Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL BERRINCHE DEL MAGNATE Y EL ECO DE LOS HIJOS
El sol de la mañana ya iluminaba con fuerza las calles de la ciudad cuando el vehículo blindado de la Mansión Bustamante se detuvo frente a las puertas de la cafetería. El trayecto se había desarrollado en un silencio que, aunque no era tenso, guardaba los ecos de la pequeña negociación pendiente entre ambos. Federico desde el asiento del conductor, observaba por el retrovisor con una mezcla de discreción y absoluta diversión al ver que el rostro habitualmente implacable de Jeremías mostraba un puchero impropio de un magnate de su jerarquía.
Jeremías hizo un gesto seco con la mano para indicarle a Federico que se detuviera por completo junto a la acera. Antes de que el asistente pudiera bajarse para abrirle la puerta trasera adaptada, Ana Belén se inclinó hacia el empresario, depositando un beso rápido pero sonoro en su mejilla.
—Llegamos, viejo testarudo. Gracias por traerme —dijo ella con una sonrisa traviesa en los labios, dispuesta a abrir la puerta por su cuenta.
Jeremías la detuvo del brazo con suavidad, aunque sus ojos verdes reflejaban un destello de genuina contrariedad. La atrajo un segundo hacia él y la besó en los labios, un beso profundo y posesivo que hizo que Ana Belén suspirara contra su boca antes de separarse con torpeza.
—Te busco en la tarde, mi amor... pero sabes perfectamente que tenemos que hablar de lo nuestro con seriedad —murmuró Jeremías con la voz ronca, frunciendo el ceño de inmediato—. No me gusta esto de que tú vivas en tu casa y yo en la mía. Ya no estamos para juegos de novios adolescentes; somos una pareja consolidada. ¿Dónde se ha visto que dos personas que se pertenecen vivan en casas separadas?
Ana Belén soltó un suspiro resignado, cruzándose de brazos mientras lo miraba con una mezcla de paciencia y firmeza.
—Jeremías, por favor, bájale dos rayitas a tu intensidad —le recetó ella con tono firme—. Ayer nos estábamos matando de rabia en la puerta, y anoche nos matamos... pero de pasión en la cama. Sin embargo, las cosas no funcionan así de la noche a la mañana. Yo no me voy a mudar todavía contigo. Primero tengo que hablar con mis hijos, sentarme con ellos y explicarles la situación, decirles lo que está pasando entre tú y yo.
Al escuchar la negativa, el rostro de Jeremías se ensombreció de golpe. Una mueca de rabia y orgullo herido cruzó sus facciones; apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron bajo la camisa.
—No acepto eso, Ana Belén —espetó el magnate con un tono de voz cortante y autoritario—. Yo quiero que estés conmigo en la mansión, bajo mi protección, y punto.
—Mira viejo prematuro, déjate de berrinches infantiles porque los berrinches conmigo simplemente no van —le replicó Ana Belén con autoridad, sin dejarse intimidar por su coraza de empresario milmillonario—. Te estoy diciendo que voy a hablar con mis hijos y además, guárdate esto bien en la cabeza: si me voy a mudar contigo a esa mansión, mis hijos se vienen conmigo. No los voy a dejar atrás ni por ti ni por nadie.
Jeremías la miró fijamente durante unos segundos eternos. Al notar que la arquitecta no iba a ceder ni un milímetro en su postura, su orgullo chocó contra una pared de concreto. Enderezó los hombros, tomó la tablet que descansaba en el posavasos lateral de la silla, la encendió con un movimiento brusco y clavó la vista en la pantalla fingiendo leer un informe financiero con una frialdad glacial.
—Está bien. Haz lo que tengas que hacer. Cuando hables con ellos, me buscas. Que pases un buen día —respondió Jeremías sin levantar la vista del dispositivo, adoptando una postura completamente distante.
Ana Belén se quedó un instante estupefacta ante el cambio radical de actitud del hombre que horas antes le prometía las estrellas. Exhaló un suspiro profundo, rodando los ojos hacia el techo del vehículo, y murmuró para sus adentros: «Dios mío, dame paciencia con este testarudo».
Sin añadir una sola palabra más, abrió la puerta del automóvil, bajó con agilidad y cerró con firmeza. El vehículo arrancó de inmediato, alejándose por la avenida con la velocidad propia de un niño caprichoso al que le habían negado un juguete. Ana Belén sacudió la cabeza con una sonrisa inevitable y se giró para entrar en su local.
Al cruzar el umbral de la cafetería, el ambiente cambió por completo. El local aún no abría sus puertas al público, pero en una de las mesas del fondo estaban sus dos hijos gemelos, Roberto y Robert, con los rostros desencajados, ojeras marcadas y una profunda desesperación reflejada en los ojos. En cuanto la vieron aparecer, ambos se pusieron de pie al unísono y corrieron hacia ella con pasos acelerados.
—¡Mamá! ¡Por Dios, ¿dónde te metiste?! —exclamó Roberto con la voz quebrada y lágrimas contenidas en los ojos, gesticulando con las manos—. Te llamamos anoche cincuenta veces, fuimos a buscarte y la cafetería estaba cerrada con llave. ¡Estábamos a punto de llamar a la policía! ¡Pensamos que te había pasado algo grave!
Robert, su hermano gemelo, la tomó de los hombros con los dedos temblorosos, examinándola de arriba a abajo con una mezcla de enojo y un alivio inmenso que apenas podía contener.
—Mamá, no puedes desaparecer así de la nada sin avisar a nadie. Estábamos aterrados. ¿Dónde demonios pasaste la noche?
Ana Belén sintió que el calor le subía de golpe a las mejillas. Aunque estaba acostumbrada a manejar a sus muchachos con firmeza, la idea de explicarles que había pasado la noche en la mansión del hombre más temido de la ciudad —y el contexto tan íntimo y desbordante de esa visita— le provocó un vértigo repentino. Se pasó una mano por el cabello, respiró hondo y los invitó a sentarse en la mesa, sabiendo perfectamente que el momento de la verdad había llegado y que los berrinches de Jeremías apenas eran el preludio de la tormenta familiar que estaba por desatarse en esa mesa.