"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 5
El eco de la orden del Rey Lycan seguía vibrando en las paredes del pasillo. “Mírame”. Dos sílabas que pesaban como plomo. Sofía sentía el impulso biológico de obedecer a la voz de mando del Alfa Supremo, una fuerza que la empujaba a levantar la cabeza, pero el pánico a ser descubierta congelaba cada uno de sus músculos. Sus ojos permanecían fijos en el reflejo de las botas de cuero negro de César sobre el suelo mojado. Él dio medio paso más, y el olor a tormenta y roble se volvió tan espeso que Sofía sintió que se ahogaba.
César entrecerró los ojos, intrigado y ligeramente fastidiado por la resistencia de la sirvienta. Volvió a aspirar el aire, buscando descifrar ese aroma oculto a traición y sangre que su olfato de Lycan insistía en registrar.
—¿Eres sorda, muchacha? —siseó Kaelen, dando un paso al frente, molesto por la falta de sumisión ante su rey—. El rey te ha hecho una pregun...
—¡Majestad! ¡Mil disculpas, por favor, pido clemencia por mi nieta!
La voz agitada de Greta irrumpió en el pasillo como un torbellino. La anciana apareció desde el arco de la cocina, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, sosteniendo un paño de cocina entre sus manos temblorosas. Al llegar junto al charco, se dejó caer de rodillas con una agilidad nacida puramente del terror, interponiéndose sutilmente entre el cuerpo de Sofía y la figura imponente del rey.
César detuvo su avance, desviando su mirada gris y gélida hacia la recién llegada. Los guardias reales no bajaron sus armas, pero el Beta dio un paso atrás, reconociendo a la veterana del palacio.
—Greta —pronunció César, con su voz grave resonando con una fría familiaridad—. ¿Esta torpe criatura es tu sangre?
—Sí, mi señor, sí —apresuró a decir Greta, inclinando la cabeza con profundo respeto, mientras estiraba una mano para tocar la espalda de Sofía, fingiendo reprenderla—. Es Elena, la hija de mi difunta hermana de las Tierras Bajas. Llegó apenas ayer. La pobre es... es muda de nacimiento, Majestad. No puede escuchar bien los matices de la voz ni responder a sus órdenes. Además, es una tonta asustadiza; el viaje bajo la tormenta la dejó enferma y débil.
Para desviar la atención del agudo olfato del rey, Greta sacó rápidamente del bolsillo de su delantal un pequeño frasco de ungüento de alcanfor, menta de monte y azufre, un remedio fuerte que solía usarse para limpiar las infecciones de los lobos heridos. Con manos temblorosas, destapó el frasco y comenzó a frotarlo con brusquedad en el cuello y los brazos de Sofía, fingiendo curarle un raspón de la caída.
El olor penetrante y medicinal del alcanfor y el azufre inundó el pasillo al instante, quemando el aire y enmascarando por completo el sutil rastro a sangre e Ivanov que César estaba tratando de rastrear.
El Rey Lycan frunció el ceño con evidente desagrado, dando un imperceptible paso atrás ante el fuerte hedor del ungüento. Miró de reojo a Greta y luego fijó sus ojos en la nuca de Sofía, quien seguía temblando, encogida en el suelo mojado. La explicación de la anciana era lógica, y el ungüento justificaba el olor a "enfermedad y curación", pero el instinto de César, ese que jamás se equivocaba, dejó una pequeña nota de duda guardada en su mente.
—El ala este del palacio no es un refugio para inválidos, Greta —sentenció Kaelen, mirando con desdén el desastre de agua en el suelo—. Si tu nieta no puede cumplir con sus tareas sin causar un alboroto, regresará a las Tierras Bajas antes del anochecer.
—Les aseguro que no volverá a ocurrir, Lord Kaelen —suplicó Greta, con la voz rota—. Yo misma limpiaré esto y me encargaré de que no vuelva a cruzarse en el camino de su Majestad. Se los ruego, es todo lo que me queda.
César Dróvnikov permaneció en silencio unos segundos que parecieron eternos para Sofía. Podía sentir la mirada del monarca sobre ella, como si un lobo invisible le estuviera pasando los colmillos por el cuello, decidiendo si morder o dejar ir. Finalmente, el rey exhaló un suspiro frío.
—Sácala de mi vista, Greta —ordenó César con tono plano y desapasionado—. Y asegúrate de que aprenda a caminar antes de que vuelva a limpiar mis pasillos. No toleraré otra distracción.
—Gracias, mi señor. Que la Luna guíe sus pasos —susurró Greta.
César se dio la vuelta, y con un movimiento de su capa oscura, reanudó su marcha. Kaelen y los guardias lo siguieron de inmediato, sus pasos alejándose lentamente por el corredor de los retratos hasta que el aroma a tormenta y roble desapareció por completo, siendo reemplazado por el denso olor a menta y alcanfor.
Solo cuando el silencio absoluto regresó al pasillo, Greta soltó un suspiro tembloroso y se dejó caer sobre los talones, llevándose una mano al pecho.
—Por los dioses, niña... —susurró la anciana, con el rostro perlado de sudor, mirando a Sofía—. Te dije que no te cruzaras en su camino. Estuviste a un segundo de que te colgara en la plaza principal.
Sofía finalmente levantó la cabeza. Tenía los ojos abiertos por el terror, las mejillas pálidas y el corazón latiéndole en la garganta. Miró hacia el pasillo vacío por donde se había ido el Rey Lycan. El peligro no había pasado; al contrario, acababa de entender que el palacio no era solo un escondite, sino una jaula de oro donde el más mínimo error la entregaría directamente a las garras del verdugo.