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CUANDO TERMINE LA NOCHE

CUANDO TERMINE LA NOCHE

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Una habitación prestada

—Solo quiero hablar —dijo Adrián.

Valeria lo observó con una expresión incrédula. La lluvia caía sobre la calle y comenzaba a empapar los bordes de su abrigo.

—Entonces no podemos quedarnos aquí.

—¿Por qué?

—Porque las personas que vienen a esta zona no pagan por conversar bajo un farol.

Adrián bajó la mirada hacia el dinero que ella sostenía entre los dedos.

No pudo contradecirla.

Valeria señaló con la cabeza el automóvil negro estacionado junto a la acera.

—¿Tienes un hotel cerca?

—Sí.

—Entonces vamos.

Adrián sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.

—No dije que quisiera…

—Ya sé lo que dijiste. —Valeria lo interrumpió con calma—. Pero si vamos a hablar, será en un lugar donde nadie nos mire.

Ella caminó hacia el automóvil. Adrián tardó unos segundos en seguirla.

Durante el trayecto, ninguno habló.

Valeria se sentó junto a la ventana y mantuvo el rostro vuelto hacia la ciudad. Las luces de los negocios cerrados pasaban sobre su piel blanca, sobre sus labios rojos y sobre sus ojos verdes, que parecían cambiar de color con cada destello.

Adrián conducía con ambas manos firmes sobre el volante.

En el asiento trasero llevaba el abrigo de Elena. Lo había recogido del hospital por la mañana. El perfume de su esposa todavía permanecía en la tela.

Valeria lo notó cuando el automóvil se detuvo frente a un hotel discreto.

—¿Ella estuvo aquí? —preguntó.

Adrián miró el abrigo.

—No.

—Pero su perfume sí.

Él no supo qué responder.

Valeria abrió la puerta.

—No quiero ser la habitación donde escondes todo lo que no puedes decirle a tu esposa.

—No eres eso.

—Todavía no lo sabes.

Entraron al hotel sin hablar demasiado. Adrián pidió una habitación y pagó por adelantado. La recepcionista apenas levantó los ojos del mostrador.

Valeria subió primero las escaleras.

La habitación era sencilla: una cama amplia, una mesa pequeña, una lámpara amarillenta y cortinas pesadas que ocultaban la ciudad. No había nada personal en aquel lugar. Ningún cuadro, ninguna fotografía, ningún recuerdo.

Era una habitación hecha para que nadie se quedara demasiado tiempo.

Valeria dejó el abrigo sobre una silla y se sentó en el borde de la cama.

—Ahora sí —dijo—. Habla.

Adrián permaneció de pie.

—No sé cómo hacerlo.

—Puedes comenzar por lo más fácil.

—Mi esposa se está muriendo.

Valeria sostuvo su mirada.

—Eso ya lo sé.

—Tengo dos hijos. Mateo tiene diecisiete años y Nicolás quince. Ellos creen que su madre todavía puede recuperarse.

—¿Y tú?

—Yo sé que no.

La voz de Adrián se quebró ligeramente. Apartó el rostro para que ella no lo notara, pero Valeria no fingió no haberlo visto.

—¿Cuánto tiempo llevan casados?

—Diecisiete años.

—¿La amas?

Adrián la miró.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Valeria asintió despacio.

—Entonces no deberías estar aquí.

—Lo sé.

—¿Por qué viniste?

—Porque estoy cansado.

—Todos estamos cansados.

—No como yo.

Valeria sonrió con tristeza.

—Eso creen todos los hombres que llegan a un hotel después de pagarle a una mujer.

Adrián sintió vergüenza.

—No quería faltarle el respeto.

—Ya se lo faltaste.

La frase le dolió porque era verdad.

Adrián se sentó en la otra esquina de la cama, dejando distancia entre ellos.

—No quiero que me perdones —dijo—. Solo quería que alguien me escuchara sin decirme que debo ser fuerte.

Valeria lo contempló durante varios segundos.

—No tienes que ser fuerte conmigo.

Aquellas palabras desarmaron algo dentro de él.

Adrián bajó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. No lloró de inmediato. Primero respiró de manera irregular, como si intentara contener algo que llevaba meses creciendo en su pecho.

Después las lágrimas aparecieron.

No fueron escandalosas. No hubo sollozos. Solo lágrimas silenciosas que cayeron entre sus dedos.

Valeria no lo abrazó.

No lo consoló de la forma fácil.

Se limitó a sentarse a su lado y permanecer cerca.

Aquello fue lo que hizo que Adrián levantara la mirada.

—¿Por qué haces eso?

—¿Qué cosa?

—No intentas arreglarme.

—No puedo arreglarte.

—Los demás siempre quieren hacerlo.

—Yo no soy los demás.

La habitación quedó en silencio.

Adrián miró sus ojos verdes. Por primera vez se dio cuenta de que el color era demasiado intenso para ser natural, pero no preguntó. Había algo en Valeria que parecía construido para mantener al mundo lejos.

