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Vínculo En La Tormenta

Vínculo En La Tormenta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Omegaverse
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años | Omegaverse

Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.

Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.

Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.

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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 16: LA LUZ EN LA CIMA

El eco lejano de los motores se había perdido por completo entre los árboles hacía ya varias horas, pero la sensación de haber estado al borde del descubrimiento no se nos fue del pecho en todo el resto de la noche ni cuando por fin el sol empezó a clarear por encima de las copas más altas del bosque. Nos quedamos despiertos los tres casi hasta el amanecer, sin hablar casi nada, solo apretados unos contra otros frente a las brasas rojas y sin llama de la chimenea, escuchando cada crujido, cada soplo de viento, cada cambio de sonido a nuestro alrededor, como si de repente todos los ruidos naturales del lugar se hubieran convertido en posibles señales de que volvían. Dante no durmió ni un minuto: se quedó sentado en el escalón de madera de la entrada con el hacha pequeña apoyada entre las piernas y la mirada fija en la dirección del camino, alerta por completo, solo entrando de vez en cuando para tocarme la frente, pasarme una mano por el vientre y asegurarse de que Mia seguía respirando tranquila mientras descansaba medio recostada sobre mis piernas.

Cuando la luz grisácea del alba se volvió ya lo suficientemente clara para distinguir formas entre la vegetación, se puso de pie de un solo movimiento, estiró los hombros con un crujido suave de los huesos y volvió a entrar cerrando bien la puerta detrás de sí. Se acercó despacio hasta donde yo seguía sentado en el banco ancho frente al fuego casi apagado, se arrodilló en el suelo de tierra y madera y me tomó el rostro entre ambas manos grandes, todavía un poco frías por haber estado expuestas al aire de la madrugada. Tenía ojeras marcadas bajo los ojos negros, el cabello negro más desordenado que de costumbre y una expresión de cansancio profundo mezclado con una determinación de acero que no se le había borrado ni un instante desde que oyó el primer ruido de motores el día anterior.

—Todavía faltan cuatro meses —me dijo muy bajito, con la voz ronca por haber hablado tan poco y haber pasado tantas horas en silencio—. Cuatro meses exactos antes de que nazca. Y te prometo por todo lo que somos que, pase lo que pase afuera, dentro de estas paredes vas a tener toda la calma, todo el descanso y toda la seguridad que tu cuerpo y el bebé necesitan. Ayer me equivoqué al creer que este lugar era absolutamente invisible para todo el mundo, y esa culpa solo es mía. Pero desde hoy nada se nos escapa. Nadie se acerca ni un metro más sin que yo lo sepa con tiempo de sobra.

Le pasé los dedos por debajo de los ojos, borrando con mucha suavidad la marca del cansancio, y asentí sin poder hablar todavía del todo, con la garganta todavía seca y apretada por el miedo contenido de tantas horas seguidas. Sabía que no tenía la culpa de nada, que nadie podía estar cien por cien a salvo de la mano de su madre, pero también entendí perfectamente que para él cualquier riesgo que corriéramos se convertía automáticamente en una carga que se echaba encima solo sin querer compartirla con nadie.

Mia se removió despacio a mi lado, frotándose los ojos con los puños y bostezando muy quedito, y al abrir del todo la mirada lo primero que hizo fue buscarme con la mano y luego a él, como si necesitara confirmar con el tacto que seguíamos los tres allí juntos y que lo de los vehículos no hubiera sido más que un mal sueño largo. Era mi hermana menor, solo ocho años, delgada, de piel extremadamente pálida y corazón frágil desde el nacimiento, y sin embargo en ese momento, al sentarse y enderezar la espalda lo mejor que pudo, se le notó una madurez en la mirada que no correspondía a su edad. Preguntó muy quedita si ya se habían ido del todo, si podíamos abrir un poco la ventana para que entrara aire fresco y si teníamos que irnos corriendo otra vez a otro sitio en la oscuridad.

