Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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Capítulo 4 El Inversionista
Dos días después, Elena entró al restaurante exclusivo del centro financiero con la cabeza en alto. Vestía un traje negro entallado, sencillo pero elegante, y el moretón de la mejilla estaba cubierto con maquillaje. Nadie podía notar que por dentro estaba librando una guerra.
Luciano Moretti ya la esperaba en la mesa privada del fondo.
Era un hombre imponente. Alto, de hombros anchos, cabello negro con algunas canas prematuras y una mirada que parecía capaz de leer el alma de cualquiera. Tenía treinta y nueve años y era uno de los inversionistas más respetados —y temidos— del país. Su grupo empresarial tenía presencia en tres continentes.
Cuando Elena se acercó, él se puso de pie y le estrechó la mano con firmeza. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en su rostro.
—Señora Vargas —dijo con voz grave y educada—. Es un placer volver a verla.
—Señor Moretti —respondió ella, sentándose frente a él—. Gracias por aceptar esta reunión con tan poca antelación.
Pidieron café y, una vez que el mesero se retiró, Elena fue directa al grano.
—Quiero cambiar los términos del acuerdo que teníamos.
Luciano levantó una ceja, reclinándose ligeramente en su silla.
—El acuerdo ya estaba prácticamente cerrado. Mi equipo invierte cuarenta millones de dólares en su empresa a cambio del veinticinco por ciento de las acciones y un puesto en la junta directiva. Su esposo y yo teníamos todo listo.
—Precisamente —dijo Elena con calma—. Ya no será con mi esposo. Será conmigo.
Luciano guardó silencio por varios segundos, observándola con atención.
—Esto suena a fraude corporativo, señora Vargas. El contrato está firmado bajo la razón social de la empresa que dirige su marido. Cambiar las condiciones de esta forma podría traernos problemas legales graves.
—Lo sé —admitió ella—. Por eso estoy siendo completamente honesta con usted desde el principio.
Elena respiró profundo y, por primera vez, permitió que parte de su dolor saliera a la superficie.
—Mi esposo me ha estado engañando durante años. No solo emocionalmente. Ha desviado fondos, ha modificado estatutos a mis espaldas y ha puesto la empresa a su nombre mientras yo generaba todo el dinero. Me ha humillado. Ha manipulado a mi hijo en mi contra. Y planea dejarme sin nada una vez que ya no le sea útil.
Luciano la escuchaba sin interrumpir. Su expresión era seria, pero había algo más en su mirada: interés genuino.
—Quiero el divorcio —continuó Elena—. Y quiero recuperar el control de lo que construí. Por eso necesito un aliado fuerte. Alguien que no tenga miedo de jugar sucio cuando sea necesario. Le ofrezco el mismo porcentaje de acciones, pero bajo una nueva sociedad que crearé yo. Usted invertirá directamente en mi proyecto, no en el de Rodrigo.
Luciano permaneció en silencio unos momentos, tamborileando suavemente los dedos sobre la mesa.
—Es una propuesta arriesgada —dijo finalmente—. Podría demandarlo todo. Podría destruir su empresa desde afuera.
—Lo sé —respondió ella, mirándolo a los ojos sin titubear—. Pero también sé que usted y mi esposo tienen cuentas pendientes. Sé que él le robó un proyecto importante hace seis años y casi lo lleva a la quiebra. Usted aceptó esta inversión porque quería tenerlo cerca para destruirlo después.
Luciano sonrió por primera vez. Fue una sonrisa lenta, peligrosa y atractiva.
—Veo que ha hecho su tarea, señora Vargas.
—Elena —lo corrigió ella suavemente.
—Elena —repitió él, saboreando su nombre—. Me gusta la gente directa. Y me gusta más la gente que tiene fuego en la mirada.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando la voz.
—Le seré sincero. Acepto el cambio de planes. Invertiré en usted. Pero no solo por venganza contra Rodrigo. Hay algo en usted… algo diferente hoy. Como si hubiera despertado de un largo sueño.
Elena sintió un leve calor en las mejillas, pero lo disimuló.
—No busco romance, señor Moretti. Busco un aliado.
—Luciano —corrigió él con una media sonrisa—. Y por supuesto. Primero seremos aliados. Luego… ya veremos qué más puede pasar.
Llamó al mesero y pidió una botella de vino.
—Brindemos entonces —dijo cuando sirvieron las copas—. Por las nuevas sociedades… y por las venganzas bien planeadas.
Elena levantó su copa y chocó suavemente con la de él. Por un segundo, sus miradas se sostuvieron más de lo necesario.
Luciano era peligroso. Inteligente. Atractivo. Y, por primera vez en mucho tiempo, Elena sintió que no estaba completamente sola en esta guerra.
Pero sabía que debía ir con cuidado. Su corazón aún estaba herido, lleno de cicatrices recientes. No podía permitirse bajar la guardia tan pronto.
Sin embargo, mientras lo observaba hablar de estrategias financieras y posibles movimientos contra Rodrigo, no pudo evitar notar cómo la miraba: con respeto, con interés… y con algo más profundo que empezaba a asomarse.
La reunión duró casi dos horas. Al final, Luciano se levantó y le extendió la mano.
—Tenemos un trato, Elena. Mañana mismo mi equipo legal empezará a trabajar en los nuevos contratos. Y si necesita cualquier cosa… lo que sea… no dude en llamarme.
Elena estrechó su mano. Era cálida y fuerte.
—Gracias, Luciano.
Él no soltó su mano inmediatamente.
—Una última cosa —añadió con voz baja—. La próxima vez que nos veamos, espero que me cuente toda la historia. No solo la versión profesional. Quiero conocer a la mujer que decidió dejar de ser víctima.
Elena retiró su mano con suavidad, pero sonrió.
—Paso a paso, Luciano. Primero la venganza. Después… ya veremos.
Salió del restaurante con el corazón latiéndole con fuerza. No solo por el plan que acababa de poner en marcha.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien la había mirado como una mujer… y no como una herramienta útil.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.