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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Cap 19: El primo

Cumplí trece el veintitrés de mayo.

Lucero llegó al salón protegiendo una caja con los dos brazos. Dentro llevaba un pan pequeño y una vela doblada por el calor.

—Mi mamá preguntó tres veces. No lleva leche ni mantequilla —me aseguró antes de que yo dijera nada.

Rocío apagó la luz, aunque por las ventanas entraba tanto sol que apenas se notó. Cantaron mientras yo sostenía la caja. Me daba risa verlos tan pendientes de que soplara una vela que nadie había podido encender.

Soplé de todas formas.

Mateo apareció más tarde con una de sus pancartas. Había cambiado el nombre de Santiago por el mío usando letras de papel pegadas sobre las luces.

—Es de práctica —aclaró.

Le pedí a Lucero que nos tomara una foto antes de que se despegara la primera letra.

A la salida, Santiago me ofreció llevarme. Bianca estaba junto a la reja, esperando que yo la acompañara a casa porque Herminia seguía fuera. Cuando vio el coche, corrió a abrir la puerta de atrás.

—¿Yo también puedo?

Santiago hizo un gesto para que se pusiera el cinturón y esperó a que yo subiera.

—Lucero me dijo lo de tu casa —comentó al arrancar—. ¿Ya llegó el muchacho?

—Hoy, creo.

Bianca se inclinó entre los asientos.

—Emiliano es mi primo. Su mamá era hermana de la mía. Ahora va a vivir con nosotros.

—Siéntate bien —le pidió Santiago, mirándola por el retrovisor.

Ella obedeció, pero siguió hablando de cuántos íbamos a ser y de que tendría que compartir todavía más cosas. Yo miré la bolsa de pan que Lucero me había dejado llevar. Guardaba un pedazo para Cuca. Pensé que podía partirlo otra vez.

Santiago nos dejó en la esquina del edificio. Cuando iba a bajar, me tendió una bolsa de mis dulces favoritos.

—Se me iba a olvidar.

No era cierto: la había tenido sobre la consola desde que subimos.

—Gracias.

La guardé antes de que Bianca se asomara, pero alcanzó a verla. Subió detrás de mí sin despedirse y me cerró el paso en el primer descanso.

—No te hagas ilusiones con él.

—Muévete.

—Te lleva porque le das lástima. Santiago tiene dinero, tiene amigos. ¿Tú qué tienes? Le vas a dar vergüenza.

Venía pensando en la foto con la pancarta. Todavía tenía la caja tibia entre las manos. Me enfureció que no pudiera dejarme llegar a casa con eso.

—Lo que me dé o deje de dar no te corresponde, Bianca.

—Si haces el ridículo, también nos afecta a nosotros.

—Cuando quieres subirte a su coche no te avergüenza ser mi hermana.

Abrió la boca, pero esta vez no la dejé seguir.

—Y no vuelvas a hablarme como si yo no tuviera a nadie. Mi mamá se llamaba Azucena. Era maestra. Que en esta casa prefieran no nombrarla no quiere decir que nunca haya existido.

Bianca miró hacia la escalera, por si alguien nos estaba escuchando.

—Yo ni siquiera dije nada de tu mamá.

—Entonces deja de recordarme lo sola que según tú estoy.

La aparté lo suficiente para pasar. Yo también había levantado la voz y no me gustó darme cuenta de que los dulces se habían aplastado contra el barandal.

Al entrar, vi a Emiliano junto a la ventana de la sala.

Tenía quince años. Llevaba una camisa blanca cerrada hasta el último botón y sujetaba la correa de una bolsa de viaje. Genaro le hablaba desde el pasillo, pero él parecía estar esperando una indicación más precisa antes de moverse.

—Aquí están tus primas —dijo mi padre.

Bianca lo saludó por su nombre. Yo me quedé en la entrada con la caja en las manos.

Lo reconocí en cuanto volvió el rostro.

En la otra vida había visto ese rostro en entrevistas y fotografías del Grupo Alcázar, cuando él ya era su presidente. También lo había visto mucho más cerca, en ocasiones que no quería recordar allí, delante de todos.

Pero aquel muchacho llevaba los labios resecos y los ojos irritados. Apenas habían pasado unos días desde la muerte de su madre. Todavía sostenía su bolsa porque nadie le había dicho dónde dejarla.