—¿Tienes familia? —preguntó.

Ella se tensó.

—Una hija.

—¿Cuántos años?

—Diez.

—¿Está esperándote?

—Está con una vecina.

Adrián sintió que el peso de la culpa aumentaba.

—Deberías irte.

—¿Ahora quieres que me vaya?

—No.

—Entonces no me digas lo que debo hacer.

Valeria se puso de pie y caminó hasta la ventana. La ciudad se extendía debajo de ellos, brillante y distante.

Adrián la observó de espaldas. Había algo profundamente triste en la forma en que permanecía sola, con los brazos cruzados sobre el pecho y la peluca roja rozándole los hombros.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó él.

Ella se volvió.

—Valeria.

—¿Y tu cabello?

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

—No es rojo.

—¿De qué color es?

—Miel.

La imagen de una mujer con el cabello largo y dorado apareció en la mente de Adrián. Una versión de ella que nadie en aquella calle conocía.

—¿Por qué lo escondes?

—Porque de noche es más fácil ser alguien que no eres.

Adrián se levantó.

No pensó en Elena.

No pensó en sus hijos.

No pensó en el dinero ni en la culpa.

Solo caminó hacia Valeria.

Ella no retrocedió, pero tampoco se acercó.

—Adrián…

—Dime que me detenga.

Valeria lo miró a los ojos.

—¿Quieres que te detenga?

Él no respondió.

Ella tampoco.

El primer beso fue lento y tembloroso. No tuvo la urgencia de los desconocidos ni la seguridad de los amantes. Fue un beso lleno de dudas, de miedo y de una necesidad que ambos se negaban a nombrar.

Valeria apoyó una mano sobre su pecho. Sintió los latidos acelerados bajo la camisa.

Adrián cerró los ojos.

Hacía meses que nadie lo tocaba con ternura.

Hacía meses que él mismo había olvidado que todavía podía desear algo que no fuera el alivio de una enfermedad.

Valeria besaba sin prisa. No intentaba impresionararlo ni convertir el momento en una actuación. Lo observaba, lo escuchaba, esperaba sus reacciones. Cada gesto parecía una pregunta y cada silencio, una respuesta.

Adrián se dejó guiar.

No hubo promesas.

No hubo declaraciones de amor.

Solo dos personas heridas buscando, durante unas horas, un lugar donde el dolor no pudiera alcanzarlas.

Cuando la habitación quedó en silencio, Valeria estaba acostada de espaldas, mirando el techo. La peluca roja descansaba sobre la silla y su cabello verdadero caía largo y color miel sobre la almohada.

Adrián la contempló sin decir nada.

La mujer que había conocido en la calle parecía haber desaparecido. Sin el maquillaje intenso y sin aquella apariencia cuidadosamente creada, Valeria se veía más joven, más cansada y mucho más real.

Ella volvió el rostro hacia él.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si acabaras de descubrir algo.

Adrián tragó saliva.

—Lo hice.

—¿Qué descubriste?

Él miró hacia la ventana. Afuera, la noche comenzaba a perder su oscuridad.

—Que no recuerdo la última vez que me sentí vivo.

Valeria apartó la mirada.

—No confundas sentirte vivo con estar enamorado.

Adrián se quedó inmóvil.

Todavía no sabía que aquella mujer se convertiría en un pensamiento constante. Todavía no sabía que buscaría sus ojos verdes en cada calle y que compararía su silencio con todos los silencios de su casa.

Solo sabía que Valeria lo había tocado de una manera que nadie había hecho antes.

No por su cuerpo.

Por la forma en que lo había visto.

Como un hombre cansado.

Como alguien que aún podía ser deseado, escuchado y elegido, aunque al amanecer tuviera que volver a su esposa enferma, a sus hijos y a la vida que fingía poder soportar.

Antes de marcharse, Valeria se colocó la peluca roja frente al espejo.

—No vuelvas —dijo.

Adrián se detuvo junto a la puerta.

—¿Eso quieres?

Valeria sostuvo su mirada a través del reflejo.

—Eso es lo que necesitas.

Adrián salió de la habitación sin responder.

Pero mientras conducía de regreso al hospital, comprendió que ya estaba perdido.

No por el deseo.

Por la necesidad de volver a verla.

1
Helizahira Cohen
Fue interesante, la vida es complicada, Elena sabía que el debía seguir y de estar viva , Valeria tendría otra historia
Helizahira Cohen
pero como la vio. me perdí
Helizahira Cohen
pero esa gente es metiche , Adrian es libre. la muerte de Elena fue por su enfermedad y el estuvo alli en todo
Helizahira Cohen
tiene unas contradicciones pero es bien interesante, felicidades por la novela
Helizahira Cohen
Me parece interesante, pero siento que Valeria se desubica, él por ahora no puede dejar a Elena, es triste pero es mi opinión
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