NovelToon NovelToon
Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:682
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

Me sacó del agua escupiendo estanque y temblando, con los peces de colores dispersándose asustados y doña Amparo llorando en la orilla, viva, entera, sentada a salvo en la piedra donde yo la había empujado.

Damián no dijo nada. Me cargó chorreando por las escaleras de la casona, en brazos, sin importarle que su traje de miles de pesos fuera ya una lástima verde, y me metió a un baño de arriba que olía a lavanda y a toallas caras.

—Puedo sola —dije, con los dientes castañeteándome.

—No puedes ni con la respiración. —Me sentó en la orilla de la tina y empezó a pelear con los botones de mi blusa empapada, que no cedían—. Estás morada, Renata.

—Que puedo sola.

Y él, impaciente, con esa torpeza que le salía solo conmigo, en vez de desabrochar el botón lo arrancó, y con él los otros tres, y la blusa se abrió de un tirón y quedó a la vista mi sostén negro y él se quedó viéndolo medio segundo de más, con los ojos yéndosele a un lugar al que no debían irse cuando yo acababa de casi ahogarme.

La cachetada me salió del cuerpo antes que del pensamiento.

Sonó fuerte en el baño de mármol. Le dejé la cara volteada y la mejilla roja.

—Me acabo de ahogar —dije, sujetándome la blusa rota contra el pecho, temblando de frío y de vergüenza y de algo más que no quise nombrar—. ¿Y usted mirando?

Damián se tocó la mejilla. Y, para mi eterno coraje, sonrió. Una sonrisa de medio lado, dolida y divertida a la vez.

—Perdón —dijo, y no sonó nada arrepentido—. Cámbiate. Te dejo ropa afuera. —En la puerta se detuvo—. Y aprende a nadar, por favor. Me quitaste veinte años de vida allá abajo.

Abajo se aclaró todo.

Doña Amparo, entre lágrimas, le contó a medio mundo —al servicio, a don Fernando, al aire— que la muchacha se había aventado al agua para que ella no cayera. Que si no era por mí, la que estaría en el fondo del estanque sería una vieja de setenta y ocho años que ya no aguanta esos sustos.

—Se aventó por mí —repetía, agarrándome la mano con las dos suyas—. Ni lo pensó. Se aventó por mí, Fernando, y ni sabe nadar. ¿Tú harías eso por alguien que apenas conoces?

Y entonces se quitó el anillo.

El verde. El que le había visto en la mano junto al estanque, el de la piedra profunda que atrapaba la luz. Una esmeralda vieja, montada en oro amarillo gastado, de esos que ya no se hacen.

—Este anillo —dijo doña Amparo, poniéndomelo en la palma— fue de mi suegra, y antes de la suya. Se le da a la mujer de la casa que se lo gana. No a la que se casa. A la que se lo gana. —Me cerró los dedos alrededor—. Tú te lo ganaste hoy, mija.

—No, doña Amparo, yo no puedo… —Se lo quise devolver—. Yo solo vine a acompañarlos. No vine por nada. De verdad, esto es demasiado…

—Dije que te lo ganaste. —Y me volvió a cerrar la mano, con una firmeza sorprendente para unos dedos de papel—. Y en esta casa a mí no me lleva la contraria ni mi marido. Dime Abuela y guárdatelo y ya no discutas conmigo, que me canso.

—Abuela —dije, porque no me dejó decir otra cosa, y la palabra me salió rara y tibia y demasiado grande para mi boca.

Ernesto y Regina llegaron cuando yo todavía traía el pelo mojado y una camisa de hombre que me quedaba enorme.

Regina me barrió con la mirada de arriba abajo, se detuvo en el anillo verde de mi mano, y algo se le tensó en la cara perfecta.

—Ese anillo es de la familia —dijo, sin saludar.

—Y se lo di yo, que para eso es mío —cortó doña Amparo desde su sillón, sin voltear.

Regina apretó los labios. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y me habló con esa cortesía helada que es más filosa que cualquier grito.

—Renata. Le agradezco lo de mi suegra. De verdad. Pero entienda una cosa: usted puede estar cerca de esta familia. Puede visitar, puede acompañar, puede ser útil. Eso no la hace de esta familia. Hay un lugar para cada quien y el suyo no es aquí.

—Regina —dijo Ernesto, en tono de que ya bastaba, pero no la contradijo. Se volvió hacia mí con su registro de presidente de consejo—. Renata, seré directo. Sé que su padre tiene un taller en Nueva Aurora, con un local rentado que le pesa. La Inmobiliaria maneja propiedades en varias zonas. Puedo poner dos a nombre de sus padres. Una casa y un local propio. Sin renta, sin casero, sin Bravo encima. —Hizo una pausa—. Como agradecimiento por lo de hoy. Y como… acuerdo entre gente razonable.

Como quien le pone precio a que yo desaparezca. Como quien compra tranquilidad.

Me temblaban las manos del frío del estanque, pero la voz me salió firme, más firme de lo que yo misma esperaba.

—Se lo agradezco, don Ernesto. Pero no. —Levanté la barbilla—. Que la casa de mi papá sea más chica que la de usted no quiere decir que la de abajo ande pidiendo limosnas a la de arriba. Mi papá paga su renta. Con trabajo, pero la paga. Y el día que tenga local propio va a ser porque él lo compró, no porque a alguien le estorbé lo suficiente para que me lo regalara.

Silencio.

Regina levantó una ceja, entre ofendida y, muy a su pesar, impresionada. Ernesto me miró largo. Después asintió una sola vez, despacio, y dijo algo que se me quedó clavado el resto de la noche:

—Acuérdese de lo que acaba de decir, Renata. Palabra por palabra. Ojalá le dure.

Damián insistió en llevarme a la colonia esa noche. No lo dejó a Julián. Manejó él.

En el coche puso música. Una canción vieja, lenta, que se llamaba "Niña boba" y que yo no conocía, y la dejó repetirse, una y otra vez, todo el camino, sin explicar por qué, con la vista en la carretera y una mano suelta en el volante y la mejilla todavía apenas rosada de mi cachetada.

Yo iba con el anillo verde en el dedo, mirando la ciudad correr por la ventana, sintiéndome partida en dos: los abuelos que me habían recibido como suya, los papás que me habían puesto precio, y este hombre callado al volante que no era ninguna de las dos cosas y que era, cada día, más difícil de leer.

Me dejó en la esquina de siempre. Bajé. Le di las buenas noches por la ventanilla, de usted, como siempre.

Y no arrancó.

Desde la ventana de mi cuarto, al apagar la luz para dormir, lo vi: abajo, recargado en el cofre del coche negro, encendiendo un cigarro que yo nunca le había visto fumar, con la brasa temblando naranja en la oscuridad de la calle. Mirando hacia arriba. Hacia mi ventana.

Esperó a que la luz se encendiera. Y cuando la apagué, se quedó todavía un rato más, fumando, custodiando una casa que no era suya, en una colonia que no era suya, con la cara vuelta hacia un vidrio que nos separaba como separaba nuestros dos mundos.

Yo lo espié desde la orilla de la cortina, con el anillo de esmeralda apretado en el puño, sin entender por qué un hombre que supuestamente me había comprado por un año se quedaba a media noche cuidándome el sueño desde la banqueta.

Ojalá no me hubiera importado tanto.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play