Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
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Capítulo 9: Citas en la barda
Mantener la actuación en 1° "A" resultó ser más difícil de lo que pensaban, pero la recompensa valía cada segundo de teatro. Durante las semanas siguientes, el aula siguió siendo el mismo escenario gélido para los ojos de los demás. Bruno continuaba con su postura de chico rudo e indiferente en el fondo del salón, y Milena se sentaba a su lado en los recreos, regodeándose en su supuesta victoria mientras le siseaba comentarios ponzoñosos al oído.
Camila, por su parte, se apoyaba en la amistad de Thiago para pasar las horas de clase. Con el chico del centro todo era risas y apuntes compartidos, pero ahora, cada vez que Thiago le hacía un chiste o le acomodaba el cuello de la campera, Camila ya no sentía esa punzada de desolación. De reojo, captaba la sutil señal de Bruno desde la ventana: un imperceptible asentimiento de cabeza, un código secreto que solo ellos dos entendían y que significaba "está todo bien, Cami, seguí jugando".
El verdadero aire libre para ellos empezaba después de las seis de la tarde, lejos del Colegio Comercial.
Un jueves gris, donde el viento de Neuquén soplaba con fuerza y levantaba polvo de las calles de tierra, Bruno le mandó un mensaje de texto cortito: "Te espero arriba, en el tanque de agua de la barda".
Camila esquivó el camino habitual a su casa y encaró la subida hacia la zona alta del barrio, donde las bardas de tierra arcillosa y matorrales secos coronaban la ciudad. El viento ahí arriba pegaba con ganas, despeinándole el pelo y obligándola a subirse el cierre de la campera azul hasta el mentón.
Cuando llegó al viejo tanque de agua abandonado, Bruno ya estaba ahí. Estaba sentado en el borde de un bloque de hormigón, con los hombros hundidos para protegerse del frío y las manos metidas en los bolsillos. Al escuchar los pasos de Camila sobre las piedras de la subida, se dio vuelta y toda la dureza que fingía en el colegio se desintegró en una sonrisa enorme y limpia.
-Pensé que no venías por el viento -dijo, parándose de un salto y caminando hacia ella para taparle el impacto de las ráfagas con su cuerpo alto.
-¿Perderme una cita con el chico más misterioso de primer año? Ni loca -bromeó Camila, tirándose a sus brazos con naturalidad.
Bruno la rodeó con fuerza, hundiéndole la cara en el pelo, respirando el aroma a perfume dulce que ella siempre usaba. Ahí arriba, con la ciudad de Neuquén extendiéndose abajo como un mapa de luces titilantes y techos de chapa, no existía el Comercial, ni las intrigas de Milena, ni los celos por Thiago. Eran solo Bruno y Camila, los de la vereda de siempre, pero unidos por un hilo nuevo y eléctrico.
Se sentaron juntos, espalda contra la pared del tanque para cubrirse del frío. Bruno sacó del bolsillo interno de su campera un paquete de galletitas de agua y un jugo en cajita.
-Es lo que había en la alacena -se disculpó, un poco avergonzado por la falta de producción.
-Es el mejor banquete del mundo -aseguró ella, rompiendo una galletita a la mitad para compartirla-. Che, Brunito... hoy Milena me volvió a preguntar si estaba enganchada con Thiago. No sabés la cara de mosquita muerta que pone. Me da una mezcla de pena y de bronca que no te explicás.
A Bruno se le endurecieron un poco los ojos oscuros al escuchar el nombre de Milena, pero enseguida miró a Camila y le tomó la mano, entrelazando sus dedos ásperos con los de ella, tibios y suaves.
-Dejala que siga jugando a la detective. Cuanto más segura se sienta de que estamos peleados, más fuerte va a ser el golpe cuando la dejemos en evidencia en la fiesta de la Otoñada -dijo Bruno, apretándole los dedos-. Lo único que me jode es que te tengas que bancar sus caretas todos los días.
-Me lo banco porque sé lo que tenemos acá -respondió Camila mirándolo fijo, con una madurez que sorprendía para sus catorce años. Se acercó y le apoyó la cabeza en el hombro-. Además, me encanta esto de vernos a escondidas en la barda. Tiene más adrenalina.
Bruno se rió, un sonido grave que le vibró en el pecho. Le dio un beso tierno en la coronilla y se quedaron así, abrazados en el silencio de la barda mientras el sol se terminaba de esconder, tiñendo el cielo neuquino de un color naranja furioso.
Faltaba poco para la Fiesta de la Otoñada, el momento que habían elegido para desarmar la mentira de Milena frente a todo el curso. Ninguno de los dos imaginaba que la obsesión y la envidia de su "amiga" eran mucho más profundas de lo que un simple secreto de adolescentes podía controlar.