La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 14
Pagaron el café y Máximo no le dio tiempo de proponer nada.
— El apartamento está a dos cuadras. Cinco minutos. — Lo dijo caminando ya hacia la puerta.
Alma lo siguió porque en el fondo sabía que tenía razón y porque el orgullo era un lujo que en este momento no podía permitirse.
El edificio no parecía lo que era.
Desde afuera era sobrio, casi corporativo, de esos que uno pasa sin mirar porque parece una oficina más. Nada que llamara la atención. Nada que dijera mírenme. Adentro era otro mundo. Mármol, silencio, cámaras en cada ángulo y dos guardias en la entrada que saludaron a Máximo con la familiaridad de quien lo ve todos los días.
— Nadie entra sin autorización — dijo Máximo mientras cruzaban el lobby. — El sistema es biométrico. Visitantes solo con acompañante registrado.
— ¿Cuántas personas viven aquí?
— Pocas. Lo prefiero así.
El ascensor del último piso era independiente. Máximo puso la palma en el lector y las puertas abrieron. Subieron en silencio.
Cuando las puertas volvieron a abrirse Alma no dijo nada.
El apartamento ocupaba todo el piso. Ventanales del suelo al techo, la ciudad entera desplegada afuera como si alguien la hubiera puesto ahí de decoración. Cuatro habitaciones, sala amplia, cocina equipada, todo amoblado con ese gusto discreto y caro de quien no necesita demostrar nada. Exactamente lo que ella había tenido siempre. Exactamente lo que Darío le había quitado.
Alma caminó hasta el ventanal y se quedó mirando la ciudad.
— Lucía y Ángela llegarán en cualquier momento — dijo Máximo desde atrás.
Alma se volvió.
— ¿Cómo?
— Le mandé un mensaje a Ángela con la dirección. Ella trae a Lucía y las cosas que tienen en su casa.
Alma lo miró. Buscó algo que decir y no encontró nada que no sonara a regaño o a agradecimiento, y no estaba lista para ninguno de los dos.
— Definitivamente no se te escapa nada.
— Solo presto atención a lo que me importa. — Una pausa breve. La miró directo. — Y tú me importas. Y mucho.
Lo dijo sin dramatismo. Sin bajar la voz para darle peso. Lo dijo como quien dice algo que es simplemente verdad y no necesita adornos.
Alma sintió el calor subirle a la cara y tomó la única decisión razonable disponible en ese momento.
— Voy al baño un segundo.
Cerró la puerta.
Se miró en el espejo. Se lavó la cara con agua fría. Se miró de nuevo.
— Contrólate — se dijo en voz baja. — Tienes cuarenta y ocho años, un divorcio encima y una hija enferma. No estás para amoríos de adolescentes. Controla tus hormonas y sal de este baño como una persona adulta y seria.
El espejo no le respondió nada útil.
Respiró. Se secó la cara. Salió.
El timbre sonó en ese momento.
Máximo fue a abrir y Alma lo siguió a distancia prudente. En la puerta estaba Ángela con dos bolsas y detrás de ella Lucía, que miró el apartamento con los ojos abiertos y luego miró a Máximo con curiosidad sin disimulo.
— Lucía, él es Máximo Salas — dijo Ángela con esa solemnidad suya de presentadora de televisión. — Máximo, ella es Lucía, la hija de Alma.
— Nos vimos la tarde que saliste del hospital — dijo Máximo. — Aunque supongo que no lo recuerdas bien.
— Claro, tú nos llevaste. — Lucía asintió. — Perdona, estaba muy mal ese día. Gracias por rescatarnos.
— No hay nada que agradecer.
— Bueno. — Ángela dejó las bolsas en el suelo y miró el apartamento con las manos en la cintura. — Dios mío. — Giró despacio sobre sí misma tomando nota de cada detalle. — Definitivamente tú y yo tenemos que hablar sobre mis opciones de vida porque algo estoy haciendo mal.
Máximo sonrió.
— Siéntanse en su casa. Mañana en la mañana vengo con las claves de acceso para registrar sus huellas en el sistema. — Miró a Alma. — Si necesitan cualquier cosa solo llamen. A cualquier hora.
— Gracias — dijo Alma.
Lo acompañó hasta el ascensor. Las puertas cerraron.
Se hizo silencio en el apartamento.
Duró exactamente tres segundos.
— Bueno — dijo Ángela volviéndose hacia Alma con una sonrisa que no prometía nada bueno. — Ese hombre te mira como si fueras lo último que va a ver antes de morirse.
— No digas tonterías.
— Mamá. — Lucía ya estaba explorando las habitaciones y habló desde el pasillo. — ¿Es el mismo del que hablaban esta mañana?
— No estabamos hablando de nadie — dijo Alma.
— Mentira — dijo Ángela.
— Ángela.
— Es que es verdad.
Lucía reapareció en la sala con cara de haber llegado a una conclusión.
— Hacen buena pareja — anunció.
Alma la miró.
— Tiene veinticinco años, Lucía.
— Y tú cuarenta y ocho que no los aparentas. — Se encogió de hombros con una lógica aplastante. — Además, ¿viste cómo te miraba? Eso no es agradecimiento, mamá. Eso es otra cosa.
— ¡Eso mismo le dije yo! — Ángela señaló a Lucía con triunfo. — Tu hija tiene más ojo que tú.
— Las dos están locas.
— Las dos tenemos razón — dijo Lucía. — Y tú estás roja.
Alma abrió la boca.
La cerró.
Estaba roja. No podía negarlo porque el calor en las mejillas la delataba sin remedio y las dos la estaban mirando con esa satisfacción insoportable de quien acaba de ganar un argumento sin haber tenido que esforzarse demasiado.
— Voy a deshacer las maletas — dijo, y se fue por el pasillo con toda la dignidad que le quedaba, que en este momento no era mucha.
Detrás de ella escuchó a Ángela y a Lucía chocar las manos.
No se volvió.
Pero tampoco pudo evitar la sonrisa.