Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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La fe en la penumbra
A pesar de la impecable compostura mostrada ante Lucian, la ponzoña vertida por el aristócrata dejó un leve poso de intranquilidad en Gideon. No porque dudara de Lysandra, sino porque el mero pensamiento de que un ser tan despreciable pudiera haber vulnerado el honor o la paz de su prometida encendía en él un fuego de protección feroz.
Esa misma tarde, Gideon acudió a la residencia Ashford. Encontró a Lysandra en el salón de música, interpretando una melodía suave en el piano. Al ver entrar a su prometido, la joven notó de inmediato la sombra de tensión que ensombrecía la mirada del Duque.
Dejó de tocar, se puso de pie y corrió hacia él, buscando el refugio de sus brazos.
—Gideon... ¿qué ocurre, mi vida? —preguntó ella, acariciando el rostro firme de su prometido mientras sentía la rigidez de sus hombros.
Gideon la envolvió en su abrazo, aspirando el aroma a jazmines de su cabello para calmar la agitación de su pecho. Con la transparencia que siempre los había caracterizado, le relató el encuentro en el club y las viles insinuaciones que Lucian había pronunciado.
Lysandra sintió que el rostro le ardía de indignación y repugnancia. Se separó un centímetro para mirarlo directamente a los ojos, con la mirada encendida de una lealtad absoluta.
—Gideon, me da asco pensar que ese hombre sea capaz de semejante bajeza —dijo ella con la voz temblando de emoción pura—. Te juro por mi vida, por mi padre y por el amor que siento por ti, que jamás permití que Lucian me tocara. Conservé mi pureza e intocabilidad intactas hasta el día en que tú llegaste a mi vida. Mi cuerpo, mi corazón y mi alma son solo tuyos, desde el primer beso hasta el resto de mis días.
Gideon sintió un alivio inmenso inundar su ser. Se inclinó y unió sus labios a los de ella en un beso lleno de veneración, gratitud y devoción romántica.
—Lo sé, mi vida —susurró él contra sus labios—. Jamás dudé de ti. Mi rabia era solo por la insolencia de ese miserable. Nadie en este mundo podrá romper lo que hemos construido.
Esa noche, protegidos por la intimidad del salón de lectura de los Ashford, se entregaron a un reencuentro íntimo impregnado de un consuelo profundo y dulce. En la penumbra dorada, entre caricias lentas y murmullos de amor eterno, reafirmaron que su alianza era un bastión indestructible frente al cual los ataques de la envidia social solo se estrellaban en pedazos.
Viendo que sus intrigas psicológicas habían fracasado por completo y sintiendo el agua al cuello ante la proximidad de la boda, Lucian tramó un último y desesperado plan. Si no podía separar a la pareja mediante la duda, crearía un escándalo público tan irreparable que obligaría a cancelar la boda o forzaría una negociación desesperada.
Cinco días antes de la ceremonia matrimonial, durante una recepción privada en la villa de campo de la Condesa de Morley, Lucian puso en marcha su trampa.
Aprovechando que Gideon se encontraba en la terraza conversando con varios lores sobre las inversiones en las minas del norte, un lacayo sobornado por Lucian entregó una nota falsa a Lysandra, indicándole que el Duque la esperaba en el pabellón de cristal del jardín este para mostrarle un detalle privado.
Sin sospechar nada, Lysandra caminó por el sendero ilumindado por faroles hasta llegar al pabellón de piedra y cristal que bordeaba el bosque de la propiedad. Al cruzar la puerta de hierro forjado, la oscuridad la recibió.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco y la figura de Lucian emergió de las sombras.
—Lucian... —dijo Lysandra con la voz llena de desprecio instantáneo, retrocediendo un paso—. ¿Qué significa esta locura?
—Significa que la comedia se ha acabado, Lysandra —respondió Lucian con la voz alterada, denotando la desesperación de un hombre que lo ha perdido todo—. No voy a permitir que te cases con ese salvaje del norte y me dejes en la ruina absoluta mientras tú disfrutas de una fortuna que debió ser mía.
—Estás demente —replicó ella con firmeza, manteniendo la frente alzada y la compostura de mármol a pesar del peligro—. Sal de mi camino ahora mismo o tu ruina será completa.
Lucian avanzó con mirada febril. Sacó del bolsillo un pequeño frasco con un brebaje ideado para adormecer sus sentidos y forzar una situación comprometedora que los dejara descubiertos ante los invitados.
—Si nos encuentran aquí a solas en esta situación, la sociedad no te dejará más opción que casarte conmigo para salvar tu reputación —amenazó Lucian, abalanzándose sobre ella para sujetarla por las muñecas e intentando acorralarla contra la pared de piedra.
Lysandra no cayó en el pánico. Sacando una fuerza que nació de su propio orgullo y del amor invencible por Gideon, luchó con ferocidad, esquivando el agarre de Lucian y asestándole una bofetada sonora que hizo resonar el pabellón.
—¡Jamás volverás a poner una mano sobre mí, cobarde! —gritó ella con voz potente y llena de autoridad.
Lucian, cegado por la furia y la humillación, la agarró del hombro con violencia, apretando su agarre de forma amenazante.