Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 21. LA MIRADA DEL EXTRAÑO
La puerta de madera maciza se abrió por completo, rompiendo el silencio sepulcral de mi despacho. María dio un paso hacia atrás, cruzándose de brazos, mientras yo clavaba mis ojos en el hombre que acababa de cruzar el umbral.
Me quedé sin aliento. Un vuelco violento me sacudió el estómago, obligándome a apoyar con más fuerza las palmas de las manos sobre el escritorio de roble para no perder la compostura. El candidato que mi hermano Thomas había enviado desde Zúrich no era, ni de lejos, el tipo de hombre que yo había imaginado. No tenía el aspecto demacrado de alguien asfixiado por las deudas, ni la actitud dócil de una marioneta que se vende al mejor postor.
Era un hombre imponente, guapísimo, que desprendía una presencia magnética capaz de llenar cada rincón de la planta veinticuatro. Su físico era espectacular: de una estatura considerable, con unos hombros anchísimos y una anatomía musculada que se adivinaba bajo el corte perfecto de su traje de sastre. Llevaba un abrigo de cachemira oscuro colgado del brazo con total elegancia. Su rostro tenía unas facciones firmes, esculpidas con una madurez sofisticada, y un pelo oscuro de infarto, peinado hacia atrás con un estilo informal pero pulcro. Cuando sus ojos oscuros y profundos, se clavaron en los míos, sentí una extraña corriente eléctrica recorrer mi columna vertebral. Una extraña e inexplicable sensación de familiaridad me golpeó el pecho durante un segundo, pero la descarté de inmediato. Era imposible. Jamás en mi vida había visto a este Adonis de los negocios.
Óscar, manteniendo su armadura de hierro por fuera aunque por dentro el corazón le estallaba de pura ilusión al tener a su primer amor a escasos metros, avanzó por la moqueta con paso firme. Se detuvo frente a mi mesa y me dedicó una inclinación de cabeza perfectamente cortés.
—Buenos días, señorita Natalia —dijo con una voz profunda, grave y sumamente varonil que me erizó la piel—. Me llamo Alexander. Soy el ingeniero jefe y socio de su hermano Thomas en Zúrich. Él me ha informado detalladamente de la intolerable situación en la que se encuentra y del ultimátum de su padre. He viajado en el primer vuelo de la madrugada para ponerme a su entera disposición.
Me obligué a tragar saliva, recuperando mi fachada de CEO implacable, y le señalé una de las sillas de cuero frente a mí.
—Buenos días, señor... Alexander —respondí, intentando que mi voz sonara lo más fría y profesional posible—. Tome asiento, por favor. Esta es mi socia, María. Ella ha redactado los términos del acuerdo.
Óscar se sentó, acomodando su imponente cuerpo en la silla con total naturalidad, sin apartar ni un segundo su mirada de mis ojos. Su cercanía física alteraba el ambiente de la habitación, haciéndome sentir extrañamente vulnerable.
María dio un paso al frente y deslizó las tres copias del borrador del contrato sobre el escritorio, colocándolas justo frente a él.
—Bien, señor Alexander —comenzó María con su habitual tono directo—. Como Thomas le habrá adelantado, esto es un negocio. Necesitamos un matrimonio civil exprés aquí en Londres para anular legalmente el pacto arcaico que el padre de Natalia firmó en Suiza. Este documento que tiene delante es un contrato de alquiler matrimonial estrictamente confidencial. En él se estipula una compensación económica mensual muy generosa para usted, financiada por esta firma, a cambio de su firma en el registro civil.
Óscar bajó la vista hacia los papeles, repasando las líneas con la mente analítica de un ingeniero.
—Las cláusulas de confidencialidad son excelentes, y el blindaje de activos es impecable —comentó Óscar, pasando la página con sus dedos largos y firmes—. No tengo ninguna objeción con la separación de bienes. No he venido aquí por el dinero de su bufete, señorita María. Thomas es mi socio y mi hermano de vida; su familia es la mía, y no pienso permitir que Arthur destruya todo lo que Natalia ha construido con su esfuerzo. Firmaré lo que haga falta.
Escuchar su firmeza y su lealtad hacia mi hermano me alivió, pero María carraspeó, llamando nuestra atención con una expresión seria que indicaba que venía la parte más compleja del plan.
—Hay una cláusula de última hora que hemos tenido que introducir, caballero —advirtió María, cruzándose de brazos—. El padre de Natalia, no es ningún idiota. En cuanto le presentemos el acta de matrimonio, activará a sus investigadores privados en Londres para comprobar si este enlace es real o un simple montaje para burlar su autoridad. Si descubre que cada uno vive en un sitio diferente y que no compartís ninguna rutina, demandará la nulidad del matrimonio por fraude ante los tribunales británicos y ejecutará el boicot económico contra el bufete.
Miré a María con el ceño fruncido, sintiendo que el nudo de mi estómago se apretaba aún más.
—¿Qué quieres decir con eso, María? —pregunté.
—Quiero decir que la ley de inmigración y los asesores fiscales van a revisar vuestro estatus —explicó María, mirando fijamente a Óscar y luego a mí—. Para que el escudo legal sea 100% impermeable frente a los ojos de Arthur, tenéis que convivir. El contrato estipula la convivencia obligatoria. El señor Alexander tendrá que trasladar sus maletas a tu apartamento de inmediato, Natalia. Tenéis que compartir residencia oficial, dejaros ver juntos en público como una pareja real y simular un matrimonio feliz frente a cualquiera de los espías que tu padre deje apostados en la ciudad. Es la única forma de que el fraude sea invisible.
El despacho se sumió en un silencio absoluto. Miré a "Alexander", horrorizada ante la perspectiva de compartir la intimidad de mi ático de lujo con un hombre de su calibre, un auténtico desconocido que desprendía una sensualidad y un poder que me aterraban.
Óscar, manteniendo una calma fingida para no delatar la inmensa alegría y la esperanza que le causaba la idea de vivir bajo el mismo techo que yo, levantó la vista de los papeles. Me miró con una seriedad absoluta, transmitiéndome una seguridad inquebrantable a través de sus ojos oscuros.
—Por mi parte no hay ningún inconveniente, señorita Natalia —afirmó Óscar con voz pausada y firme—. Entiendo perfectamente los riesgos legales y la magnitud del enemigo al que nos enfrentamos. Si para salvar su bufete y su libertad tengo que mudarme a su casa y jugar al marido perfecto ante los espías de su padre, lo haré sin dudarlo. El tiempo apremia. Si está de acuerdo, firmemos esto ahora mismo y vayamos al registro civil. El reloj de Arthur sigue corriendo.
Miré las copias del contrato sobre la mesa, luego la pluma estilográfica que descansaba junto a ellas, y finalmente a ese hombre espectacular que el destino me había enviado a través de mi hermano. No tenía otra opción. Era la convivencia forzada con este misterioso ingeniero o la esclavitud perpetua en Zúrich. Tomé la pluma con los dedos temblorosos, firmé mi nombre en la última línea y le pasé el documento. Óscar lo tomó y, con un trazo nítido y decidido, estampó su firma bajo la identidad de Alexander, sellando el pacto ciego que nos uniría legalmente y dando inicio a la convivencia más tensa y reveladora de nuestras vidas.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️