Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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13
Amaneció, y Camila recibió la mañana con alegría. Hizo sus cosas con calma, sin que nadie le ladrara órdenes.
Se sentía más motivada que nunca frente al futuro. Estaba preparada para lo que viniera, incluyendo lo que Adrián y su familia fueran a inventar. Estaba convencida de que harían algo inesperado.
Iba camino a la oficina cuando le sonó el teléfono. Miró la pantalla y esbozó una sonrisa al reconocer quién llamaba.
—Hola, Adrián.
—Camila, dime ahora mismo dónde estás viviendo. Si nos lo dices, te perdonamos.
—¿Para qué quieres saber dónde vivo? ¿Para convertirme otra vez en su sirvienta?
—Camila, eres mi esposa. Tu obligación es atender a mi familia.
—Lo siento, pero ya no estoy dispuesta a ser la criada gratis de tu familia. Mi vida vale demasiado para gastarla sirviendo a gente tan ruin como ustedes.
—Camila, mañana Valeria y yo tenemos que ir a trabajar. Dime dónde vives para que nos vayamos para allá.
—Si tú y Valeria quieren ir a trabajar, vayan. A mí qué me importa.
—Camila, necesito el auto para ir a la oficina mañana, y alguien tiene que cuidar a Sofía mientras Valeria trabaja. Dime de una vez dónde estás.
—Sofía no es mi hija. ¿Por qué tendría que cuidarla yo? Yo también trabajo. No soy la niñera de tu hermana.
—Camila, no me hagas perder la paciencia. Puedo hacer que lo pases muy mal si sigues contestándome así.
—Me tiene sin cuidado lo que tú y tu familia hagan. No me molesten más.
Camila colgó. No iba a dejar que Adrián le arruinara el día con una discusión interminable. Su tiempo era demasiado valioso. Ya no era la mujer tonta que ellos creían; Adrián y su familia habían perdido todo poder sobre ella.
Mientras tanto, en la casita apretada y mugrosa, Adrián estaba furioso. Le hervía la sangre porque Camila se había atrevido a desafiarlo, a negarse a revelarles dónde vivía.
—Adrián, ¿qué vamos a hacer? No puedo seguir viviendo en este cuchitril. Sofía se va a enfermar si nos quedamos aquí —dijo Valeria.
—Adrián, hay que actuar. No podemos dejar que Camila nos haga esto. Como sea, tenemos que darle su merecido —doña Teresa no dejaba de atizar a su hijo.
—El problema es que ninguno de nosotros sabe dónde está. Camila se escondió y tenemos que encontrar la forma de hacerla salir —dijo Adrián.
—Tienes razón, Adrián. Tenemos que encontrar la manera de que Camila aparezca. Así sabremos dónde vive. Pero ¿cómo? —preguntó Valeria.
Todos se pusieron a pensar. Necesitaban un plan para obligar a Camila a dar la cara y poder someterla de nuevo.
—Adrián, Camila adora a su familia. ¿Y si los usamos a ellos para obligarla a salir? —sugirió Valeria.
—Pero tú misma escuchaste que Camila no está con sus papás.
—Sí, ya sé que no está allá. Pero si presionamos a su familia, estoy segura de que Camila va a aparecer. No va a dejar que sus papás pasen vergüenza. Podemos aprovechar eso.
—Tu hermana tiene razón, Adrián. Vamos a usar a la familia de Camila para obligarla a salir. Nos presentamos allá y armamos un escándalo frente a todo el pueblo. La dejamos en vergüenza ante sus vecinos. Camila va a salir corriendo a defender a los suyos —apoyó doña Teresa.
—Tienen razón las dos. Vamos a usar a su familia como carnada —dijo Adrián con una sonrisa torcida.
Conocía de sobra a Camila. Sabía que jamás permitiría que humillaran a su familia frente a la gente del pueblo. En cuanto se enterara, saldría a defenderlos.
—Tenemos que prepararnos. Vamos a ir al pueblo de Camila —anunció Adrián.
—¿Y en qué nos vamos? —preguntó Valeria.
—En camión.
—¡En camión, Adrián! Esos van atascados de gente, hace un calor horrible adentro y hay que ir todos apretados —protestó Valeria.
—Ya no tengo dinero para rentar un auto. Todo se fue en las vacaciones. Si tú tienes, pon tú.
—Yo tampoco tengo —respondió Valeria con la cara larga.
Lo cierto era que tanto Valeria como Diego trabajaban. Comían y vivían gratis a costa de Adrián, sin aportar un solo centavo a los gastos de la casa. Pero Valeria siempre juraba que no tenía dinero e incluso le pedía prestado a Adrián.
—Apúrense. Tenemos que tomar el primer camión de la mañana para llegar allá al mediodía —los apuró Adrián.
Sin perder más tiempo, todos se alistaron. Doña Teresa ya iba armando en su cabeza el discurso con el que pensaba destrozar a Camila frente a la gente del pueblo. No estaba dispuesta a dejarla escapar de sus garras.
—Adrián, seguro el camión va a ir incómodo. Mira la fila que hay —dijo Valeria al llegar a la terminal.
—¿Y qué quieres que haga? No tenemos tiempo que perder. Si no encontramos a Camila pronto, nos vamos a quedar viviendo en ese agujero —respondió Adrián mientras subía al camión.
Con cara de derrota, todos fueron detrás de él. Ese día tenían que tragarse el orgullo si querían recuperar a Camila. Sin ella, la vida se les había vuelto un caos.