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La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

La Esposa Inesperada del Señor Ferreira

Status: Terminada
Genre:CEO / Amor tras matrimonio / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: Sylvia Rosyta

Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.

Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.

Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.

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Capítulo 20

Silencio. El ambiente dentro de la oficina se volvió de pronto una quietud opresiva. Diego estaba de pie con la respiración entrecortada, los ojos enrojecidos, la mandíbula tan apretada que se le veía temblar.

—No me voy a ir. No voy a aceptar nada de esto —dijo de repente, lo que hizo que el director del hospital se levantara de su silla.

—Doctor Mendoza, le exijo que salga de esta oficina ahora mismo —ordenó el director con voz fría y tajante, y Diego lo miró con los ojos encendidos de furia.

—No me voy a ir a ninguna parte —dijo Diego con fuerza—. Se lo suplico, señor, por favor revoque este despido.

—Salga —repitió el director.

—No! —gritó Diego sin el menor pudor, y el director presionó un botón en su escritorio.

—Seguridad...

—No, espere! —lo cortó Diego rápidamente. Dio un paso más hacia adelante—. Señor, se lo ruego. Podemos hablar de esto con calma. Haré lo que sea, con tal de que no me despida de este hospital.

El director se detuvo. Miró a Diego un buen rato, como si estuviera sopesando algo.

—Lo que sea? —preguntó en voz baja, y Diego asintió de inmediato.

—Lo que sea.

El director exhaló largamente y luego dijo:

—En ese caso —habló al fin—, hay una sola cosa que puede hacer para conservar su puesto en este hospital.

Los ojos de Diego se iluminaron ligeramente. Esa pequeña chispa de esperanza reapareció.

—Qué cosa, señor? —preguntó a toda prisa, y el director lo miró de frente, sin titubear.

—Si quiere que se lo reconsidere para trabajar en este hospital —dijo despacio pero con claridad—, tiene que pedirle disculpas a Camila.

Diego se quedó petrificado.

—Qué? —su voz fue casi inaudible. El director continuó sin importarle la conmoción en el rostro de Diego.

—Porque a partir de hoy —dijo—, Camila es la propietaria y directora de este hospital.

Cada palabra cayó una por una y golpeó el corazón de Diego con brutalidad. Diego retrocedió medio paso, tambaleándose, mientras el rostro se le ponía blanco como un papel.

—Eso es imposible. Cómo puede Camila haberse convertido en directora de un hospital en tan poco tiempo y decidir si yo merezco o no trabajar aquí?! —musitó Diego, incrédulo, pero el director se limitó a mirarlo con frialdad.

—Tiene que saber una cosa, doctor Mendoza: en este mundo, nada es imposible. Mejor vaya a buscar a Camila y pídale disculpas, o si no, su carrera como médico termina aquí y ahora —le advirtió el director, lo que obligó a Diego a marcharse para ir a buscar a Camila, que en ese momento seguía cuidando a su padre en otro hospital.

Los pasos de Diego se sentían pesados. El pasillo del hospital parecía más largo de lo habitual. Las luces blancas del techo le deslumbraban la vista, mientras cada par de ojos con los que se cruzaba parecía estarlo juzgando. Caminaba rápido. Demasiado rápido. Como si al menor aminoramiento toda esa realidad fuera a alcanzarlo y a tragárselo entero.

Camila.

Ese nombre volvió a resonar en la cabeza de Diego y lo hizo soltar una risita al llegar al estacionamiento; una risa vacía, sin la menor gracia. Le temblaban las manos al abrir la puerta del auto. En cuanto se sentó frente al volante, Diego golpeó el timón con fuerza, una y otra vez.

—Maldita sea —masculló, lleno de rabia.

El motor arrancó y Diego sacó el auto del hospital a una velocidad imprudente. La calle estaba bastante concurrida a esa hora de la mañana, los claxonazos resonaban por todos lados, pero todos esos sonidos quedaban ahogados por el tumulto de sus propios pensamientos. Cómo era posible que Camila, a quien siempre había considerado débil, demasiado buena, demasiado ingenua, demasiado fácil de enamorar, ahora estuviera por encima de él?

