Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Capítulo 1: Las veredas de siempre

Antes de los silencios cargados, de las miradas de reojo y de los nudos asfixiantes en el pecho, solo existían las veredas del barrio, una pelota de lona gastada y las tardes interminables bajo la sombra de los álamos. Bruno, Camila y Milena se habían criado bajo las mismas reglas invisibles de las calles de Neuquén, en una época donde el mundo se reducía a la manzana de sus casas y la felicidad se medía en cuántas cuadras los dejaban alejarse antes de que se ocultara el sol. Se conocían de memoria, desde que tenían la edad suficiente para salir a la vereda sin la mano de sus mamás. Compartían un historial de rodillas raspadas en la plaza del barrio, secretos enterrados en botellas de plástico abajo de la tierra y tardes enteras tomando jugo congelado sentados en el cordón de la vereda. Habían sido una cofradía inquebrantable de tres niños que juraban, con la inocencia de la infancia, que nada en el universo iba a cambiar el pacto de estar siempre juntos. Pero el tiempo es un enemigo silencioso, y los cuerpos y las mentes crecen, deformando los juegos de chicos en algo mucho más complejo y peligroso.

Las tardes de febrero en el barrio siempre tenían el mismo olor característico: a pasto recién cortado que se secaba rápido por el sol, a asfalto caliente que derretía las suelas de las zapatillas y a esa última e intensa sensación de libertad absoluta antes de que las rigideces de las camperas de la escuela secundaria cambiaran las reglas de todo para siempre. El verano se estaba despidiendo, dejando una tibieza nostálgica en el aire que pesaba en los hombros de los tres adolescentes de catorce años.

Camila iba caminando marcha atrás por la vereda rota, desafiando el equilibrio con una soltura natural y esquivando los pozos y las baldosas flojas de memoria, mientras se reía a carcajadas de cualquier pavada. El sol dorado de la última hora de la tarde le daba directo en la cara, recortando su silueta menuda y haciéndola brillar ante los ojos del mundo. Camila tenía esa energía desbordante, vital y magnética que contagiaba a cualquiera sin el menor esfuerzo; era un imán andante. Donde Camila estaba presente, de inmediato había ruido, risas, música y una inyección de vida que borraba la monotonía del barrio.

—Te vas a pegar un golpe espectacular contra el suelo, Cami —advirtió Bruno, que caminaba un paso exacto más atrás, atento, con las manos metidas bien en el fondo de los bolsillos de su campera gris de gimnasia que le quedaba un poco grande.

Bruno era el opuesto absoluto de esa luz caminante. Era un chico callado, llamativamente alto para su edad, con una espalda ancha que ya empezaba a marcarse y esa postura distante de "chico malo" o indiferente que, en realidad, no era más que un escudo tosco para proteger lo mucho que le costaba hablar de lo que verdaderamente sentía acá adentro. Pero cuando miraba a Camila, todo ese sistema de defensa fallaba; sus ojos verdes pardos se ablandaban por completo, perdiendo la seriedad. Llevaba años mirándola así, cuidándole las espaldas en secreto, desde que compartían los hamacazos en la plaza y él se paraba detrás para que no se cayera. Cada vez que ella se giraba y le sonreía con esa boca grande y contagiosa, a Bruno se le hacía un nudo ciego en el pecho que no sabía cómo explicar, una corriente caliente que le aceleraba las pulsaciones y lo dejaba sin palabras.

—¡Ay, por favor, Brunito! Si me llego a caer, sé perfectamente que vos vas a estar ahí atrás para atajarme —retrucó Camila con total seguridad, tirándole un guiño rápido de ojo que hizo que a Bruno se le subiera el color rojo a las mejillas de golpe.

Él solo desvió la mirada hacia las rejas de las casas, haciéndose el desentendido y apretando los dientes, aunque el corazón le iba a mil revoluciones por minuto dentro del pecho por la confianza ciega que ella le profesaba.

Unos pasos más atrás, Milena caminaba en silencio, observando absolutamente toda la secuencia con ojos oscuros, profundos y calculadores. Llevaba el pelo negro azabache cortado en un carré impecable y una sonrisa perfecta, simétrica, de esas que se dibujan con cuidado pero que jamás llegan a transmitir calidez en los ojos. Ella también se había criado en ese mismo barrio, también había pisado los mismos charcos y había ido al mismo colegio de primaria, pero sus planes internos eran completamente distintos. Milena miraba la espalda ancha de Bruno con una fijeza casi dolorosa, una mezcla de obsesión y posesión. Sabía perfectamente leer el lenguaje corporal de Bruno, sabía cómo cambiaba su postura cuando Camila estaba cerca y sabía cómo él miraba a Camila. Lo odiaba con todas sus fuerzas. Le carcomía las entrañas sentirse la tercera en discordia de una historia ajena. Pero se tragaba el veneno en silencio, acomodaba su postura rígida de superioridad y ponía su mejor voz de mejor amiga incondicional.

—Dejala, Bruno —intervino Milena, apurando el paso con elegancia para ponerse justo al lado de él y rozarle el brazo con el suyo "sin querer", buscando marcar una cercanía física—. Cami siempre quiere ser el centro de atención de todo el mundo. Si se cae por andar haciendo payasadas, que se caiga sola, a ver si así aprende.

Camila se frenó en seco sobre sus zapatillas gastadas de lona y les hizo una mueca divertida, arrugando la nariz con pecas y restándole total importancia al comentario ácido de su amiga.

—Falta apenas una semana para empezar primer año en el Colegio Comercial —dijo Camila, y sus ojos color miel brillaron con un entusiasmo genuino que parecía ganarle al calor de la tarde—. Dicen que viene un montón de gente nueva de otros barrios de Neuquén, de la zona del centro y del bajo. ¡Vamos a conocer amigos nuevos, chicos! ¿A ustedes no les da intriga saber con quién nos va a tocar ir al banco?

—A mí me da exactamente igual —murmuró Bruno con la voz tosca, clavando los ojos en sus zapatillas, aunque la sola idea de que el mundo cerrado de Camila se agrandara y entraran extraños le generaba una puntada de celos anticipada que le revolvía el estómago. Para él, el mundo ideal y seguro era así como estaba ahora: ellos tres, las veredas del barrio de toda la vida y ella bien cerca, donde él pudiera protegerla.

Milena miró de reojo la reacción de Bruno, notando con precisión quirúrgica cómo se le había tensado la línea de la mandíbula al escuchar a Camila hablar con tanta ilusión de "gente nueva". Una chispa de malicia pura y fría se encendió en su mente calculadora, encontrando la fisura perfecta para clavar el cuchillo.

—A mí me encanta la idea, la verdad —dijo Milena, sonriendo con una inocencia impostada que chorreaba falsedad—. Quién sabe, Cami... capaz que en primer año finalmente encontrás a alguien del centro que te mueva el piso de verdad. Ya es hora de que dejes los juegos de chicos y tengas un novio de verdad, con todas las letras, ¿no creés?

Bruno clavó la mirada con furia en el piso de cemento, apretando los puños hasta dejarse los nudillos blancos dentro de los bolsillos de la campera. Camila, por primera vez en toda la tarde, se quedó completamente callada; la risa se le borró de la cara y miró fijamente a Bruno a los ojos, buscando una reacción, un freno o una palabra celosa que el chico se esmeró al máximo por ocultar tras su impenetrable máscara de indiferencia.

El secundario estaba a la vuelta de la esquina, el verano se terminaba, y las reglas del juego de la infancia estaban a punto de cambiar para siempre en las aulas del Comercial. Y ya no habría red de contención para nadie.

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