Dante se acercó a ella de inmediato, se agachó a su altura y le pasó el dorso de los dedos muy suave por la mejilla, con la misma ternura infinita que siempre tenía al tocarla o hablarle. Le explicó con palabras sencillas, sin mentirle pero sin asustarla más de la cuenta, que por el momento se habían alejado, que no sabía todavía si volverían o cuándo lo harían, que por eso mismo no nos iríamos de allí bajo ningún concepto, porque esta era ya nuestra casa y huir una y otra vez solo nos desgastaría a todos, especialmente a ella y al bebé, pero que a partir de ese momento todo el alrededor de la cabaña quedaría vigilado y protegido de forma que, si alguien volvía a acercarse, lo sabríamos muchísimo antes de que estuvieran lo bastante cerca para vernos o para hacer daño. Le prometió también que, en cuanto el sol estuviera bien alto y el aire estuviera más tibio, saldríamos los tres muy poquito rato al claro delantero, solo unos pasos, para que ella pudiera estirar las piernas sin correr ni hacer esfuerzo que pudiera lastimarle el pecho.

Pasamos toda la mañana y buena parte de la tarde trabajando sin prisa pero sin detenernos casi nunca, cada uno en lo que podía hacer sin sobrepasar sus límites. Dante salió primero solo con una bolsa de cuero al hombro, un rollo de cuerda delgada pero muy resistente, unas cuantas ramas largas y flexibles y un cuchillo pequeño de hoja afilada que guardaba siempre en una de las bolsas internas de su chaqueta. Explicó antes de irse que no pondría nada que pudiera lastimar a nadie, ni trampas de caza ni nada cortante ni peligroso, solo cuerdas atadas a ramas secas y hojas que crujen mucho, colocadas en círculo a unos cien metros de distancia por todos los lados, de forma que cualquier persona o animal grande que pasara por encima o al lado movería la cuerda, haría sonar las ramas y levantaría ruido suficiente para que se oyera con claridad hasta el interior de la cabaña, además de marcas muy finas y casi invisibles en la corteza de los árboles que solo él sabría reconocer, para saber si alguien había tocado o cruzado la línea de seguridad.

Mientras él anduvo fuera recorriendo todo el perímetro, yo me quedé dentro sentado en el banco más cómodo, con una almohada gruesa bien puesta detrás de la espalda baja para aliviarme el dolor sordo que ya no me abandonaba casi nunca, y me dediqué a ordenar con calma todo lo que habíamos traído en las maletas: doblé la ropa por tallas y por uso, organicé los medicamentos de Mia en una cajita de madera pequeña con tapa, separé la comida seca y en conserva contando cuánto nos duraría si tuviéramos que estar encerrados varios días seguidos sin poder salir ni un instante, y pasé en limpio en el cuaderno del embarazo todo lo que había sentido y notado los últimos días, las horas en que el pequeño se movía más fuerte, las veces que me dolió más la espalda y las contracciones leves e indoloras que me habían dado la tarde anterior por el susto y la tensión acumulada. Me llevaba a menudo la mano a la curva redonda, firme y pesada de mi vientre, y cada vez que lo hacía sentía por dentro algún movimiento suave, como si él también supiera que estábamos alerta y quisiera decirme con sus pataditas que todo andaba bien por dentro. Todavía faltaban cuatro meses completos para la fecha que el médico nos había dado en el pueblo, y sin embargo cada mañana al despertar tenía la certeza física de que crecía un poquito más cada día, tomando más fuerza y más espacio dentro de mí.

Mia estuvo a mi lado casi todo el tiempo, sentada en el suelo sobre una manta doblada varias veces para que no le dolieran los huesos contra la tierra dura, con su caja de lápices de colores abierta delante y hojas en blanco que sacó de su bolso. Volvió a dibujar sin parar, pero ya no solo la familia de cuatro figuras tomadas de la mano bajo el sol: ahora también dibujaba árboles muy altos y juntos formando un círculo cerrado alrededor de la cabaña pequeña, líneas finas que representaban las cuerdas de aviso que Dante estaba colocando, y en lo más alto de todo, encima de las nubes, un sol enorme que brillaba con fuerza sobre todo lo demás. De vez en cuando dejaba el lápiz, se acercaba despacio hasta donde yo estaba y apoyaba muy suavemente la oreja contra la tela de mi camisa, justo en el centro de la barriga, y se quedaba allí inmóvil y callada varios segundos, sonriendo para sí misma cada vez que el bebé se movía fuerte justo debajo de su oreja. Me dijo muy bajito una vez, casi al oído, que aunque tenía miedo de que volvieran los hombres con los coches ruidosos, ya no le daba tanto miedo como antes, porque sabía que Dante lo vigilaría todo y que nosotros nunca la dejaríamos sola pase lo que pase.

