Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 11
Apuré el paso sin mirar atrás, oyendo cómo los gritos de Caín se iban perdiendo entre el ruido habitual del tránsito. Doblé en la primera esquina y aceleré la marcha hasta que los talones empezaron a dolerme contra el cemento. No quería que me viera quebrarme; no a él, no después de usar mi apellido como un dardo.
Caminé un par de cuadras a ciegas hasta divisar una plaza pequeña, casi escondida detrás de una fila de árboles altos. Me interné entre los senderos hasta encontrar un banco de madera apartado, a la sombra de un jacarandá.
Me dejé caer en el asiento y me abracé las piernas, apoyando la frente sobre las rodillas. El llanto contenido terminó de brotar, silencioso y amargo. Me daba bronca la impunidad de Caín, pero me daba más rabia aún la reacción de mi propio cuerpo: ese temblor en las manos que no lograbas controlar y la impotencia de sentirme vulnerable en una ciudad que todavía me quedaba grande.
Respiré hondo, dejando que el aire fresco del parque me limpiara la garganta. Escuchar «Castellantes» dicho con ese desprecio me había traído de golpe todo lo que intentaba dejar atrás.
Me limpié las lágrimas con la manga de la remera y levanté la vista hacia el cielo entre las ramas. No le iba a dar el gusto de verme derrotada.
Me limpié las lágrimas con la espalda de la mano y dejé salir un último suspiro pesado. La rabia que sentía por la provocación de Caín empezó a transformar el dolor en una terquedad conocida, de esa que siempre me sacaba adelante cuando las cosas se ponían difíciles.
Me puse de pie, acomodé la tira de la mochila sobre el hombro y me ajusté la colita del pelo.
Pasé por una canilla pública cerca de la entrada del parque para lavarme la cara con agua fría. Al mirar mi reflejo mojado en el charco sobre el cemento, me enderecé. Caín quería verme acorralada, escondida o escapando de vuelta a Entre Ríos, pero no le iba a dar el gusto.
Salí de la plaza y volví a la vereda a paso firme. Con cada cuadra que avanzaba hacia el taller, el ruido de la ciudad volvía a ocupar su lugar y la opresión en el pecho se iba apagando. Tenía un trabajo que hacer y mis propios objetivos que cumplir, sin importar los apellidos ni las amenazas de nadie.
Cuando llegué a la puerta de madera del taller, tomé el picaporte con decisión y empujé para entrar.
Me cansé de tocar la puerta; estaba por darme la vuelta para irme cuando Elian salió con un poco de arcilla en la cara y un delantal que lo hacía ver muy bonito.
—Viniste.
Sonrió mientras intentó abrazarme, pero lo aparté suavemente con una sonrisa nerviosa.
—No me gustan los abrazos.
En ningún momento dejó de sonreírme y me abrió más la puerta para que pudiera pasar.
—Ya vas a ver que te van a comenzar a gustar mis abrazos.
Sonreí y miré todo el interior, donde había varios jarrones y cuadros bellamente pintados.
Asombrada, lo miré.
—¿Todo esto lo hiciste vos?
Miró con tristeza los cuadros y sonrió, pero no de la misma manera que antes.
—Los pintó una vieja amiga mía que ahora está de viaje.
Incómoda y con un malestar en el pecho, solamente asentí.
—Me alegra que hayas decidido venir, esto te va a ayudar mucho a despejarte.
Sonrió mientras me hacía señas para que me sentara en un taburete, donde al frente tenía un platillo y arcilla.
Me entregó un delantal. Mientras luchaba para colocármelo, él se acercó por atrás y con esas suaves manos agarró mi cintura y ató el listón.
—Listo.
Sonrojada, titubeé un gracias mientras me acomodaba la coleta.
Comencé a trabajar, pero se me dificultaba mucho y, frustrada, me levanté.
—No me sale, me rindo.
Elian tomó un bloque de arcilla húmeda y lo colocó justo en el centro del torno. Se sentó enfrente mío, acomodó las manos y me hizo una seña para que me acercara un poco más.
—El secreto no es la fuerza, Morgana, es el control —dijo con la voz suave, mientras mojaba sus dedos en un cuenco con agua—. Tenés que sentir la presión justa. Si le das de más, la deformás; si no le das suficiente, no toma forma.
Se acercó un poco y guio mis manos hacia el barro. Al principio sentí el barro frío contra la piel, pero la calidez de las manos de Elian cubriendo las mías lo cambió todo por completo.
—Despacio —murmuró cerca de mi oído, sosteniendo mis muñecas con firmeza para estabilizar el movimiento—. Dejá que el torno gire y acompañalo.
El roce de sus dedos sobre los míos, sumado a la cercanía de su respiración, hizo que el corazón me diera un vuelco. Se generó un silencio distinto en el taller, uno donde el único ruido era el zumbido suave de la rueda girando. Por un segundo me olvidé por completo de la ciudad, de los problemas y hasta del propio Caín.
Levanté la mirada para encontrarme con sus ojos. Elian ya me estaba mirando, muy cerca, con una sonrisa atenta y sincera que hizo que el aire me faltara un instante.
—Ves que sí te sale —susurró, sin apartar la mano de la mía.
Me aclaré la garganta y me alejé, con la garganta seca y mi corazón latiendo como si quisiera salirse.
—No me relaja como me dijiste.
Él soltó una risa, tomó mi jarrón y lo llevó hacia el horno.
—Ya verás que un futuro muy cercano te va a fascinar.
Curiosa como yo sola, vi un retrato donde había dos chicos que reconocí de inmediato:
Eran Elian y Caín, pero lo que me pareció raro es que al lado había un hombre muy parecido a mi abuelo.
Elian se acercó y sonrió.
—Él es mi abuelo.
Sonreí mirando la foto.
—Es parecido a mi abuelito, que en paz descanse.
Miré cómo a Caín se lo veía sonriente.
—De niño Caín era menos agrandado.
Elian miró con nostalgia esa foto.
—A Caín lo cambió mucho la muerte de mi papá. El abuelo dice que es su forma de afrontar el dolor, pero yo digo que es egoísta de su parte menospreciar a otros por su propio dolor.
—Sabés, mi abuelo decía que a los hermanos desunidos se los comen los de afuera.
Sonrió mientras tomaba mi mano.
—Sabés, aunque te conozco hace poco, siento que te conozco de toda una vida; capaz en otra vida fuiste también mi amiga.
La palabra amiga se clavó en mi pecho, pero sonreí mientras me soltaba de esas cómodas manos.
—Me tengo que ir, pero me divertí hoy, gracias.
Me acompañó hasta la puerta y en reiteradas ocasiones me preguntó si quería que me llevara, pero mi orgullo no me permitió decir que sí.
Ya en la calle, caminaba pensando por qué me sentía rara al lado de Elian.
Paré en la mitad de la cuadra y dije en voz alta:
—Me gusta Elian.