Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?
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Cada quien su camino
No pasaron más de dos días cuando Ruth volvió a presentarse ante la puerta de la suite de Cal. Esta vez no traía consigo ni la compostura ni la discreción que al menos había intentado mantener antes. Sus ojos estaban enrojecidos, su postura rígida por la mezcla de vergüenza y desesperación, y cuando Cal abrió la puerta, irrumpió en el pasillo con la voz elevada, sin importarle que alguien pudiera escucharla.
—¡Esto es inaceptable! —exclamó, con las manos temblorosas—. ¡Nos has dejado en la ruina y te burlas de nosotras como si fuéramos extrañas! ¡No puedes simplemente cortarnos de golpe después de todo lo que hemos compartido! ¡Te lo debemos, Cal! ¡Nos debes al menos una ayuda decente hasta que nos establezcamos!
Cal se quedó de pie en el umbral, sin invitarla a entrar, con una calma que contrastaba con la furia de la mujer frente a él. No se enfadó. No gritó. Simplemente la miró con serenidad, como quien observa a un niño que patalea porque no consigue lo que quiere.
—¿Te debo algo? —repitió con voz tranquila—. Te he dado más de lo que tu familia ha ganado en tres generaciones. He cubierto deudas que ni siquiera querías que supiera que existían. He pagado vestidos, joyas, viajes y banquetes que no podías costear por ti misma. Y cuando decidí que se acabó, vienes a decirme que te debo algo. Dime, Ruth: ¿cuándo se convirtió mi generosidad en una obligación eterna?
—¡No somos limosneras! —le espetó ella, con lágrimas de orgullo herido cayendo por sus mejillas—. ¡Solo te pedimos lo justo! ¡Un poco de ayuda para no caer en la miseria por tu culpa!
Cal soltó una risa breve, seca, que la dejó inmóvil.
—¿Por mi culpa? Tu miseria es obra tuya, no mía. Y si necesitas dinero, tienes opciones. Vende tus joyas. Consigue un trabajo. Hay personas que viven con mucho menos de lo que tú consideras indispensable y no por eso piden que otros resuelvan sus vidas por ellas. Mi dinero… yo lo doy a quien yo quiero. Y a ti, ya te he dado más de lo que merecías. Fuera. Y no se cruce en mi camino, señora. Porque la próxima vez que vengas a exigirme como si fuera tu deudor, no seré tan amable de hablarte con palabras.
Ruth abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta ante la frialdad de su mirada. No había nada que hacer. No había puerta abierta, ni esperanza, ni margen de negociación. Con un gesto de rabia contenida, se dio media vuelta y se marchó, con la cabeza alta pero los pasos derrotados, sabiendo que acababa de perder la última oportunidad de que él interviniera a su favor.
Cal cerró la puerta tras ella con suavidad, sin violencia, y llamó a su asistente que esperaba al fondo del pasillo. El hombre se acercó con discreción.
—¿Compraste la casa? —le preguntó Cal, sin darle más vueltas al asunto.
—Sí, señor —respondió el asistente con respeto—. Se cerró la operación esta misma mañana a través de los abogados. Nadie sospecha que fue usted. Creen que fue un inversor particular que compró la propiedad en la subasta.
—Bien —dijo Cal, con una satisfacción tranquila asomando en sus labios—. Muy bien. Que nadie diga que no fui justo. Les di la oportunidad de pagar lo que debían. Prefirieron culparme a mí antes que asumir su realidad. Ahora esa casa es mía. Y cuando lleguen a Nueva York y se enteren de quién es su nuevo dueño… que sepan que no les estoy haciendo daño. Solo estoy cobrando lo que se me debía. Cada quien recibe exactamente lo que se atreve a tomar.
El asistente asintió y se retiró. Cal se quedó solo unos momentos, mirando hacia la ventana donde el mar se extendía en calma. No se sentía culpable. Se sentía en paz. Había recuperado su vida, su dinero y su dignidad. Y no volvería a permitir que nadie le hiciera sentir que debía pedir perdón por cuidar de lo suyo.