Hacia el mediodía él volvió por unos minutos para beber agua, comió un trozo de pan y un poco de fruta de pie junto a la puerta sin siquiera sentarse a descansar, y me contó mientras se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano que ya había recorrido todo el contorno dos veces, que todo estaba colocado y marcado perfectamente, que desde ese momento cualquier paso extraño en cualquier dirección nos avisaría con sobrada antelación, y que además había cortado y colgado ramas de pino muy frondosas y pesadas por delante del sendero de entrada, de forma que desde el camino principal, incluso si alguien se acercaba mucho, solo vería árboles y maleza cerrada, sin rastro de techo, ni humo, ni paredes de madera que delataran que allí había alguien viviendo. Me miró entonces directo a los ojos y me aseguró, con la voz firme y grave de alfa que solo usaba cuando hablaba de protección y de promesas que cumpliría con la vida misma si fuera necesario, que por muy poderosa, rica o lista que fuera su madre, por muy mucha gente que pusiera a caminar por todos los bosques del norte, ella no tenía ni la mitad de paciencia, ni la mitad de conocimiento del terreno, ni la mitad de motivos para quedarse allí esperando y buscando durante el tiempo que fuera necesario, mientras que nosotros teníamos todo el tiempo del mundo y todo lo que realmente importaba dentro de esas cuatro paredes.

Por la tarde, cuando el sol ya bajaba un poco y su luz se volvía más dorada y suave, cumplió lo prometido: abrió la puerta del todo, revisó una vez más hacia los cuatro puntos cardinales que todo estuviera en silencio y en calma, y nos dejó salir muy poquito, solo hasta la zona del claro pequeño que había justo enfrente, sin alejarnos ni diez pasos de la entrada. El aire estaba fresco, limpio y cargado de olor a resina, tierra húmeda y flores silvestres pequeñas de color blanco y lila que crecían entre las piedras y la hojarasca seca. Mia caminó muy despacio de un lado a otro dentro del espacio que le marcamos, respirando hondo y despacio para no cansar su corazón débil, y recogió tres piñas pequeñas y una piedra lisa y redonda que le parecieron bonitas para guardarlas dentro de la cabaña como si fueran tesoros. Yo me quedé de pie apoyado todo el peso del cuerpo contra el hombro fuerte y ancho de Dante, con su brazo firme rodeándome la cintura por detrás y su mano puesta siempre con delicadeza sobre la parte más abultada de mi embarazo, sin decir nada, solo respirando el mismo aire que yo y mirando hacia la línea oscura e imponente de árboles que nos cerraba el horizonte por todos lados.

Cuando el sol se ocultó por completo detrás de la sierra que se veía muy lejana entre las ramas, y los colores del cielo pasaron del naranja intenso al violeta oscuro y después al negro azulado profundo de la noche, volvimos a entrar y corrimos el grueso travesaño de madera por dentro para cerrar bien la puerta. Encendimos de nuevo el fuego, pero esta vez solo lo suficiente para tener brasas calientes y un poco de luz, sin llamas altas que pudieran reflejarse lejos o que hicieran subir mucho humo visible por encima de las copas de los árboles. Cenamos muy poco y en silencio, solo lo necesario para no tener el estómago vacío, y después nos acomodamos los tres muy juntos en el banco ancho frente al hogar, tal como habíamos hecho la noche anterior.

Llevábamos así quizás una hora, sin hablar, solo escuchando el crujir suave de la madera quemándose y los ruidos normales del bosque en la oscuridad, cuando de pronto Dante se tensó por completo de golpe a mi lado. Todo su cuerpo se puso rígido como una estatua de piedra, su aroma natural se volvió de inmediato más denso, fuerte y alerta, y levantó una mano en el aire muy lentamente pidiendo silencio absoluto sin pronunciar ni una sola palabra. Me quedé inmóvil con el corazón latiéndome muy fuerte y rápido contra las costillas, Mia apretó fuerte mi mano entre las dos suyas pequeñas y frías, y los tres levantamos la mirada al mismo tiempo hacia el único trozo de cielo que se alcanzaba a ver por la ventana alta que daba hacia la montaña más alta que quedaba al norte.

