Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.
Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.
Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…
Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?
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CAPÍTULO 7: CUANDO EL ALMA ESTÁ DEMASIADO CANSADA
El sol se estaba ocultando detrás de los cerros, tiñendo el bosque de tonos morados y grises, y el silencio entre ellos pesaba más que cualquier cadena. La frase escrita con sangre en la pared daba vueltas en la cabeza de todos como un eco que no se callaba: *No son solo trece. Cuidado con el que crees tuyo*. Nadie miraba a nadie a los ojos. La desconfianza, fría y cortante, se había metido en medio del grupo como una sombra más.
Izack se alejó unos pasos sin decir nada, se sentó sobre la raíz gruesa de un árbol viejo y hundió la cara entre las manos. De repente todo se le vino encima de golpe: los años de soledad en el orfanato, las burlas, el miedo constante, la muerte de sus padres, ver a su propio tío arrancarse un brazo solo para escapar, saber que ahora, incluso entre la gente que consideraba su familia, había alguien que mentía. Estaba **agotado hasta el alma**. No de caminar, ni del frío, ni del hambre: cansado de pelear, cansado de tener miedo, cansado de sentir que por su culpa todo se rompía.
Las lágrimas empezaron a caer solas, gruesas y silenciosas, resbalando entre sus dedos y cayendo sobre la tierra seca. No hacía ruido, no sollozaba fuerte: lloraba ese llanto callado que duele en el pecho hasta costar respirar, el que se guarda durante años y al final se desborda sin aviso. Sintió que no daba más. Que cualquier día más y se iba a romper en pedazos tan chicos que nadie podría volver a armarlo.
No escuchó los pasos suaves sobre las hojas secas. Solo sintió cómo el suelo se hundía a su lado, y luego dos brazos fuertes, tibios y conocidos lo rodearon por completo, atrayéndolo despacio hasta dejarlo sentado entre las piernas de Axel, pegado de espaldas a su pecho, encerrado en un abrazo que no le daba opción a huir, ni a fingir, ni a ser fuerte.
—Déjalo salir —le susurró Axel muy bajito, justo al lado de su oreja, rozando su piel con los labios, mientras le apretaba con ternura pero con fuerza, como si quisiera meterlo dentro de su propio cuerpo para protegerlo de todo—. Llora todo lo que tengas guardado. Conmigo **nunca tienes que ser valiente**. Conmigo puedes estar roto, puedes estar cansado, puedes ser pequeño. Yo sostengo todo por los dos.
Eso fue lo que terminó de derrumbarlo. Izack se giró de golpe entre sus brazos, se acomodó de frente, le rodeó el cuello con ambas manos y escondió el rostro en el hueco de su cuello, y soltó todo. Lloró fuerte, temblando de pies a cabeza, mojándole la camisa a Axel con las lágrimas, apretándolo con todas sus fuerzas como si temiera que si lo soltaba un segundo, él también desapareciera. Lloró por sus papás, por Benjamín, por Héctor que se volvió un monstruo por culpa de otros, por la traición que dolía más que cualquier puñal: la de alguien a quien amaban.
Axel no dijo frases vacías. Solo lo sostenía. Le pasaba una mano larga y suave por todo el cabello, deslizándola despacio desde la frente hasta la nuca, y con la otra le recorría la espalda entera, de los hombros hasta la cintura, una y otra vez, lento, rítmico, como si le estuviera cantando una canción sin palabras. Le besaba la sien, la parte alta del pelo, la oreja, la mejilla húmeda, cada lugar donde encontraba una lágrima, se la iba besando para quitársela de encima. Cuando Izack por fin levantó la cara, con los ojos rojos, hinchados y brillantes, Axel le secó el resto con el dorso de los dedos, muy despacio, mirándolo como si fuera la única cosa real y buena que existía en todo el mundo oscuro.
—Me siento tan roto por dentro —le confesó Izack con la voz hecha pedazos, casi sin aire—. A veces creo que ya no hay forma de volver a estar bien. Que siempre voy a estar así… asustado, solo, esperando que algo malo pase. Y me da tanta pena… tanta pena ser así, tan débil, que siempre tengas tú que cargar conmigo.
