Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capitulo 22: El Refugio de los Amantes
Las pesadas puertas de doble hoja de los aposentos reales se cerraron detrás de ellos con un eco sordo, aislando por completo el caos del mundo exterior. Valerius avanzó con paso firme y devorador hacia el centro de la habitación, una cámara imponente dominada por colgaduras de terciopelo espeso y sábanas de seda negra que parecían absorber la escasa luz mística que se filtraba por el ventanal.
Astra se aferró a sus hombros, pero no por debilidad. La fiebre del eclipse, lejos de apagarse tras la huida de Logan, se había encendido de nuevo en la piel de ambos con una violencia indomable. El magnetismo biológico entre el híbrido y la portadora de la Luna Primordial era tan denso, tan abrumador, que el aire mismo de la habitación vibraba con sutiles chispas estáticas. Cada respiración compartida se sentía como fuego puro.
Valerius la depositó sobre la cama de seda con una delicadeza que contrastaba salvajemente con la tormenta de sus ojos carmesí. Sus manos grandes, aún enguantadas en cuero negro, temblaron levemente cuando se apoyaron a ambos lados de la cabeza de Astra, atrapándola bajo su sombra colosal.
—Astra... —su voz descendió una octava, rota por un gruñido primitivo— Si no te dejo ir ahora, no habrá vuelta atrás. Mi naturaleza... mi lobo y mi vampiro te quieren por completo. Tengo miedo de lastimarte.
Él intentaba controlarse. Su devoción protectora lo obligaba a luchar contra sus propios instintos más oscuros, conteniendo la fuerza devastadora que amenazaba con liberarse.
Pero Astra ya no era la Omega sumisa que mendigaba afecto en los rincones fríos de los Colmillos de Plata. Estaba empoderada, transmutada por la energía divina que corría por sus venas, y estaba hambrienta de su toque.
—No te atrevas a alejarte, Valerius —susurró ella, con los ojos de plata brillante fijos en los de él.
Con un movimiento felino y coordinado, Astra se incorporó, sujetó al Rey Hereje por las solapas de su camisa imperial y, con una fuerza sobrenatural nacida del lazo, tiró de él hacia abajo mientras jalaba la prenda de un solo golpe. Los botones de nácar salieron volando, rebotando contra las paredes góticas y dejando al descubierto el torso esculpido y marcado por cicatrices de batalla del híbrido.
Ese gesto desató la tormenta.
Se entregaron el uno al otro en una comunión salvaje y visceral. Ya no había barreras, ya no había dudas. La devoción protectora y posesiva de Valerius se mezcló en perfecta sincronía con la desesperación acumulada de Astra, quien reclamaba el calor y la seguridad que se le habían negado durante años. Cada caricia dejaba un rastro de calor abrasador; cada beso sellaba una promesa implícita de dominio compartido.
De pronto, la habitación se iluminó. Las marcas de nacimiento de ambos —la luna rota en el cuello de Astra y los símbolos oscuros en el pecho de Valerius— comenzaron a brillar al unísono. Pulsos de luz plateada y destellos de sombras líquidas se expandieron por las paredes de terciopelo, danzando al ritmo de sus corazones acelerados, iluminando la penumbra con la firma mística del universo.
Fue una entrega total de cuerpo, alma y magia.
Cuando la tormenta finalmente amansó, un silencio bendito y sagrado se apoderó del espacio. El Lazo de Eclipse se había sellado espiritualmente en lo más profundo de sus seres. Astra exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo la energía errática que antes amenazaba con destrozarla se asentaba por completo, eliminando cualquier rastro residual de dolor físico o espiritual.
Apoyó la cabeza sobre el pecho desnudo y firme de Valerius, escuchando el latido constante de su corazón inmortal. Por primera vez en toda su vida, Astra experimentó lo que significaba la seguridad absoluta. Estaba a salvo. Estaba en casa.
Valerius, con la respiración ya calmada, la rodeó con un brazo de acero mientras, desde su espalda, sus colosales alas de sombra se desplegaban suavemente, envolviendo los cuerpos de ambos en un capullo protector de oscuridad absoluta. Se inclinó para besar la frente de la joven, depositando allí un juramento mudo.
—Mi eternidad es tuya, mi Luna —susurró en la penumbra.
Astra se dejó arrastrar por un sueño profundo, plácido y reparador, protegida por el monstruo más temido del continente.
Sin embargo, la paz en el Castillo de Ceniza siempre era efímera.
Horas más tarde, en la oscuridad más densa que precede al amanecer, los ojos carmesí de Valerius se abrieron de golpe. No hizo ningún movimiento para no despertar a la mujer que descansaba en sus brazos, pero su mirada se clavó fijamente en el suelo.
Allí, las sombras líquidas del suelo comenzaron a retorcerse de forma antinatural. Sus sombras familiares emergieron de las esquinas, condensándose en una figura arrodillada que traía un mensaje psíquico urgente y cargado de pánico por parte de sus generales de confianza:
«Mi señor... la corte de vampiros aristócratas exige ver a la Omega de inmediato. Han convocado un consejo de emergencia. Si ella no se presenta ante el trono al amanecer, la vieja aristocracia asumirá que es solo un juguete humano insignificante... y desafiarán su autoridad real».
Los colmillos de Valerius se extendieron sutilmente en la oscuridad. La tregua había terminado.