Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.
Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.
Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.
Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.
Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:
amarlo no era destino.
Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.
NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
Capítulo 9
Apenas entramos, Elena Alcázar se levantó del sofá.
—Jimena, por fin. Hace mucho no vienes.
Me abrazó con cuidado, como si de verdad me hubiera extrañado.
—La abuela está en la cocina. Preparó caldo con elote porque dice que te gusta.
—Gracias, Elena.
Ella me miró de arriba abajo y su sonrisa se apagó.
—Estás muy flaca.
Me tomó la mano. Sus dedos encontraron hueso.
—Sebastián, ¿tú sí ves a tu esposa? ¿O solo la tienes de adorno?
Él respondió rápido:
—La llevaré a revisión cuando tenga descanso.
Yo no le creí ni media palabra.
La abuela salió con una alegría que me apretó el pecho.
—Jimena, dime que este año por fin me vas a dar un bisnieto.
Sebastián contestó antes que yo:
—Ahora lo importante es el trabajo.
Mi mano bajó al vientre.
Ni siquiera podía fingir por su familia.
Durante la cena, la abuela me sirvió un plato grande. Sebastián lo puso frente a mí. El olor a grasa me subió de golpe y me tapé la boca.
Intenté aguantar.
Luego me sirvió pollo.
No pude más. Me levanté y corrí al baño.
Cuando regresé, Elena y la abuela me miraban con una esperanza imposible de disimular.
—¿Estás embarazada? —preguntó Elena.
Vi la cara de Sebastián.
Oscura.
—No —dije—. Soy obstetra. Si estuviera embarazada, lo sabría.
La cena terminó con mi estómago cerrado.
Después, Elena llevó a la abuela al jardín. Nos dejaron solos como si todavía fuéramos una pareja que necesitaba espacio.
Sebastián cambió la cara en cuanto ellas se fueron.
—¿Te doy tanto asco que vomitas cuando te sirvo comida?
—¿Te importa?
No respondió.
—Firma el divorcio —dije—. Dale a Sofía una casa.
Mi celular sonó.
Mateo.
Contesté junto a la ventana.
—Jimena, ven al sanatorio. Tu mamá escuchó rumores sobre tu padre. Está alterada y quiere salir a buscar a quienes hablaron.
La sangre se me heló.
—Voy.
Tomé mi bolsa.
Sebastián me cerró el paso.
—¿Tan rápido corres porque él llama?
—Mi mamá está mal.
—Hay médicos cuidándola.
—Sebastián, quítate.
—¿Ya vas a llevar a Mateo a conocer a tu madre?
Me empujó contra la pared.
El beso fue brusco, sucio de rabia, sin ternura. Me dolió la boca y también esa parte de mí que todavía recordaba otra versión de él.
Lo mordí hasta sentir sangre.
—No todos somos tan sucios como tú.
Le quité las llaves del coche y salí corriendo.
Manejé demasiado rápido. Casi choqué antes de llegar. Un conductor me gritó algo desde su ventana, pero yo solo podía pensar en mamá, en sus manos temblando, en su cabeza llena otra vez de las mentiras que destruyeron a mi padre.
Mateo me recibió en la entrada del sanatorio.
—Jimena...
—¿Dónde está mi mamá?
Una enfermera llegó corriendo.
—Doctor, la paciente salió del cuarto.
Todo se me fue a negro.
Desperté por la mañana con una vía en la mano.
Lo primero que hice fue intentar arrancármela.
Mateo entró con desayuno.
—No te muevas. Tu mamá apareció en el jardín. Está en su cuarto.
El cuerpo me volvió de golpe.
—No puedo recibir medicamento.
Él me sostuvo la mano.
—Es soporte nutricional. No afecta al bebé.
Me quedé inmóvil.
Mateo habló con cuidado.
—No quise invadir tu privacidad. Te tomé el pulso cuando te desmayaste. También ajusté el tratamiento para proteger el embarazo. Nadie más lo sabe.
Me ardieron los ojos.
—Gracias.
—El día del apagón pensé que era cólico. Debí fijarme mejor.
—Has hecho demasiado.
Él me miró con una honestidad que me dejó sin defensa.
—Lo hago porque quiero. No para cobrarte nada. Solo quiero que estés bien.
Yo conocía esa forma de cuidar.
La había tenido por Sebastián, hasta que se volvió humillación.
—Mateo, entre nosotros...
—Lo sé —me interrumpió—. Si hubiera posibilidad, no habríamos esperado tantos años. No tienes que darme nada. Déjame ser tu amigo.
—No es justo para ti.
—Tampoco sería justo que me saques de tu vida solo porque siento algo.
No supe responder.
Después fui a ver a mamá. Seguía inestable, repitiendo que debía defender a mi padre, que nadie tenía derecho a llamarlo monstruo.
Al salir, me encontré con Sebastián en el pasillo.
—Tu madre está bien acostada —dijo—. ¿Dónde pasaste la noche con Mateo?
Lo miré.
—No soy lo que imaginas.
—¿No?
Le di una bofetada.
La marca apareció rápido en su cara.
—Sebastián, tú no tienes derecho a ensuciarme.
Sofía salió de una sala cercana y corrió hacia él.
—¿Por qué le pegas a mi novio?
—Pregúntale qué hizo.
—No importa. Pegar está mal. Discúlpate.
Me reí.
—¿Ahora también eres su mamá?
Sofía se puso roja.
Sebastián la puso detrás de él.
—Nuestros problemas son entre nosotros. No la metas.
Mateo apareció justo cuando Sofía me empujó.
El piso estaba recién trapeado. Resbalé.
Mateo me sostuvo antes de que cayera.
—¿Estás bien?
—Sí.
No lo estaba. Si caía de lleno, quizá habría visto sangre ahí mismo.
En el coche, Mateo me llevó de regreso. Yo miraba la calle sin verla.
—El padre del bebé es Sebastián —dijo.
No fue pregunta.
Sonreí apenas.
—¿Tan obvio?
—Solo para quien mira demasiado.
—No se lo digas.
—No lo haré. ¿Vas a tenerlo?
La palabra me cerró la garganta.
Recordé mi primer embarazo. Sebastián volvía a casa, pedía comida especial, preguntaba por el bebé. No sé en qué momento todo se torció. No sé por qué, después de perderlo, él se volvió hielo.
Esta vez no había espacio para ilusión.
—No.
Mateo no intentó convencerme.
—Él no te merece.
Esa noche Sebastián volvió tarde con bolsas de suplementos caros.
Las dejó sobre la mesa.
—Son para Sofía, pero no puede tomarlos. Úsalos tú.
Lo miré.
—No soy bote de sobras.
—No seas ridícula. Son caros.
Tomé las bolsas y las tiré al bote.
Su cara se oscureció.
—¿Te crees demasiado para recibir algo mío?
—Me cansé de recibir lo que otra no quiere.
Saqué el convenio de divorcio.
—No te puse cuernos. No estoy con Mateo. Pero tampoco quiero seguir contigo. Firma.
Sebastián leyó el documento.
Yo no pedía dinero. Solo la casa. Una casa que valía millones, sí, pero era lo único que podía sostenerme mientras mi madre seguía enferma.
Él cerró la carpeta.
—Divorcio puede ser. La casa no. A Sofía también le gusta.
Por un momento, no sentí dolor.
Sentí vergüenza de haber amado a un hombre capaz de decir eso.
Rico conocer el final