Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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La desesperación de un cobarde
La oficina de Roberto Arismendi, su estructura era de antaño un símbolo de estatus y poder en el centro financiero de la ciudad, se sentía esa noche como una celda de ejecución. El aire acondicionado zumbaba con un ruido monótono que alteraba sus nervios, mientras él caminaba de un lado a otro, dejando huellas de sudor en la alfombra de felpa.
—Doce horas... —susurró Roberto, mirando el reloj de pared con ojos desencajados—. Me quedan menos de siete horas.
El ultimátum de Maximiliano Valente pesaba sobre sus hombros como una losa de plomo. Roberto sabía que Maximiliano no bromeaba; el hombre tenía el poder de borrar el apellido Arismendi de la faz de la tierra con una sola llamada telefónica. Las pruebas de malversación, las cuentas fantasmas, los desvíos de fondos para pagar sus propias deudas de juego y lujos innecesarios... todo estaba en manos de su yerno. Un yerno que ya no lo miraba como a un socio, sino como a un estorbo que le había entregado una "mercancía" defectuosa que se había atrevido a escapar.
Roberto se desplomó en su silla, la misma donde había brindado con Maximiliano en varias ocasiones y donde planearon como entregarle a su hija al demonio Valente.
—¡Maldita seas, Selene! —rugió al aire, golpeando el escritorio con el puño—. ¡Después de todo lo que hice por ti! ¡Te puse en la casa más rica del país! ¡Te di un apellido que cualquiera envidiaría! ¡Y así me pagas!
Su desesperación no nacía del amor paternal, ni del miedo por la seguridad de su hija sola en la noche. Nacía del pavor más absoluto a la pobreza y a la humillación pública. Roberto no podía imaginar su vida sin el estatus, sin los clubes exclusivos, sin que la gente se apartara al verlo pasar. La idea de una celda fría, de un uniforme de preso y de la comida de la cárcel lo hacía temblar de una manera casi convulsiva.
Tomó su teléfono y volvió a marcar el número de Selene por centésima vez. “El abonado se encuentra apagado...”. La voz grabada de la operadora era como una sentencia de muerte.
—¡Piensa, Roberto, piensa! —se ordenó a sí mismo, apretándose las sienes—. Ella tiene que estar en algún lado. ¿Quién la ayudaría? Ella no tiene amigos... yo me encargué de que no tuviera a nadie que la distrajera de sus "deberes".
Abrió un cajón secreto de su escritorio y sacó una vieja agenda de contactos personales. Empezó a llamar a antiguos socios, a parientes lejanos a los que no hablaba en años, incluso a la tía de Selene, la mujer a la que había usado como amenaza para obligarla a casarse.
—¡Si sabes dónde está, dímelo ahora mismo! —le gritó a la anciana por el teléfono—. ¡Tu sobrina nos va a hundir a todos! ¡Dime dónde se esconde esa pequeña rata!
Pero la tía de Selene solo respondió con un silencio digno antes de colgarle. Roberto lanzó el teléfono contra la pared, viendo cómo se desarmaba en pedazos, igual que su vida.
La paranoia empezó a jugar con su mente. Se imaginaba a Maximiliano entrando en ese mismo instante con la policía, las esposas brillando bajo la luz de la oficina. Se imaginó los titulares de los periódicos: "Roberto Arismendi: De magnate a estafador".
En un ataque de histeria, empezó a abrir su caja fuerte. Sacó fajos de billetes, pasaportes y joyas que guardaba para "emergencias". Pero ¿a dónde iría? Maximiliano lo encontraría en cualquier rincón del mundo. No había escapatoria para un hombre que le debía su existencia a un monstruo que él mismo había alimentado.
—Ella lo planeó... —murmuró Roberto, dejándose caer en el suelo, rodeado de dinero que ahora no le servía de nada—. Selene sabía que si se iba, Maximiliano se desquitaría conmigo. Ella quería verme caer. Quería que yo pagara por haberla vendido.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al darse cuenta de que su hija, la niña que él siempre consideró débil y manipulable, había sido mucho más inteligente que él. Ella no solo había escapado de Maximiliano; había lanzado una granada en el centro de la alianza que mantenía a Roberto a flote.
El reloj marcó las cuatro de la mañana. Cada tic-tac era un martillazo en su ataúd. Roberto Arismendi, el hombre que pensó que podía subastar el alma de su hija para salvar su pellejo, se encontraba ahora solo, en una oficina que se sentía como un mausoleo, esperando que el sol saliera para entregar su libertad al hombre que él mismo llamó "el mejor marido para su hija".
—Selene... por favor —suplicó a la oscuridad, con lágrimas de pura cobardía rodando por sus mejillas—. Vuelve. Solo vuelve y cásate de nuevo si hace falta. No dejes que me destruya.
Pero el único sonido que le respondió fue el viento golpeando los cristales del rascacielos. Selene ya no estaba para salvarlo. El sacrificio se había terminado, y Roberto Arismendi estaba a punto de descubrir que, cuando vendes a tu propia sangre, el comprador siempre regresa a cobrar el resto de la deuda con intereses de sangre.