Allí, muy arriba, en la cima despejada que antes siempre había estado totalmente oscura y vacía noche tras noche, brillaba ahora con fuerza y sin parpadear una luz blanca y fija, grande y muy clara, que no se movía ni un centímetro de lugar. No era estrella, no era luna, no era reflejo de nada natural: era una luz puesta allí por mano humana, encendida a propósito y en el punto exacto desde el cual se domina y se ve absolutamente todo el valle, todos los caminos, todos los claros y todas las formas que hay entre los árboles, incluso si están muy escondidos.

Dante bajó la mirada muy despacio desde la ventana hasta nosotros, y en sus ojos negros se leyó de inmediato lo que ninguno de los tres quería decir en voz alta. No se habían ido del todo como creímos al principio. Solo se habían retirado lo justo para no ser vistos ni oídos, habían subido al lugar más alto y estratégico de toda la zona, y desde allí, desde aquella luz que ardía inmóvil en la oscuridad, nos estaban vigilando ya sin prisa, sin ruido y sin descanso, esperando solo el momento, el error o el descuido mínimo que les diera la razón exacta de nuestra posición. Se acercó más a nosotros, nos rodeó a Mia y a mí con sus dos brazos grandes y fuertes apretándonos con mucha suavidad pero con toda la fuerza de protección que llevaba dentro, y apoyó la barbilla en lo alto de mi cabeza sin apartar la mirada ni un instante de ese punto brillante allá arriba en la montaña.

—Están ahí —susurró tan bajito que casi se lo tragó el sonido del fuego—. Nos tienen a la vista. Pero solo pueden mirar. Mientras se queden allá arriba y no bajen, no pueden hacer absolutamente nada. Y si bajan… ya saben dónde nos espera la defensa. Cuatro meses —repitió por enésima vez, como si cada vez que lo decía lo volviera más real y más fuerte—. Solo cuatro meses. Aguantaremos lo que haga falta. Juntos.

La luz siguió encendida, fija y blanca, durante toda la noche larga, sin apagarse ni una sola vez, y supimos desde ese momento que la verdadera prueba de resistencia, de paciencia y de amor acababa de empezar de verdad para los tres.

FIN DEL CAPÍTULO 16

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Teresa Castillo
creo que ya son muchos capítulos de lo mismo no avanza el tiempo siempre dicen que faltan 4 meses completos y se supone que llevan varios días ahí ojalá y avance luego
nezhan: Hola Teresa! Gracias de verdad por tomarte el tiempo de escribir esto, me ayuda mucho a mejorar ❤️
Tienes completamente la razón: en esa parte de la historia el tiempo se siente estancado, porque necesitaba cerrar todos los cabos y subir la tensión antes de que estalle todo.
Pero te adelanto que ya viene el cambio GRANDE: en muy pocos capítulos pasan de "faltan 4 meses" a la batalla final, el nacimiento de los tres bebés y un salto de tiempo de un año entero.
Sigue un poquito más, que lo mejor está por llegar! 😊
total 1 replies
Teresa Castillo
maldita vieja no merece perdón 😡😡
Teresa Castillo
maldita bruja porque no deja ser feliz. a su hijo que se quede con todo su dinero que es lo que más le importa 😡
Teresa Castillo
que alguien los ayude no merecen ese sufrimiento
Teresa Castillo
maldita vieja porque no los deja tranquilos 😡😡
Teresa Castillo
que esa vieja los deje tranquilos no merecen sufrir siempre huyendo
Teresa Castillo
😡😡😡
Teresa Castillo
vieja desgraciada merece quedar sola por idiota
Teresa Castillo
nooo😡😡😡
Teresa Castillo
me encanta historia Dante es un amor con su Omega merecen toda la felicidad del mundo 🥰🥰🥰
Teresa Castillo
lloré de emoción Dante es tan tierno 🥰🥰
Teresa Castillo
espero todo sea felicidad de aquí en adelante 👏🥰
Teresa Castillo
ay me encanta Dante es tan tierno con el chico👏👏👏
Teresa Castillo
que hermoso 🥰🥰
Teresa Castillo
🥰🥰🥰
Teresa Castillo
por fin el reencuentro 🥰🥰
Teresa Castillo
que lo encuentren luego y su vida pueda ser feliz 🥰🥰
Teresa Castillo
me encanta la historia 👏👏
Teresa Castillo
comenzando está historia espero sea buena 🥰
Oly-chan
Me gusta 💖
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