Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 5
Capítulo 5
—Está buscando a V —dijo Poncho.
Había pasado cinco días reuniendo información sobre Jerónimo Alcántara. Yo esperaba una lista de empresas, abogados o mujeres de las que convenía mantenerme lejos. En vez de eso, me puso enfrente la fotografía de uno de mis cuadros.
—Un intermediario ha preguntado en tres galerías. No ofrece comprar lo que ya tienen. Quiere localizar a la pintora.
—¿Para qué?
—Por su hermana. Estrella.
Poncho distinguió lo que había podido comprobar de los rumores. A los hermanos Alcántara los habían secuestrado de niños. Estrella seguía necesitando ayuda para muchas cosas, y algunas situaciones le provocaban un miedo que la dejaba sin poder hablar. Sus cuadros favoritos eran míos. Eso último lo sabía el galerista que se los había vendido.
Yo recordaba la venta. Había pagado la instalación de luz del estudio con aquel dinero.
—No respondas a ningún intermediario —le pedí.
Poncho asintió. Después abrió una imagen de Alcántara tomada en un acto de su fundación, una de las pocas que encontró. La miré más tiempo del necesario. Intenté adivinar cómo serían mis hijos y acabé cerrando la computadora.
Tadeo escribió esa tarde. Ofelia había dispuesto que Rodrigo abriera con Ámbar el baile de la gala familiar.
Leí el mensaje mientras buscaba un vestido que no me apretara. Todavía no había hablado con un abogado sobre todo lo que tenía en la carpeta. Necesitaba que Rodrigo siguiera creyendo que no sabía nada, pero eso no significaba facilitarle una presentación pública de su nueva pareja.
Elegí un vestido color hueso y me puse el brazalete de Prudencia.
La colisión ocurrió en la vía elevada. Frenaron dos coches delante de mí; alcancé a detenerme y el golpe llegó por atrás. El cinturón me sujetó de golpe. Me pegué en la frente, sin entender contra qué, y durante unos segundos solo pude oír los cláxones.
Me llevé la mano al vientre.
No me dolía. Quise usar eso para tranquilizarme y no pude. Que yo no sintiera nada no me decía cómo estaban los bebés.
Salí cuando un conductor se acercó a ayudarme. Tenía sangre en los dedos y un pitido en el oído. Dejé mis datos con el encargado de atender el choque, pedí que avisaran al seguro y traté de llamar a una ambulancia.
Una puerta se abrió a unos metros.
—Puede esperar aquí —dijo un hombre desde un coche negro—. Ya viene asistencia. Está sangrando.
Reconocí el rostro de la fotografía.
Casi retrocedí. Después vi la fila de coches inmóviles, la gente grabando y el pañuelo que otro hombre me tendía desde el asiento delantero. Me senté.
—Presione aquí —me indicó Alcántara, acercándome una gasa—. ¿Se mareó antes del golpe o después?
—Después.
Al inclinarme, el brazalete resbaló hasta la mano. Quise limpiarme la sangre sin manchar el asiento.
—Déjelo —dijo él—. Eso se limpia.
Su asistente hablaba por teléfono. Alcántara me preguntó si estaba embarazada después de verme acomodar el cinturón por debajo del vientre.
—Sí.
No dije cuántos. Me pareció una precaución absurda y aun así fui incapaz de decirlo.
—Entonces necesita que la revisen —respondió—. Lino, avisa también a obstetricia.
No había adivinado nada. Estaba haciendo lo que cualquiera habría debido hacer. A mí me costaba recibirlo sin buscar el precio.
El paramédico llegó hasta el coche y, cuando despejaron una salida, me trasladaron a la clínica indicada por Lino. Alcántara no fue conmigo. Antes de cerrar la puerta, su asistente me dio una tarjeta para coordinar el seguro y los gastos.
En la revisión no encontraron señales de una complicación inmediata. Me curaron la herida, comprobaron a los bebés y me explicaron qué síntomas debían hacerme regresar. Solo cuando volví a oír los latidos dejé de repetir mentalmente el sonido del golpe.
Poncho quería ir por mí.
—Estoy cerca de la casona —le dije—. Voy a buscar a Prudencia. Tadeo está allí y no quiero pasar la noche sola.
No era toda la verdad. Yo también quería llegar antes del baile.
Un taxi me dejó en la entrada. Me dolía la cabeza, tenía la ropa manchada y de pronto el plan de entrar sonriendo me pareció agotador. Me quedé junto a la escalinata, buscando a Herlinda para pedirle que me ayudara.
Entonces oí el anuncio del baile de apertura.
Rodrigo estaba extendiendo la mano hacia Ámbar. Ella llevaba un vestido rojo y miraba a los invitados antes que a él.
—Rodrigo.
No tuve que gritar dos veces. Él me vio y soltó su mano.
Bajé un escalón. En el siguiente necesité sujetarme del pasamanos.
—Tuve un accidente —dije cuando llegó hasta mí—. Ya me revisaron. Necesito sentarme.
Me sostuvo por la cintura. Sentí una vergüenza inesperada: la de agradecer el apoyo de un hombre al que ya no quería pedirle nada. Había imaginado aquella entrada muchas veces durante el trayecto; en ninguna necesitaba su brazo de verdad.
A nuestro alrededor empezaron las preguntas. Alguien pidió que llamaran al médico. Ofelia intentó apartarnos del centro del jardín, pero Prudencia ya venía hacia nosotros.
—¿Qué pasó, hija?
—Un choque. Los niños están bien en la revisión.
La anciana miró mi venda y después a Ámbar, que seguía junto a la pista. La música se había detenido.
—¿Y tú ibas a bailar con él mientras ella estaba en el hospital?
—Yo no sabía…
Prudencia la abofeteó antes de que terminara. Una mujer soltó una exclamación. Alguien bajó el teléfono; otros lo levantaron más.
Me quedé inmóvil. No había ido a pedir aquello, pero entendí que ya no iban a poder presentar a Ámbar como una invitada inocente ni mi ausencia como un capricho.
Rodrigo me hizo sentar y llamó a Tadeo.
—¿Por qué no me avisaste? —preguntó, arrodillándose frente a mí.
En la urgencia de su voz reconocí algo que antes habría guardado durante semanas. Esa noche miré por encima de él: Ámbar lo estaba esperando y él evitaba volverse.
—Llamé a quien podía ayudarme.
La tarjeta de Alcántara se había deslizado del bolso cuando busqué las indicaciones médicas. Rodrigo la recogió del suelo.
Leyó el nombre y dejó de preguntarme por el accidente.
—¿Desde cuándo conoces a este hombre?