Ella renace en un nuevo mundo, en el cual tendrá que enfrentar dificultades por los problemas de su familia. Pero, no se quedará a sufrir, porque ella es una luchadora, siempre lo fue y siempre lo será..
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Stefan 1
Esa noche, la posada quedó en silencio.
Los últimos huéspedes se habían retirado hacía bastante rato.
Marta y Pedro dormían.
La cocina estaba limpia.
Las mesas estaban vacías.
Casi todas las lámparas de aceite y las velas habían sido apagadas.
Solo una permanecía encendida.
Su luz era pequeña y temblorosa, apenas suficiente para iluminar una parte de la mesa donde Gemma estaba sentada sola.
Tenía una copa de vino entre las manos.
No bebía demasiado.
Solo daba pequeños sorbos mientras pensaba.
Había pasado todo el día intentando no hacerlo.
Había trabajado.
Había cocinado.
Había sonreído.
Había atendido a los clientes.
Pero ahora no había nadie a quien atender.
Y sus pensamientos habían regresado.
A las palabras de Stefan.
Marca de alma.
Gemma miró el vino.
[Entonces... ¿realmente no soy una anomalía?]
La idea le resultaba extraña.
Pero también le hacía pensar en algo que había intentado evitar desde que despertó en aquel cuerpo.
La antigua Gemma.
La mujer que había sido cruel.
La muchacha que maltrataba a los sirvientes.
La joven que exigía cosas.
La persona que había tratado a los demás como si fueran inferiores.
Gemma cerró los ojos.
[Quizás nunca tuvo una vida fácil.]
Aquello era algo que jamás había pensado con suficiente profundidad.
Había odiado a la antigua Gemma.
Había pensado que era simplemente una persona horrible.
Pero...
¿Y si había algo más?
¿Y si aquella vida tampoco había sido sencilla?
¿Y si ella había llegado a ese mundo después de una vida anterior que también había sido difícil?
Gemma suspiró.
[Entonces quizás nunca tuve una vida fácil.]
Ni en su primer mundo.
Ni en el segundo.
Y ahora que finalmente había conseguido algo que sentía verdaderamente suyo... también había hombres siguiéndola.
Gemma tomó otro pequeño sorbo.
—Qué suerte la mía...
murmuró.
Una voz respondió desde algún lugar cercano.
—No parece que esté teniendo mucha suerte últimamente.
Gemma se sobresaltó.
Se giró.
Stefan estaba allí.
No sabía cuánto tiempo llevaba de pie.
—¡Me asustó!
Stefan sonrió.
—Lo siento.
Se acercó tranquilamente y se sentó a su lado.
Gemma lo observó unos segundos.
Después, como si fuera lo más normal del mundo, tomó otra copa y se la sirvió.
Stefan levantó una mano.
—No es necesario.
—Es cortesía de la posada.
Stefan la miró.
Gemma sonrió.
—No puede rechazar una cortesía de la dueña.
Stefan soltó una pequeña risa.
—En ese caso...
Aceptó la copa.
Gemma levantó la suya.
—Salud.
Stefan hizo chocar suavemente su copa con la de ella.
—Salud.
Bebieron.
Durante unos segundos ninguno habló.
Stefan miró de reojo a Gemma.
—¿Cómo está?
Gemma sonrió.
—Bien.
Stefan no respondió.
Ella continuó.
—Tengo que estar bien.
—¿Tiene que?
—Sí.
Gemma miró la copa.
—Mañana tengo que hacer pastel.
Stefan sonrió.
—¿Pastel?
—Sí.
—¿Y eso es importante?
Gemma lo miró como si hubiera dicho una barbaridad.
—Por supuesto.
—Entiendo.
—El pastel de mañana es importante.
Stefan asintió solemnemente.
—Entonces comprendo perfectamente que tenga que estar bien.
Gemma sonrió.
Pero Stefan la observó durante unos segundos.
—No tiene que fingir conmigo.
Ella bajó la mirada.
—No puedo dejar de hacerlo.
—¿Por qué?
Gemma giró la copa entre sus dedos.
—Porque tengo un negocio que cuidar.
—Puede cuidar su negocio y llorar.
—No funciona así.
—¿Por qué no?
Gemma se quedó callada.
Stefan la miró.
—¿Quién la cuida a usted?
La pregunta cayó suavemente entre los dos.
Gemma levantó los ojos.
Sonrió.
Pero esta vez no consiguió ocultarlo.
Su mentón tembló.
Solo un poco.
—Nadie.. supongo
Stefan sintió que algo dentro de él se apretaba.
Gemma respiró profundamente.
—Nunca tuve a nadie que me cuidara.
Intentó reír.
No pudo.
Así que levantó la copa.
—Salud por eso.
Stefan la miró.
Después levantó su copa.
—Salud.
Bebieron.
Pero esta vez Stefan no sonrió por la bebida.
Miró hacia la ventana.
Y allí estaban.
