dónde estés siempre serás tu
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6
Dos semanas después de aquella tensa conversación sobre el origen de los bebés y la mítica residencia de Dmitriy en el extranjero, me encontraba en mi oficina rodeada de carpetas , códigos penales y una taza de café frío. El silencio se rompió de golpe cuando el teléfono de mi escritorio sonó con una estridencia que me heló la sangre. Al mirar la pantalla y reconocer el número del colegio de mi pequeña, la angustia se apoderó de mí al instante. Mi corazón dio un vuelco salvaje; no era normal que me marcaran a mitad de la mañana, y la mente de una madre es experta en filmar películas de terror en microsegundos.
—¿Bueno? —respondí, intentando mantener la voz firme, aunque el pulso me iba a mil por hora.
—Buenos días, señora Azul —saludó la voz pausada, pero evidentemente nerviosa, de la maestra.
—Buenos días, Miss. ¿Algún problema con Camila? ¿Está todo bien? —solté de golpe, sin espacio para las formalidades.
—Señora, mi llamada es… bueno, requerimos de su presencia de inmediato en la institución. Ha pasado un… altercado con Camila y un compañerito de ella. ¿Podría venir por favor?
—Claro, Miss, en un momento estoy ahí —contesté de inmediato.
Colgué el teléfono con manos temblorosas, tomé mi bolso a toda prisa y salí de la oficina como alma que lleva el diablo, murmurando disculpas a mi asistente. Mientras manejaba hacia el colegio, el pánico me hacía encadenar los peores escenarios posibles. Tal vez habían tenido un accidente grave en el patio, tal vez mi pequeña no se fijó al correr y tropezó con su compañero, o tal vez algún niño abusivo le había pegado a mi frágil princesa . Mil ideas cruzaban por mi cabeza, todas pintando a Camila como la víctima indefensa de una tragedia escolar.
Al llegar al colegio, corrí por los pasillos con el corazón en la boca. La secretaria ni siquiera me hizo firmar el libro de visitas; simplemente me apuntó con el dedo hacia la dirección con una mirada que mezclaba lástima y asombro. Al cruzar el umbral, me encontré con un panorama digno de un drama . Allí estaban la maestra de mi pequeña, la directora del plantel con cara de circunstancias, y una pareja de adultos que gesticulaba de forma exagerada, discutiendo a viva voz. Lo primero que noté, con un vuelco de preocupación, fue que mi pequeña no estaba en la habitación.
—Buenos días… —anuncié, tratando de imponer mi presencia para ocultar los nervios.
—Señora Azul, buenos días —dijo la directora, poniéndose de pie con una sonrisa que denotaba una incomodidad infinita—. Disculpe que la molestemos con tanta urgencia, pero ha pasado… un pequeño incidente.
—No se preocupe por la prisa, directora —respondí, dando un paso al frente—, pero por favor, ¿podría decirme si Camila está bien? ¿Dónde está mi hija?
Antes de que la directora pudiera articular palabra, la mujer de la pareja saltó de su silla como si tuviera un resorte, cruzándose de brazos y clavándome una mirada que pretendía derretirme la retina. Iba enjoyada hasta las cejas y vestía un conjunto deportivo tan impecable que dudaba que alguna vez hubiera pisado un gimnasio.
—¡Su vándala está en perfecto estado físico, señora! ¡A diferencia de mi pobre e indefenso Jaimito! —bramó la mujer, con un tono de voz tan agudo que los vidrios de la dirección vibraron levemente.
Hasta ese momento me enteré de que era la mamá del compañero de mi pequeña. La señora se encontraba sumamente alterada, abanicándose el rostro con una revista escolar mientras su esposo asentía con gravedad detrás de ella, como un guardaespaldas silencioso. Mi instinto de madre protectora saltó de inmediato, recordándome que yo defendía criminales y acusados para ganarme la vida; no iba a dejar que pisotearan a mi hija.
—Señora, le exijo respeto para mi pequeña —le respondí, entornando los ojos y plantándole cara—. No le permito que la llame de esa manera sin estar yo enterada de lo que realmente sucedió.
—¿Respeto? —la mamá de Jaimito soltó una risa sarcástica que sonó como un graznido—. ¡Le exijo respeto yo a usted! ¡Su «terremoto» por poco y deja sin dientes a mi bebé! ¡Mi Jaimito es un ángel, un niño sensible que toma clases de violín, y esa niña lo atacó como si fuera un luchador de la televisión!
Me quedé estupefacta. ¿Camila? ¿Mi dulce niña que gobernaba el mundo con galletas de chocolate? ¿La misma que usaba alas de hada para desayunar? Miré a la maestra, sintiendo que una oleada de calor subía por mi cuello. La vergüenza ajena empezaba a desplazar a la angustia.
—Maestra, por favor, no entiendo absolutamente nada de lo que dice esta señora —dije, tratando de mantener la compostura—. ¿Podría explicarme detalladamente qué fue lo que pasó?
—Claro, señora Azul, mire… —la maestra carraspeó, acomodándose los lentes con evidente incomodidad—. Lo que pasa es que Camila le… bueno, ¿cómo decirlo de forma diplomática? Camila le pegó a Jaimito. Tuvieron una fuerte diferencia de opiniones en el recreo y las cosas escalaron físicamente. Déjeme traigo a los niños de la sala de espera para que usted misma vea mejor la situación.
La maestra salió de la oficina y durante esos minutos el silencio en la dirección fue sepulcral, interrumpido únicamente por los bufidos indignados de la mamá de Jaimito, que no dejaba de murmurar cosas sobre «la falta de valores familiares» y «la violencia escolar». Yo me moría de la pena; quería que la tierra me tragara entera, que el piso de la dirección se abriera y me depositara mágicamente de regreso en mi oficina, o mejor aún, en el tráfico de la ciudad.
Cinco minutos después, la puerta se abrió. La Miss entró primero, seguida por los dos involucrados. En cuanto los vi aparecer, deseé tener una cámara de fotos, pero al mismo tiempo sentí que la vergüenza alcanzaba niveles cósmicos.
Entró Jaimito, un niño que le doblaba el tamaño a mi hija, luciendo un tremendo ojo morado que abarcaba la mitad de su cara. El hematoma era tan espectacular y digno de un combate de boxeo profesional que resultaba increíble pensar que lo había causado una criatura de cinco años. Venía sollozando dramáticamente, aferrado a la falda de la maestra. Detrás de él, marchaba Camila. Mi pequeña venía con la cabeza agachada, arrastrando los pies, pero con una expresión de orgullo mal disimulado en el rostro.Tenía una mancha de tierra justo en el centro de la mejill, como la armadura de un guerrero que regresa de una dura pero victoriosa batalla campal.
—¡Miren eso! ¡Miren el rostro de mi artista! —gritó la mamá de Jaimito, dramatizando la escena al llevarse las manos a la cabeza—. ¡Esto es una agresión agravada! ¡Exijo la expulsión inmediata de esa niña! ¡Mírala, ni siquiera se ve arrepentida!
Yo miré a Camila y luego al colosal ojo morado de Jaimito. El contraste era tan ridículo que tuve que morderse el interior de las mejillas para no soltar una carcajada inapropiada en medio de mi profunda humillación. Mi pequeña princesa de ojos azules resultó tener el gancho izquierdo de un campeón de peso completo ruso. El tino de Dmitriy no solo se había manifestado en los genes de los ojos de la niña, sino aparentemente, también en la fuerza de sus puños.