Una joven reservada y profesional trabaja en la empresa de la familia de su exnovio, soportando humillaciones constantes por no encajar en el ideal de “mujer perfecta”: dulce, sociable y complaciente.
Durante un evento corporativo, salva la vida de un misterioso hombre que ha sido atacado. Sin saber quién es realmente, lo ayuda a escapar y cura sus heridas.
Él desaparece… pero no la olvida.
Cuando finalmente va a buscarla, descubre que ella fue despedida injustamente. Y quienes la destruyeron… están más cerca de lo que cree.
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Capitulo 4
Nina
—La lealtad, Nina, no es algo que se pueda exigir… es algo que nace del corazón.
La voz de la señora Camila era suave.
Dulce.
Casi maternal.
Pero cada palabra se sentía como una aguja.
—Mi asistente no respondió una llamada a las cinco de la mañana… un sábado —continuó, caminando lentamente por la oficina—. ¿Te imaginas? Después de todo lo que hago por ellos…
Asentí levemente, sin interrumpirla.
—Es una falta de compromiso… de amor por el trabajo.
Amor.
Siempre lo llevaba todo a eso.
—Y este evento… —añadió, tomando uno de los diseños que había preparado— no es lo que esperaba.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Pero usted aprobó los colores, la distribución, el enfoque…
—Sí, cariño —me interrumpió con una sonrisa—, pero eso no significa que tenga visión.
Silencio.
—Le falta alma.
Bajé la mirada hacia los documentos.
—Quiero algo completamente diferente.
Respiré hondo.
—De acuerdo.
Pasé las siguientes horas reorganizando todo.
Desde cero.
Otra vez.
Mis dedos se movían mecánicamente sobre el teclado, mientras intentaba no pensar en el cansancio, en la presión… en el vacío que sentía en el pecho.
La puerta se abrió sin previo aviso.
—Nina…
Levanté la mirada.
La señora Camila estaba de pie frente a mí.
Con lágrimas en los ojos.
Mi estómago se tensó de inmediato.
—Estoy tan… decepcionada —susurró, llevándose una mano al pecho.
No dije nada.
Ya conocía esa escena.
—Siento que no puedo confiar en ti —continuó—. Que no eres leal.
Tragué saliva.
—Yo estoy cumpliendo con mi trabajo…
—No se trata solo del trabajo —interrumpió, su voz quebrándose más—. Se trata de estar. De estar cuando se te necesita.
Se acercó un poco más.
—¿Cómo puedo llamarte un fin de semana si sé que no responderás?
La miré.
—Porque es mi tiempo de descanso.
El silencio fue inmediato.
Su expresión cambió apenas un segundo… antes de suavizarse de nuevo.
—¿Ves? —susurró—. Ese es el problema.
Sentí el golpe.
—Eres un muro de hielo, Nina.
No levantó la voz.
No fue necesario.
—Siempre distante… siempre tan… correcta.
Bajé la mirada.
—No conectas con las personas.
Cada palabra encontraba dónde doler.
—Y eso… termina afectando todo.
Intenté hablar.
Intenté decir algo.
Pero, como siempre, levantó la mano.
—No —dijo con suavidad—. Solo escucha.
Apreté los labios.
—Damián… —continuó, bajando la voz aún más— está muy afectado.
Mi pecho se tensó.
—No le recibe la comida a su madre… le responde mal…
Cerré los ojos un segundo.
—Esa pobre mujer no entiende qué hizo mal.
Silencio.
—El amor requiere cercanía, Nina —susurró—. Calidez.
Abrí los ojos lentamente.
—Tal vez… si hubieras sido un poco más… amorosa…
No terminó la frase.
No hacía falta.
—Continuaré con mi trabajo —dije finalmente.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Pero por dentro…
Por dentro estaba al límite.
Quería gritar.
Quería decirle que no tenía derecho.
Que no sabía nada.
Que no todo era mi culpa.
Pero no lo hice.
Nunca lo hacía.
El resto del día pasó en una mezcla de tensión y agotamiento.
Pero el evento… finalmente estuvo listo.
El día llegó.
Todo el equipo estaba formal.
Sonrisas.
Presentaciones.
Apariencias.
Como siempre.
—Nina —dijo la señora Camila, acercándose con elegancia—, ¿podrías encargarte de traer los panfletos de la bodega?
Asentí.
—Claro.
—Eres más útil en ese tipo de tareas —añadió con una sonrisa dulce—. Aquí necesitamos personas más… cálidas.
No respondí.
Solo asentí.
Y me fui.
El pasillo hacia la bodega estaba más oscuro de lo normal.
Silencioso.
Demasiado silencioso.
Abrí la puerta.
El aire era frío.
Denso.
Di un paso dentro.
Luego otro.
Entonces…
Lo escuché.
Un ruido.
Seco.
Como algo moviéndose.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Hay alguien ahí?
Silencio.
Luego…
Un quejido.
Suave.
Doloroso.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Miré alrededor, buscando algo.
Lo primero que encontré fue una barra metálica apoyada contra la pared.
La tomé con firmeza.
—Voy a llamar a seguridad —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como quería.
Di un paso más.
Y entonces lo vi.
Un hombre.
Cabello rubio oscuro.
Traje impecable… ahora manchado.
Sostenía su costado, claramente herido.
Sus ojos azules se clavaron en los míos.
Intensos.
Conscientes.
Peligrosamente tranquilos… a pesar del dolor.
Me quedé inmóvil.
El mundo pareció detenerse un segundo.
—No llames a nadie —dijo, con voz baja y controlada.
Tragué saliva.
—Está herido…
—Lo sé.
Dio un leve paso hacia mí.
Mi agarre en la barra se tensó.
—Si llamas a alguien… no saldrás bien de esto.
Mi respiración se volvió irregular.
—¿Quién eres?
Una pausa.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Alguien que no debería estar aquí.
El silencio se volvió pesado.
Mi mente gritaba que saliera corriendo.
Que llamara ayuda.
Que no me metiera en problemas.
Pero mis ojos…
seguían en él.
En la sangre.
En la forma en que intentaba mantenerse de pie.
—Me están buscando —añadió.
Sentí un escalofrío.
—Y si me encuentran contigo…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Bajé lentamente la barra metálica.
Y tomé una decisión.
La primera… en mucho tiempo.
—Siéntate.
🤷🏼
eres un poco hombre./Smug/
qué satisfacción puede generarte , obligar a una mujer estar a tu lado 🤦🏼
han destruido el cimiento de tu empresa más no tu fuerza y ojalá ya esto no pase desapercibido
desgraciado Pero te metes con las personas equivocadas tenlo por seguro