Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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EN OTRA VIDA...
El amanecer llegó cubierto por un manto de neblina.
Alana permanecía de pie frente al gran ventanal de sus aposentos, observando cómo el sol apenas conseguía abrirse paso entre las nubes. Aquella mañana tenía un extraño presentimiento, una sensación difícil de explicar que oprimía su pecho.
Lyra terminó de acomodar la capa sobre sus hombros.
—Su Alteza, el carruaje ya está preparado.
Alana sonrió con la dulzura que nunca había perdido.
—Gracias, Lyra.
La doncella dudó unos instantes antes de hablar.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Es realmente necesario que haga este viaje? Su salud aún no se recupera.
Alana bajó la mirada.
—Aurelio fue quien me lo pidió. Dijo que desea que lo acompañe unos días fuera del palacio cuando termine de organizar los asuntos de la frontera. Quizá... —esbozó una sonrisa llena de ilusión— quizá esta sea una oportunidad para empezar de nuevo.
Lyra sintió un nudo en la garganta.
No tuvo valor para decirle que llevaba semanas viendo al príncipe visitar con mayor frecuencia las habitaciones de Isabella que las de su propia esposa.
Horas después, el carruaje abandonó la capital.
Los caminos se volvían cada vez más estrechos mientras los bosques reemplazaban las extensas llanuras que rodeaban el palacio.
Alana sostenía entre sus manos un pequeño paquete cuidadosamente envuelto.
Dentro había una bufanda que ella misma había bordado para Aurelio durante las noches en que él nunca regresaba a dormir.
Había elegido el color azul profundo, el mismo tono del estandarte de la familia imperial.
Pensó que quizá él sonreiría al recibirla.
Quizá aquella pequeña muestra de cariño bastaría para acercarlos un poco más.
No sabía que ese regalo jamás llegaría a sus manos.
El carruaje se detuvo de improviso.
Se escucharon voces alteradas al otro lado de la puerta y el choque de espadas.
Después...
Silencio.
La puerta se abrió bruscamente y apareció un hombre robusto, quien la tomo bruscamente por el brazo antes de dejarla caer al suelo.
—Tendrá que venir con nosotros, tal parece que alguien quiere deshacerse de usted.
-Quien harría eso, no tengo enemigos, si quiere oro puedo darselo, solo dejeme ir.
El hombre evitó responder.
Momentos después, el paisaje había cambiado por completo.
La condujeron hasta una vieja cabaña perdida entre los árboles.
No entendía qué sucedía.
Miraba una y otra vez hacia la puerta esperando que todo fuera un malentendido.
Esperando que Aurelio apareciera.
Esperando que alguien le explicara lo ocurrido.
El tiempo parecía haberse detenido.
Finalmente, la puerta se abrió.
Dos figuras cruzaron el umbral.
Aurelio.
Isabella.
Alana sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Durante unos segundos fue incapaz de hablar.
Solo los observó.
Él permanecía serio.
Ella sostenía una expresión imposible de descifrar.
—Aurelio... —susurró Alana—. Gracias a los dioses... pensé que...
Las palabras murieron en sus labios.
El príncipe no se movió.
No intentó acercarse.
No preguntó si estaba bien.
Aquella distancia bastó para responder todas las preguntas que aún conservaba.
—¿Fuiste... tú?
El silencio de Aurelio fue mucho más doloroso que cualquier respuesta.
Una lágrima recorrió lentamente la mejilla de Alana.
Toda esperanza desapareció.
—¿Por qué?
Esta vez fue Isabella quien habló.
—Porque mientras existas, nunca podremos vivir la vida que deseamos.
Alana negó lentamente con la cabeza.
Miró a Aurelio una vez más.
Esperó una negación.
Una explicación.
Una sola palabra.
Pero él permaneció inmóvil.
Fue entonces cuando comprendió la verdad.
No había sido un accidente.
No había sido el destino.
Había sido una decisión.
Y quien la había tomado era el hombre al que había entregado su corazón.
La joven dejó escapar una risa amarga entre lágrimas.
—Qué tonta fui...
Recordó el día en que aceptó casarse.
Las cartas que escribió y nunca recibió respuesta.
Las noches esperando que Aurelio cruzara la puerta de sus aposentos.
Las veces que defendió su nombre cuando toda la corte hablaba de Isabella.
Todo había sido inútil.
Con una serenidad que sorprendió incluso a quienes la rodeaban, levantó el rostro.
—Si los dioses aún escuchan a quienes han sido traicionados...
Sus ojos se encontraron con los de Aurelio.
—...entonces les ruego una sola cosa.
El viento hizo crujir la vieja cabaña.
—Que me concedan otra oportunidad.
Su voz se volvió firme.
—No para odiar... sino para hacer justicia.
Aurelio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Por primera vez desde que comenzó todo, la culpa golpeó su conciencia.
Quiso decir algo.
Pero ya era demasiado tarde, por orden de Isabella un mercenario atravesó su espada en el abdomen de Alana.
En ese mismo instante, el estruendo de una espada desenvainándose rompió el silencio.
La puerta volvió a abrirse.
Maximiliano apareció acompañado por soldados imperiales.
Su mirada recorrió la habitación con desesperación hasta encontrar a Alana.
Corrió hacia ella sin importarle nada más.
Se arrodilló a su lado y la sostuvo con infinito cuidado.
—Alana...
Ella abrió lentamente los ojos.
Al verlo, una tenue sonrisa iluminó su rostro.
Como si al fin hubiera encontrado aquello que llevaba toda una vida buscando.
—Llegaste...
Maximiliano bajó la cabeza.
—Perdóname... llegué demasiado tarde.
Alana reunió las últimas fuerzas que le quedaban para levantar una mano y acariciar suavemente su rostro.
—No...
Sus labios temblaban.
—Gracias... por venir.
Los recuerdos desfilaron ante sus ojos.
Las conversaciones en los jardines.
Las veces que Maximiliano la había escuchado sin juzgarla.
Las ocasiones en que la defendió cuando nadie más lo hizo.
Entonces comprendió la verdad.
El hombre que siempre había estado a su lado no era Aurelio.
Era él.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—En otra vida...
No consiguió terminar la frase.
Su mano cayó lentamente.
El silencio envolvió la habitación.
Maximiliano permaneció inmóvil, sosteniéndola con una delicadeza infinita, incapaz de aceptar que había llegado apenas unos instantes demasiado tarde.
Frente a ellos, Aurelio sintió por primera vez el peso de todo lo que había perdido.
Pero había decisiones que ningún arrepentimiento podía borrar.
Y el destino acababa de comenzar a escribir una nueva historia.
la union hace la fuerza