Tras los frío ojos del príncipe Jack hay un fuego que intenta controlar, ¿un diario robado y el amor de una joven dama sera suficiente para derribar las murallas del príncipe?
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La Princesa Julieta
Al día siguiente del baile, la tormenta emocional de Jessica no había amainado. Decidida a despejar su mente, se dirigió hacia los invernaderos reales, un santuario de cristal lleno de orquídeas exóticas y fuentes de mármol donde solía cumplir sus deberes acompañando a la princesa Julieta.
Julieta von Valenvoir, de diecisiete años, era la hermana menor de Jack. A diferencia de la frialdad de su hermano, Julieta era un ser de luz: perspicaz, alegre y dotada de una inteligencia observadora que pocos sabían apreciar.
Cuando Jessica entró al invernadero, encontró a Julieta sentada en un banco de hierro forjado, podando delicadamente unos rosales blancos.
—Llegas tarde, Jessica —dijo la princesa sin levantar la cabeza, aunque con una sonrisa afectuosa en los labios.
—Le ruego me disculpe, Princesa Julieta. No me sentía bien esta mañana —respondió Jessica, haciendo una breve reverencia y tomando unas tijeras de jardinería para ayudarla.
Julieta dejó las tijeras sobre la mesa y miró detenidamente a Jessica. Notó las ligeras sombras oscuras bajo sus ojos y la tensión en sus hombros.
—Fue por mi hermano Jack, ¿verdad? —preguntó la princesa con voz suave y directa.
Jessica hizo una pausa, mirando una de las rosas.
—El príncipe Jack tiene una forma bastante efectiva de recordar a los demás cuál es su lugar —admitió Jessica con una leve sonrisa triste—. A veces me pregunto si realmente me aborrece tanto como aparenta.
Julieta dejó escapar una pequeña carcajada, un sonido melodioso que resonó en la estructura de cristal.
—¿Aborrecerte? ¡Oh, Jessica! Realmente no entiendes a mi hermano en absoluto, ¿verdad?
Jessica la miró confundida.
—¿A qué se refiere, Alteza? Desde el primer día me ha tratado con frialdad, ha rechazado cada uno de mis gestos y anoche, en el baile, me dejó clara su postura. Trata a todo el mundo con distancia, pero conmigo parece tener un empeño especial en levantar un muro inaccesible.
Julieta se acomodó en el banco y le hizo una seña a Jessica para que se sentara a su lado. La joven princesa tomó las manos de Jessica entre las suyas con calidez.
—Jack ha crecido en un entorno implacable —explicó Julieta con seriedad—. Desde niño, nuestro padre lo entrenó para ser el escudo militar del reino, mientras que nuestro hermano mayor era preparado para la diplomacia. A Jack le enseñaron que mostrar afecto es un peligro, que las emociones son vulnerabilidades y que cualquier persona que se acerque a él puede tener un motivo oculto o terminar convirtiéndose en un blanco de sus enemigos.
—Eso lo entiendo, Julieta. Sé el peso que lleva —suspiró Jessica—. Pero su dureza es destructiva.
—Jack es duro con todos, es verdad —admitió Julieta, guiñándole un ojo con complicidad—. Pero contigo es diferente. ¿Sabes por qué se esfuerza tanto en alejarte? Porque eres la única persona que no se amedrenta con su mirada. Eres la única que no lo busca por su título. Tu presencia lo perturba, Jessica. Alteras el orden perfecto y frío en el que ha decidido encerrarse.
Jessica sintió que su corazón daba un latido violento.
—¿Usted cree que... él no me odia?
—Estoy segura de que eres lo que más teme en este mundo —afirmó Julieta con una sonrisa misteriosa—. Porque eres la única capaz de derretir su armadura. Y eso lo aterroriza.
Julieta se levantó, ajustándose el talle de su vestido de seda rosa, y miró a Jessica con una expresión de decisión que no solía mostrar con frecuencia.
—Espérame aquí. Hay algo que debo entregarte. Es hora de que dejes de ver al príncipe y comiences a ver al hombre.