Axel le tapó la boca con dos dedos suaves, negando muy despacio con la cabeza, y luego lo atrajo de nuevo hacia sí. Esta vez el beso no fue urgente ni desesperado: fue **lento, profundo, íntimo hasta el alma**. Un beso que sabía a lágrimas saladas, a cansancio, a refugio. Sus labios se movieron con calma, tomándose todo el tiempo del mundo, aprendiendo de nuevo cada rincón, cada respiración, cada pequeño temblor. Axel lo apretó contra sí con ambas manos en su cintura, pegando cada centímetro de sus cuerpos, para que Izack sintiera todo su calor, todo su latido, todo lo que era suyo y nadie más podía quitarle. Le rozó la espalda baja con las palmas, subió despacio por la columna, le acarició las mejillas con los pulgares mientras seguían besándose, sin prisa, sin prisa de nada, solo queriendo decir sin hablar: *estoy aquí, te veo, te quiero incluso y sobre todo en lo roto*.
Cuando se separaron fue solo para respirar, las frentes pegadas, las respiraciones mezcladas y calientes, los ojos cerrados. Izack tenía las manos aferradas fuerte a la tela de la camisa de Axel, justo sobre el corazón, y las de él estaban fijas en su cintura, sin intención de soltarlo nunca.
—Tú no eres débil —le murmuró Axel, rozando una y otra vez sus labios entre frase y frase—. Eres lo más fuerte que conozco, porque después de todo lo que te han roto, sigues queriendo, sigues cuidando, sigues siendo bueno. Y no me cargas. Tú **me llenas**. Antes de ti yo también estaba vacío, también caminaba solo y sin saber para qué. Tú me diste todo. ¿Me entiendes? Somos la mitad el uno del otro. Lo bueno, lo malo, lo roto… todo es de los dos.
Se quedaron así abrazados un buen rato más, ajenos a todo lo demás: al frío, al peligro, a la duda que corría por el resto del grupo. Era su lugar seguro, pequeño, cálido, solo de ellos dos. Izack cerró los ojos y por primera vez en mucho tiempo, aunque fuera unos minutos, no sintió miedo de nada. Sintió hogar.
Pero la paz nunca duraba demasiado.
—Chicos… miren esto —dijo Tomás con la voz temblorosa, rompiendo el momento.
Todos se acercaron de inmediato. En la pantalla de su celular había llegado un mensaje de número bloqueado, enviado hacía apenas dos minutos:
> 🕷️ **Sé que salieron por el túnel de la rejilla. Sé que tienen la carpeta roja. Sé todo lo que hablan, todo lo que sienten. Estoy más cerca de lo que creen. Mucho más.**
Izack palideció de golpe. Eso lo habían hablado **solamente adentro de la sala número 13, cuando ya estaban encerrados**. No había forma de que nadie de afuera lo supiera. **El traidor estaba ahí, parado junto a ellos en ese mismo instante**.
—Es imposible —susurró Valentina, dando un paso atrás mirando a todos—. Nadie más entró. Fuimos solo nosotros.
—Exactamente —respondió Axel, sin soltar nunca la mano de Izack, apretándola con fuerza—. Nadie más.
Caminaron unos metros más entre los árboles, y de pronto Mateo se detuvo en seco y señaló entre unos arbustos muy tupidos. Alguien estaba tirado en el suelo, temblando, pálido como la cera, con una manga vacía colgando y vendajes empapados de rojo oscuro. Era **Héctor**. Estaba vivo, pero muy mal, casi sin fuerzas, herido de nuevo por alguien más.
Se acercaron muy despacio. Él abrió los ojos con dificultad, alzó la única mano que le quedaba y agarró con fuerza la muñeca de Izack. No había odio en la mirada, solo terror puro.
—No… no son trece —balbuceó con la voz seca y rota, con la sangre saliéndole levemente por la comisura de los labios—. Hay catorce. El número catorce… es el jefe. Y está… está aquí con ustedes. Me dio la orden… me dijo que si me atrapaban, me cortara el brazo y desapareciera… o mataría a todos los que conozco.
Antes de que pudieran preguntarle nada más, los ojos se le voltearon hacia atrás y se desplomó del todo, perdiendo el conocimiento. Lo habían herido de nuevo hacía muy poco. Alguien lo había buscado para callarlo para siempre.
Y justo en ese momento, al moverse para ayudarlo, algo brilló y cayó al suelo con un sonido metálico suave, saliendo despedido de entre la ropa de uno de ellos. Una cadena delgada de plata, con un dije pequeño y negro.
Izack lo agarró entre los dedos temblorosos. Lo conocía demasiado bien. Era el **sello del Consejo de los Trece**, el mismo que habían visto grabado en los documentos, en las puertas, en todo lo que era de ellos.
Levantó la mirada muy despacio, con el corazón apretujado con fuerza dolorosa, y se encontró de frente con la última persona en el mundo a la que hubiera querido dudar jamás.
**FIN DEL CAPÍTULO 17**