NovelToon NovelToon
El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: La puerta que se cierra

El ascensor subió con una lentitud que parecía estirar cada segundo, pero Yoselin no se mordía las uñas ni daba vueltas a los anillos de plata que ella misma había diseñado. Se enderezó la falda de su traje, ajustó el cuello de la blusa y respiró hondo. Llevaba meses preparando esta oportunidad: su carpeta estaba llena de bocetos de vestidos, abrigos y piezas de joyería que mezclaban metales cálidos con piedras que parecían capturar la luz. Sabía que su trabajo valía la pena, y no iba a fingir ser alguien que no era para gustarle a nadie.

Las puertas se abrieron y apareció la recepción del último piso. Todo era blanco, gris y negro; los muebles parecían tallados en un solo bloque de mármol, y en el aire flotaba un silencio tan denso que casi se podía tocar. Una mujer de cabello recogido en una línea perfecta la miró por encima de las gafas.

—Yoselin Romero para la entrevista con el señor Alejandro —dijo ella con voz clara, sin vacilar.

—El señor Alejandro Varela la recibirá ahora —respondió la secretaria, señalando una puerta doble de madera oscura—. Recuerde: no se alargue, no interrumpa y mantenga sus respuestas breves.

Yoselin asintió, aunque pensó que si tenía que mostrar su trabajo, no podía hacerlo en dos frases. Cruzó la habitación y empujó las puertas.

El despacho era aún más imponente que el pasillo. Grandes ventanales daban sobre toda la ciudad, y la luz del sol caía sobre un escritorio de caoba enorme. Detrás de él, sentado en una silla de cuero negro, estaba Alejandro Varela.

No levantó la vista del documento que tenía en las manos. No saludó. Ni siquiera dio una señal de haberla escuchado entrar.

Yoselin se detuvo a unos pasos del escritorio y esperó unos segundos. Al ver que nada cambiaba, habló:

—Buenos días, señor Varela. Gracias por recibirme. Soy Yoselin Romero.

Él pasó una página con un movimiento seco y lento.

—Tardó tres segundos de más en entrar —dijo sin levantar la mirada—. Y su carpeta está ligeramente inclinada. La falta de orden en los detalles revela desorden en el pensamiento.

Ella parpadeó. No esperaba empezar así, pero no iba a dejar que la intimidara.

—La carpeta está bien, señor Varela. Solo la sostengo con una mano porque con la otra necesito estar lista para mostrarle lo que hay dentro. El orden no está en cómo la llevo, sino en el trabajo que guardo aquí.

Por fin él alzó la cabeza. Sus ojos eran oscuros, casi negros, y la miró como si estuviera examinando un objeto defectuoso. Su rostro era atractivo, pero rígido, como si nunca hubiera sonreído de verdad. Los hombros anchos, la postura perfecta, todo en él gritaba autoridad y distancia.

—Así que es usted de las que discuten antes de demostrar nada —dijo, apoyando los codos en el borde del escritorio—. Tengo una agenda llena. Dígame qué tiene y por qué debería importarme.

—Diseño ropa y joyas —respondió Yoselin, acercándose un poco y dejando la carpeta sobre la mesa sin temblar—. Trabajo con texturas que otras marcas ignoran, con piedras que no se consideran lujosas pero que tienen una belleza única. Quiero ofrecerle algo diferente a lo que su empresa ya hace. No más lo mismo de siempre.

Alejandro abrió la carpeta con desdén. Pasó las hojas de prisa, deteniéndose apenas un instante en cada dibujo. No hizo ningún comentario positivo, ni siquiera una pregunta sobre los materiales.

—Esto es demasiado... informal —dijo al cerrar la carpeta de golpe—. Las líneas son arriesgadas, los colores no combinan con la imagen que proyectamos. No veo elegancia, veo rebeldía. Y en esta casa de moda, la rebeldía no se paga.

—No es rebeldía, es personalidad —replicó ella, sin dar un paso atrás—. Usted dice que busca innovación, pero todo lo que hace su empresa es igual desde hace cinco años. Si no cambia, la gente se aburrirá. Mis diseños no son raros, son honestos. Y la honestidad llama la atención.

