Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 9
Emma
—No es buena idea —susurré, intentando apartarlo suavemente—. La gente se dará cuenta de que vivimos juntos. Dirán que tenemos un romance.
—No lo harán. Eres mi secretaria, no lo olvides —respondió él con una sonrisa ladina, acortando la distancia—. Que nos vean juntos es lo más normal del mundo.
—Para ti será normal. En la oficina todos piensan que tú y yo tenemos una relación oculta.
Él clavó sus ojos en los míos, disfrutando de mi nerviosismo, y su sonrisa se ensanchó.
—Bueno... no están muy equivocados.
—¡No! Pero una cosa es que lo imaginen por el simple hecho de que soy tu secretaria, y otra muy diferente es que nos descubran.
Antes de que pudiera quejarme más, volvió a atrapar mis labios. Sus besos eran insaciables, intensos, como si no hubieran pasado apenas unos minutos desde que estuvimos juntos. El calor subió por mis mejillas y el corazón me dio un vuelco, pero la paranoia de la oficina me hizo reaccionar.
—Espera... —le rogué, apoyando las manos en su firme pecho para empujarlo—. Tenemos trabajo. Dilan, estamos en el trabajo.
—Soy el jefe, puedo tomarme el tiempo libre que quiera —murmuró sobre mi piel, rozando mis labios otra vez, ignorando por completo mis débiles protestas.
—En casa —le sugerí, reuniendo todas mis fuerzas para zafarme de su agarre y dar un paso atrás—. Hagamos esto solo en casa, por favor.
Aprovechando su sorpresa, di media vuelta y salí corriendo hacia la puerta. Llegué a mi escritorio con el corazón latiéndome en la garganta; al fin había logrado escapar de su magnetismo.
Respiré hondo, me acomodé la ropa desordenada con manos temblorosas y me retoque el maquillaje a toda prisa para borrar cualquier rastro de sus besos. En ese preciso momento, vi acercarse a la chica que conocía mejor que nadie. Leslie me lanzó una mirada de reojo llena de recelo antes de entrar a la oficina de Dilan sin siquiera molestarse en tocar. No dije nada; ya se había vuelto una molesta costumbre suya.
Me obligué a concentrarme en los papeles para disipar la tensión. Sin embargo, el agotamiento de la mañana me pasó factura. Durante el tiempo que Leslie estuvo encerrada con él, mis párpados comenzaron a pesar tanto que terminé quedándome profundamente dormida sobre el escritorio. Jamás me había pasado algo así.
Cuando abrí los ojos, desorientada, el corazón se me dio un vuelco: Dilan estaba apoyado muy cerca, observándome dormir con una expresión indescifrable.
Me levanté de golpe, tan rápido que la silla se fue hacia atrás y por poco termino en el suelo.
—¿Qué...? ¿Necesita algo, señor? —pregunté atropelladamente, pasándome la mano por la mejilla con horror, temiendo haberme babeado.
Él me miró con una mezcla de ternura y diversión. Negó con la cabeza y apartó la vista, aunque una sonrisa delataba lo mucho que disfrutaba mi vergüenza.
—Estoy aquí desde hace un rato largo —dijo con voz suave pero firme—. Si te sentías tan cansada, solo debías decírmelo e ir a mi oficina. Allí hay una cama cómoda, no se te olvide.
Dicho esto, dio media vuelta para regresar.
—¿Seguro que no necesita nada? —insistí antes de que cruzara el umbral, tratando de recuperar mi postura profesional.
—No. Solo salí a verte un momento —confesó de espaldas antes de desaparecer tras la puerta de madera.
Me tapé la cara con las manos, ardiendo de la vergüenza. Nunca en mi vida me había sucedido algo tan humillante. Definitivamente, todo esto era su culpa.
...Dilan...
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Terminé de leer el mensaje que me había enviado mi padre con la lista de los nuevos inversionistas. Solté un suspiro cansado y me recosté en el sillón para relajar los músculos, pero sentí algo rígido debajo de mí. Al levantarme, descubrí una pequeña pinza para el cabello de color negro.
