Porque lo que casi nadie en aquella sala sabía era que el Grupo Bramonte poseía el cincuenta por ciento del restaurante, y que el hombre que le acababa de dar la orden era su mayor accionista, aunque oculto tras una cadena de empresas.
—El sistema de videovigilancia de este piso es de grado forense —dijo Adrián, sin apartar los ojos de Susana ni un segundo—. Cobertura de trescientos sesenta grados. Cada mesa, cada rincón, cada escalón de esa escalera. Se instaló para proteger a clientes que valen mucho más que todos los que están en este salón juntos. —Se volvió al gerente—. Proyéctelo en la pantalla. Desde el minuto en que la señorita Vargas se acercó a la escalera.
La pantalla gigante del fondo del salón se encendió con un zumbido.
Y ahí, con la nitidez cruel de la alta definición, apareció la escena completa. Lili, de pie al borde de la escalera de mármol. Lili agarrando, con su propia mano, el antebrazo de Ximena. Ximena inmóvil, sin moverse ni un dedo. Y Lili echando el peso del cuerpo hacia atrás, ella sola, arrojándose ella sola por los escalones, con la boca ya abierta en un grito calculado antes siquiera de empezar a caer.
El salón entero contuvo el aliento como un solo hombre.
El gerente rebobinó. Se volvió a ver, cuadro por cuadro. No había el menor resquicio de duda posible. Nadie había empujado a nadie. La embarazada se había tirado sola, y había gritado culpa ajena mientras rodaba.
El salón entero se volvió contra Lili como una sola bestia. Los mismos que un minuto antes la miraban con lástima ahora la señalaban con asco. Una mujer que fingía un aborto para meter a otra a la cárcel no despertaba compasión en nadie, ni siquiera entre gente acostumbrada a fingir. Y en la pantalla, congelado, el rostro de Lili en pleno grito calculado quedó expuesto ante todos: la boca abierta, los ojos secos, sin una lágrima, el cálculo frío debajo del teatro.
—Que corran otra vez el momento en que se agarra del brazo —pidió alguien, morboso.
—No hace falta —cortó Adrián—. Ya todos lo vieron. Dos veces.
—Ahí tienen a la víctima —dijo Adrián, con un desprecio helado—. La mujer que le quitó el marido a mi novia, y que le pagó fingiendo un crimen para arruinarla delante de toda la sociedad.
—¡Es falso! —chilló Susana, la voz quebrada de pánico—. ¡Está editado, está trucado! ¡Él es dueño de medio Cumbre, puede haberlo cambiado, no le crean...!
Pero ya nadie le creía. Los murmullos se habían volteado contra ella como una marea.
Y por fin esa noche, doña Leticia giró la cabeza y miró a su hija de sangre con una frialdad que jamás le había mostrado, una decepción muda y honda.
Don Joaquín, que dos minutos antes le coqueteaba al heredero Bramonte, entendió en un instante hacia qué lado se había volteado el mundo entero. Cruzó el salón, agarró a Susana del brazo y le soltó una bofetada delante de todos.
—¡Nos dejaste en ridículo ante la ciudad entera! —Y se giró de inmediato hacia Adrián, encorvándose de disculpas—. Perdón, señor Bramonte, mil perdones, esto no volverá a pasar. Esta muchacha, usted sabe, la sangre a veces sale mala... —Señaló la puerta, gritando—: ¡Lili, Fernando, lárguense de aquí ahora mismo! ¡Fuera de mi vista los dos!
Fernando, pálido, cargó a Lili —que seguía gimoteando en el suelo— y salió del salón con la cabeza gacha, entre los murmullos de desprecio de todo el círculo social.
Adrián se quitó el saco y lo puso sobre los hombros de Ximena, cubriéndola de los ojos ajenos. La rodeó con el brazo, y su voz se ablandó apenas, solo para ella, aunque la dijo lo bastante fuerte para que todos la oyeran:
—Mi novia es de constitución frágil. No carga las culpas que le avientan encima los demás. —Barrió el salón entero con una mirada de hielo—. El que tenga algún problema con ella, que venga a buscármelo a mí. Directo. Los espero.
Nadie se movió. Nadie respiraba.
Adrián se inclinó hacia Ximena y le habló al oído, esta vez de verdad solo para ella, con una voz distinta, ronca, casi frágil:
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —Ella mantuvo la barbilla en alto para las cámaras, pero por debajo del saco le buscó la mano y se la apretó, un segundo, con fuerza—. No tenías que venir.
—Sí tenía. —Le devolvió el apretón—. Alguien tenía que recoger tu vestido del suelo. —Y bajó todavía más la voz—: Nadie vuelve a obligarte a humillarte, Ximena. Mientras yo respire.
Ella no contestó. Pero no le soltó la mano.
Luego alzó la voz, ligero de pronto, como si nada hubiera pasado:
—Por cierto. Hoy es el cumpleaños de la señorita Salazar. El verdadero. Reservé el piso ochenta y ocho, bajo la cúpula, con todo dispuesto. Quedan todos invitados a subir a celebrarla como se debe. Champaña de la casa, la buena, cortesía de los Bramonte.
Hubo un segundo de duda en el aire. Y luego, en manada, los invitados de la fiesta de Susana empezaron a levantarse de sus mesas y a caminar hacia los elevadores rumbo al piso ochenta y ocho, dejando el salón de Susana vaciándose mesa por mesa, silla por silla.
—Dicen que la señorita Salazar diseña joyería —comentó una dama camino al elevador—. Que ganó premios importantes con Belle Femme. Que expuso hasta en Milán.
—¿Y esta otra? —Una risita cruel—. Esta copió un vestido de temporada pasada y lo firmó como diseño propio. Qué vergüenza.
Don Joaquín lo oyó al pasar, y para congraciarse con los que se marchaban, señaló a Susana en voz bien alta:
—¡Esos diseños de poca monta tuyos me tienen harto, óyelo bien! ¡Desde mañana te quedas fuera del taller de la casa! ¡A ver si aprendes!
Susana se quedó sola en medio del salón medio vacío, con la mejilla ardiendo de la bofetada, la corona torcida sobre el pelo revuelto, viendo cómo la ciudad entera subía por los elevadores a celebrar a la mujer que ella había querido hundir esa noche.
Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
—Bramonte —masculló entre dientes, temblando de rabia—. Si no puedo tenerte por las buenas, me arrastro hasta ti como sea, con uñas y dientes. Y a ti, Ximena —volteó hacia los elevadores—, te voy a quitar todo. Todo lo que es mío. Hasta el último peso, hasta el último aplauso.