Diego negó con la cabeza enérgicamente, como queriendo sacudirse esa imagen de la mente. No. Esto no tenía sentido. Camila no era nadie. Al menos, no era nadie sin él. Diego apretó el volante con más fuerza. Sentía rabia contra Camila por haber arruinado su vida en un abrir y cerrar de ojos.

—Así que esta es tu forma de vengarte, Camila? —murmuró Diego con sorna—. Jugar con mi carrera y destrozarla a tu antojo?

El pecho de Diego subía y bajaba. La rabia que antes contenía se fue transformando poco a poco en un odio espeso. Recordó el rostro de Camila la última vez que la vio. El rostro de esa mujer, destrozado cuando descubrió su aventura con Valeria. Los ojos hinchados de tanto llorar. El cuerpo frágil cuando su padre se desplomó al suelo por el infarto que le dio al enterarse de la cancelación de la boda de su hija. En ese momento, Diego creyó que había ganado. Creyó que Camila quedaría destruida. Creyó que esa mujer jamás se levantaría de nuevo.

Pero resultó que estaba equivocado. O tal vez Camila lo ocultó a propósito. Diego se rio otra vez, esta vez más fuerte. Había amargura palpable ahí.

—Resulta que también eres astuta, Camila —se dijo Diego a sí mismo—. Haciéndote la víctima, pero a escondidas clavándome el puñal por la espalda.

Pisó el acelerador a fondo. La imagen de Camila se transformó en su cabeza. Ya no era la mujer que lo había amado con sinceridad, sino una figura fría que había planeado todo esto deliberadamente. Camila sabía perfectamente que ese hospital lo era todo para él. Camila sabía perfectamente que la carrera era lo más valioso para el orgullo de Diego. Y Camila eligió destruirlo.

—Bien —masculló Diego con la mandíbula endurecida—. Si eso es lo que quieres. —Los ojos de Diego se afilaron—. Te juro —dijo en voz baja pero cargada de veneno— que voy a destruir tu vida, Camila. Igual que tú hiciste con la mía.

Pronunció esa promesa sin vacilación ni arrepentimiento. En su cabeza, Diego ya imaginaba distintas formas de hacerlo. No sabía cómo. No sabía cuándo. Pero de una cosa estaba seguro: no iba a dejar que Camila ganara así de fácil. No después de todo lo ocurrido. No después de que jugaran con su carrera de esa manera.

Mientras tanto, en otro hospital de ambiente mucho más tranquilo, Santiago entró con paso firme, aunque el cansancio se le notaba claramente en el rostro. La camisa que llevaba seguía impecable, pero las ojeras oscuras que tenía debajo de los ojos no se podían disimular. Detrás de él, Omar lo seguía con paso más lento. En la mano traía una bolsa de plástico con varias cajas de comida y bebidas calientes, un desayuno que había comprado apresuradamente antes de dirigirse hasta ahí.

La noche anterior había parecido un sueño interminable. Las horas pasaron sin tregua. Firmas. Documentos. Conversaciones serias, prácticamente desprovistas de emoción, realizadas por Santiago en una sola noche. Todo con un único propósito: asegurar que el hospital donde trabajaba Diego quedara oficialmente a nombre de Camila.

No a nombre de Santiago. No a nombre de nadie más que de esa mujer. Santiago detuvo sus pasos un momento frente al ascensor y respiró hondo. La cabeza aún le pesaba, no solo por la falta de sueño, sino también por toda la carga que llevaba a cuestas sin haberse quejado jamás.

Omar estaba de pie a su lado, observando a su patrón con una preocupación que no podía ocultar.

—Señor... —llamó Omar en voz baja, casi con recelo, lo que hizo que Santiago girara ligeramente la cabeza.

—Sí?

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