La tomé entre los dedos, observándola fijamente, y de inmediato los recuerdos de esta mañana inundaron mi mente, poniéndome de un humor excelente. Mi primera fantasía se había hecho realidad: ella y yo, juntos en esta oficina.
Con una sonrisa inevitable plasmada en el rostro, tomé el teléfono y marqué su extensión. No pasaron ni dos segundos cuando escuché su clic.
—Diga —respondió con ese tono excesivamente profesional y distante que usaba en el trabajo. Me dio un ligero dolor de cabeza; eso tenía que cambiar pronto.
Ya era su esposo, no podía seguir tratándome como a un jefe estricto cuando estábamos a solas.
—¿Qué quieres cenar esta noche? —pregunté en tono juguetón, dándole vueltas a la pinza de cabello entre mis dedos.
—Esta noche no puedo, Dilan. Mamá me pidió que fuera a visitarla —su voz sonó tensa al otro lado de la línea.
Solté una risa ahogada, sin podérmelo creer. Era la excusa más estúpida que se le pudo haber ocurrido. Sabía perfectamente que se moría de ganas por evadir a su familia, y yo me había esforzado mucho en ayudarla para que no cayera en las garras afiladas de su madre.
—Pues vamos los dos —le respondí con seguridad—. Así matamos dos pájaros de un solo tiro.
Al otro lado de la línea solo se escuchó un pesado y frustrado suspiro, seguido de un silencio sepulcral.
—¿Qué sucede? ¿Ya no vas a ir? —presioné.
—Sí, de acuerdo... —cedió ella de mala gana—. Esta noche en nuestra casa, ven a cenar. Iremos a lo de mi madre en otra ocasión.
Esa respuesta no me gustó para nada. No iba a dejar que se saliera con la suya tan fácil.
—No podemos dejar a tu madre plantada, Emma. Es importante que concluyamos esa cena.
—Irán tus padres también —protestó, y su tono de voz se volvió un ruego—. Se pondrán tediosos, Dilan. No quiero perder mi tiempo allí.
—Bien, entonces cenemos los dos solos en casa —propuse, bajando la voz con una clara segunda intención—. Pediré comida a domicilio para que no tengas que preocuparte por nada...
—Espera —me interrumpió alarmada antes de que pudiera colgar.
—¿Qué?
—No lo haré hoy —sentenció con firmeza—. Ya fue suficiente con lo de esta mañana.
—Eso no lo decides tú —repliqué con una sonrisa autosuficiente—. Además, los dos solos, cenando... es la combinación perfecta para terminar en la cama.
Su respuesta fue una maldición ahogada en voz baja. Sonreí con triunfo al notar que había olvidado que yo seguía en la línea.
—Mejor vamos a casa de mis padres. Será mucho mejor —reprochó con los dientes apretados.
—Bien. Iremos.
Colgué la llamada y dejé el teléfono sobre el escritorio. Me quedé contemplando el pequeño gancho de cabello mientras una calidez extraña me llenaba el pecho.
—Te está empezando a atraer Emma... y no es solo una atracción física —me dije a mí mismo en voz alta, incapaz de ocultar la genuina emoción que me provocaba esa idea.
...Emma...
Al detenernos frente a la imponente casa de mis padres, un frío helado me recorrió la espina dorsal. Los nervios me crisparon los músculos; la última vez que me había parado allí, todo había terminado en un absoluto desastre.
Dilan apagó el motor y se bajó. Al rodear el auto y quedar a mi lado, me extendió el brazo con elegancia. Me quedé estática, mirándolo. Habíamos venido directamente desde la oficina, tal y como estábamos, porque ninguno de los dos quiso pasar por casa a cambiarse. Sabía muy bien que si íbamos no quedaríamos haciendo otra cosa.
Tragué saliva, acumulé toda la valentía que me quedaba y me aferré a su brazo. En cuanto cruzamos el umbral, lo primero que nos recibió fue la mirada fulminante de mi madre. Nos escaneó con cara de pocos amigos desde la entrada, aunque un segundo después fingió la sonrisa más hipócrita que pudo ensayar.