Me dio vergüenza estar pensando en el hombre que llegaría a ser.

—Va a dormir en el cuarto de Ulises —continuó Genaro—. Ya le acomodamos una cama.

Efraín y Cuca ocupaban ese cuarto desde la mudanza. Habían puesto una cama plegable junto a la ventana para Emiliano; durante el día tendrían que levantarla para abrir el armario. Ulises seguía viviendo cerca de su nueva escuela y solo volvía algunas veces.

Emiliano asintió.

—¿Puedo dejar esto ahí?

Genaro le señaló la puerta y siguió hablando de gastos con Efraín.

Yo me hice a un lado para dejarlo pasar. Quise ofrecerle el pan, preguntarle si había comido. Se me ocurrió demasiado tarde: ya estaba entrando al cuarto y no encontré cómo llamarlo sin que se me notara todo lo que él no podía saber.

En la cena dejé la caja cerca de su lugar.

—Sobró de la escuela. Si quieres.

Miró la vela torcida, aún clavada en el pan.

—¿Es tu cumpleaños?

—Sí.

—Felicidades.

Fue lo primero que me dijo directamente. Le contesté que gracias y me senté antes de seguir mirándolo como una tonta.

Comió poco. Cuando Cuca le ofreció más arroz, él negó con la cabeza, y al oír a Genaro comentar cuánto podía comer un muchacho de su edad, dejó también el pan en su caja.

Yo conocía demasiado bien esa manera de ir retirándose de la mesa sin levantarse todavía.

Quería hacer algo por él. Algo que le sirviera ahora, aunque no alcanzara para compensar lo de antes. Volví a acercarle la caja, pero Bianca se levantó y tomó mi mochila del respaldo de la silla.

—A ver qué más te dieron.

La abrió antes de que yo pudiera alcanzarla. Apartó los cuadernos y sacó el celular que Santiago me había regalado.

—¡Papá! ¡Daniela tiene teléfono!

Genaro dejó de comer.

—¿De dónde lo sacaste?

—Me lo encontré.

La mentira salió de inmediato. No quería darle el nombre de Santiago para que fuera a exigirle explicaciones o a pedirle algo a cambio. La pantalla estaba estrellada y la funda gastada; esperaba que con verlo dejara de interesarle.

Bianca lo levantó por encima de mi mano.

—Pues yo digo que lo compró. Tiene dinero escondido.

Le sujeté la muñeca y recuperé el aparato.

—No vuelvas a abrir mi mochila.

—Si no escondes nada, ¿por qué te enojas?

—Porque es mía. Tú tienes un teléfono nuevo y no te registro las cosas cada vez que te veo con él.

—¡Papá, dile algo!

Genaro me miró, luego miró a Cuca. Ella seguía sentada a su lado.

—Ya siéntense las dos.

Bianca no obtuvo lo que quería. Dio un paso hacia mí y levantó la mano.

Retrocedí lo justo para que no me alcanzara y puse la silla entre las dos. Me había asustado antes de poder evitarlo. Eso me enfureció más.

—Ni se te ocurra.

—¡Papá, pégale! ¡Mira cómo me habla!

Mi padre se levantó. Yo apreté el teléfono y busqué a Cuca con la mirada.

—Usted dijo que iba a cuidarme.

No me gustó tener que recordárselo frente a él. Cuca apartó su plato.

—Genaro, siéntate. No vas a meternos en otro problema por un teléfono viejo.

Mi padre maldijo entre dientes y se fue al cuarto. Bianca bajó el brazo cuando Efraín le pidió que recogiera lo que había tirado. No lo hizo; pasé yo los cuadernos de debajo de la mesa a mi mochila, sin soltar el celular.

Solo entonces recordé a Emiliano.

Seguía en su lugar, con el pan sin tocar. Había visto la mano de Bianca, la silla entre nosotras y la rapidez con que yo había mentido.

Quise decirle que no siempre me comportaba así. Que había una razón. Me detuve antes de abrir la boca: acababa de quedarse sin madre y no tenía por qué ocuparse también de lo que yo necesitaba que pensara de mí.

Emiliano recogió del suelo mi lápiz, el único que se me había pasado, y lo dejó junto a la mochila.

—Se cayó éste.

Lo guardé con los demás. No supe qué hacer con el alivio que me dio que no me preguntara nada.

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