Sombras.
Una.
Dos.
Quizás tres.
Moviéndose cuidadosamente por la calle.
Los mismos hombres.
Seguían allí.
Incluso de noche.
Incluso después de todo el tiempo que él había estado observándolos.
Stefan dejó la copa sobre la mesa.
Su expresión cambió.
[La siguen.]
Volvió a mirar a Gemma.
Ella estaba mirando el vino.
No había visto nada.
Stefan sintió una extraña mezcla de preocupación y admiración.
Porque ahora sabía mucho más de ella.
Sabía que era una mujer hermosa.
Eso era evidente.
Sabía que era trabajadora.
También era evidente.
Pero ahora sabía que era mucho más fuerte de lo que parecía.
Había muerto en un mundo.
Había despertado en otro.
Había descubierto que la familia que la rodeaba estaba destruida.
Había perdido su casa.
Había tenido que empezar desde cero.
Y aun así había construido una posada.
Había conseguido que la gente volviera.
Había hecho amigos.
Había aprendido a vivir de nuevo.
Y seguía sonriendo.
Mientras unos hombres la seguían entre las sombras.
Stefan volvió a mirar hacia la ventana.
[¿Qué quieren de ella?]
Su pensamiento cambió lentamente.
Y por un instante imaginó algo diferente.
Gemma completamente segura.
Sin miedo.
Sin hombres escondidos siguiéndola.
Sin tener que enfrentarse sola a nada.
Y, sin saber exactamente por qué, la imaginó entre sus brazos.
Protegida.
Tranquila.
A salvo.
La imagen apareció tan naturalmente que Stefan se quedó quieto unos segundos.
Y para su propia sorpresa... le produjo tranquilidad.
Una profunda sensación de paz.
Y también alegría.
[Qué extraño.]
Volvió a mirar a Gemma.
Ella estaba hablando nuevamente.
—¿Y cómo es el templo?
Stefan parpadeó.
—¿El templo?
—Sí.
—Es grande.
—Eso no me sirve.
Stefan soltó una pequeña risa.
—¿Qué quiere saber?
—Todo.
—¿Todo?
—Bueno...
Gemma pensó.
—¿Hay habitaciones?
—Sí.
—¿Cocina?
—Por supuesto.
—¿Comida?
—También.
—¿Magos?
—Muchos.
—¿Magas?
—También.
Gemma sonrió.
—Entonces algún día quiero conocerlo.
—Puede hacerlo.
—¿De verdad?
—Claro.
Gemma bebió un pequeño sorbo.
—Nunca he visto un templo de magos.
—Yo nunca he visto una posada como esta.
—¿Es un cumplido?
—Sí.
—Entonces lo aceptaré.
Stefan sonrió.
Y continuaron hablando.
Hablaron de cosas importantes.
Y también de cosas completamente simples.
Gemma le contó algunas de sus ideas para la posada.
Stefan habló de su vida en el templo.
Ella quiso saber cómo había aprendido magia.
Él le preguntó por qué había elegido cocinar.
Ella respondió que había descubierto que la comida podía hacer feliz a la gente.
Stefan le contó algunas historias de otros magos.
Gemma se rio.
Después le contó algunas de sus propias experiencias.
Stefan terminó riéndose más de una vez.
Y poco a poco, la botella de vino fue disminuyendo.
No se emborracharon.
Solo bebieron lentamente mientras conversaban.
Cuando finalmente la botella quedó vacía, Gemma miró el recipiente.
—Nos la terminamos.
Stefan miró la botella.
—Sí.
—Marta me va a regañar.
—¿Por qué?
—Porque mañana tengo que levantarme temprano.
Stefan sonrió.
—Entonces debería dormir.
Gemma asintió.
Se levantó.
Pero antes de marcharse, se giró hacia él.
—Gracias por quedarse.
Stefan la miró.
—Gracias por dejarme quedarme.
Gemma sonrió.
—Buenas noches, Stefan.
Él se quedó unos segundos en silencio.
Ya no había títulos.
No había formalidades.
No había "Lord".
No había "Lady".
Solo ellos.
—Buenas noches, Gemma.
Ella subió las escaleras.
Stefan permaneció abajo unos instantes.
Después volvió a mirar hacia la ventana.
Las sombras seguían allí.
Su expresión se endureció.
Pero esta vez había algo diferente.
Ya no estaba protegiendo a una desconocida.
No después de aquella noche.
Ahora era Gemma.
Y, aunque todavía no entendía exactamente cuándo había ocurrido, Stefan comenzaba a sentir que quería cuidar de ella.
No porque fuera una obligación.
No porque fuera su deber como mago.
Sino porque, de alguna manera, aquella mujer alegre, picara y demasiado trabajadora había comenzado a importarle.
Los magos por consiguiente no buscan enamorarse y el pobre Estefan no pudo resistirse a Gemma.
conquistado con todo lo que ella es.
Amo esta parejita.