Sin embargo, la tensión no provenía solo de ella. Al entrar a la sala, la atmósfera era tan pesada que casi costaba respirar: mi padre y mis suegros estaban sentados con rostros rígidos y severos. No nos dieron tiempo ni de dar las buenas noches.
—Explíquense —sentenció mi suegro con voz de trueno, arrojando un grueso sobre manila sobre la mesa de centro.
El impacto del papel me sobresaltó. Dilan, manteniendo una calma exasperante, tomó el sobre y extrajo el documento. Yo seguía sin entender nada, así que busqué desesperadamente la mirada de mi madre, pero ella me esquivó los ojos. Mi intuición me gritó que algo andaba muy mal.
Con los dedos temblando por el miedo, le arrebaté el papel a Dilan y leí las primeras líneas. Se me cortó la respiración. Era nuestro contrato matrimonial.
Miré de reojo a Dilan; su rostro era una máscara de absoluta tranquilidad, y eso me asustó todavía más.
—Podemos explicarlo... —comencé a decir, tratando de mitigar el golpe.
—¿De quién fue la idea? ¿Quién lo propuso? —intervino mi suegra, cruzándose de brazos con indignación.
—Yo —respondimos Dilan y yo al unísono, sin pensarlo dos veces.
Nos miramos fijamente por un par de segundos, sorprendidos por la sincronía. Dilan dio un paso adelante asumiendo una postura protectora, pero yo me apresuré a hablar para que no empeorara las cosas.
—Él lo propuso, pero yo acepté libremente —declaré, tratando de forzar una voz serena—. Nos pareció lo correcto. No nos conocíamos en absoluto, y tener relaciones íntimas simplemente porque sí nos habría traído problemas más adelante.
—Exacto —secundó Dilan, apoyando mis palabras—. Decidimos tomarnos un tiempo para conocernos bien. Solo es eso.
—¡¿Dos años?! —estalló mi suegro, levantándose de su asiento, furioso—. ¡¿Establecieron no tener relaciones sexuales por dos años?! ¡Estuvieron fingiendo todo este tiempo! Si tu abuela llega a enterarse de esta farsa, Dilan...
—No se enterará si tú no se lo dices —le cortó mi esposo con tono gélido, desafiándolo con la mirada.
El rostro de su padre se encendió en ira.
—¡Es tu esposa! ¡Tú suplicaste casarte con ella! Creí que tus intenciones eran serias... ¡Recuerda el maldito berrinche que hiciste para que esto se diera! —gritó con una fuerza que me hizo encogerme en mi sitio.
La situación se estaba saliendo de control; la furia de los cuatro era palpable.
—Suegro, por favor, cálmese —intervine con voz temblorosa, colocándome al frente—. No le estamos haciendo daño a nadie. Eso lo firmamos hace dos años, pero ahora estamos bien. De verdad... nos llevamos muy bien —añadí, esbozando una sonrisa falsa y dándole un disimulado codazo a Dilan para que suavizara el ambiente.
Dilan me miró, y luego clavó sus ojos en su padre.
—Emma es mi mujer, no una posesión. Si en ese momento ella no quería estar conmigo en la cama, yo respeto su opinión —declaró. Sus palabras me tomaron por sorpresa y me dejaron completamente descolocada—. En aquel entonces éramos dos extraños; lo mejor era ir despacio. Y todavía seguimos en ese proceso.
Mi suegra soltó un bufido de desdén y me miró con fijeza.
—Tu abuela está esperando un heredero. Estuvo en casa hace un par de días y fue muy clara: no volverá a hablar contigo, Dilan, hasta que le des un nieto.
Sentí que el mundo se me venía encima. La sola mención de un bebé me heló la sangre.
—Pero... nosotros no queremos hijos todavía —balbuceé, aterrorizada con la sola idea.
Al escucharme, mi madre se puso de pie de un salto, con los ojos inyectados en rabia.