Alejandro la miró fijamente, y por un momento pareció sorprendido de que alguien le contestara así. Pero esa sorpresa se convirtió en algo más frío.

—¿Cree que sabe lo que quieren mis clientes mejor que yo? —preguntó con voz baja—. Llevo más de una década construyendo esta marca. Sé exactamente qué funciona y qué no. Y esto —señaló la carpeta— no funciona.

—Tal vez no funcione para lo que usted conoce —insistió Yoselin—, pero funciona para quienes buscan algo que les cuente una historia. Cada una de estas piezas tiene un porqué. No es solo tela y metal.

—La gente paga por estatus, no por historias —cortó él—. Yoselin, ¿verdad? Le voy a hablar claro, como hago con todo el mundo: no confío en quien llega hablando mucho y demostrando poco. No tengo tiempo para apuestas arriesgadas ni para ideas que no encajan.

—¿Y cómo voy a encajar si no me da la oportunidad de explicarme? —preguntó ella, sintiendo cómo la frustración crecía, pero manteniendo la calma—. Solo ha mirado los dibujos. No ha visto las muestras de tela, no ha tocado los prototipos de joyas.

—No necesito ver más —dijo Alejandro, apartando la carpeta hacia un lado como si fuera un objeto sin valor—. Mi respuesta es no. No tengo lugar para usted en mi equipo.

El silencio volvió a llenar el despacho, más pesado que antes. Yoselin sintió un nudo en el estómago, pero no se tragó sus palabras ni bajó la cabeza. Había venido para luchar por su oportunidad, y no se iría sin decir lo que pensaba.

—Entiendo que sea exigente —dijo con voz firme—, pero ser exigente no significa cerrarse a todo lo que no se parece a usted. Es muy fácil quedarse en lo seguro, señor Varela. Lo difícil es atreverse a ver más allá de su propio escritorio.

Alejandro se puso de pie. Era mucho más alto de cerca, y su presencia parecía llenar todo el espacio. Dio un paso hacia ella, y su mirada se volvió intensa, casi penetrante, como si quisiera desarmarla con los ojos.

—Cuidado con lo que dice —advirtió, y había algo en su tono que no era solo enojo—. Yo no me quedo en lo seguro, me quedo en lo que controlo. Y no puedo controlar a quien no sigue las reglas.

—Las reglas no sirven si impiden crecer —respondió ella sin apartar la mirada—. No vine para obedecer ciegamente, vine para aportar algo nuevo. Si eso no es lo que busca, entonces tal vez tenga razón: no pertenezco aquí.

Recogió su carpeta con cuidado, sin dejar que él viera cuánto le dolía el rechazo. Ya en la puerta, se detuvo un segundo.

—No se preocupe, señor Varela —dijo suavemente—. Seguiré buscando. Y algún día verá mis diseños en todas partes. Entonces quizás se pregunte si no debió darme esa oportunidad.

Salió del despacho y cerró la puerta tras de sí. El corazón le latía muy fuerte, pero no lloró. Caminó por el pasillo, cruzó la recepción y entró en el ascensor.

Mientras tanto, dentro del despacho, Alejandro Varela se quedó inmóvil junto al escritorio. Había rechazado su trabajo, había cerrado la puerta en su cara, pero no podía dejar de pensar en ella. En cómo no se había acobardado, en la claridad de sus ojos, en la forma en que hablaba de sus diseños como si fueran algo vivo.

Se acercó a la mesa y tomó la carpeta que había apartado. La abrió de nuevo, despacio, mirando ahora con más atención los bocetos, las notas al margen, los detalles de cada pieza. Una sensación extraña, que no reconoció, le recorrió el pecho: una mezcla de irritación y curiosidad, una inquietud que no se iba.

Yoselin creía que se había terminado, pero aquel primer encuentro no era el final. Era solo el comienzo de algo que ninguno de los dos esperaba.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play