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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:113
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

El vestido rojo de la deuda

—El evento de Green es de etiqueta, Fuentes. —La subdirectora lo soltó en la junta como si fuera un detalle sin importancia—. Vas a estar en la mesa de los de fuera, así que preséntate como Dios manda. Nos representas a todas.

Camila anotó "de etiqueta" en su libreta y por debajo de la mesa se le enfriaron las manos.

La cuenta de Green era, además, su verdadera oportunidad. Beltrán se lo había repetido con esa sonrisa suya: quien cerrara el trato con el proveedor internacional se llevaba la comisión y, con la comisión, un empujón para la planta. Camila hablaba mejor inglés que nadie en el departamento; sabía que si la dejaban acercarse, podía ganarlo por sí misma. Pero para que la dejaran acercarse, primero tenía que parecer que pertenecía.

De etiqueta. Dos palabras que para las demás eran un fastidio y para ella una emergencia. Repasó mentalmente su clóset —dos blusas de trabajo, un vestido negro ya gastado del brillo de tanto lavarlo, unos zapatos con la suela despegada— y supo, con la nitidez de siempre, que no tenía absolutamente nada que ponerse para sentarse frente a la representante de una firma internacional sin que se le notara de dónde venía.

Salió temprano y Daniela la acompañó al centro comercial, de esos con piso de mármol donde una entra y de inmediato calcula si la van a dejar entrar. En la tercera tienda, colgado de un maniquí bajo una luz cuidada, había un vestido rojo.

No era como el que le habían prestado aquella noche que no le contaba a nadie. Era mejor: de corte limpio, tela que caía sola, un rojo profundo que no gritaba pero que se veía de lejos lo que costaba. Camila se acercó como quien se acerca a algo que no puede tocar. Buscó la etiqueta con los dedos y le dio la vuelta.

Se quedó sin aire.

—Cami. —Daniela le vio la cara y bajó la voz—. No. Ni lo pienses. Con eso pagas tres meses de renta.

Era verdad. Ese vestido costaba más que varios de sus sueldos de prueba juntos. Camila lo sabía, y aun así no soltó la etiqueta. Porque también sabía la otra cosa, la que Daniela, con su familia y su casa propia, no acababa de entender: que en ese mundo el vestido no era un lujo, era un boleto. Sin él, no la dejaban ni acercarse a la mesa. Con él, tenía una noche para demostrar que valía. La ropa era la contraseña de un club al que ella solo podía entrar disfrazada.

—Pruébeselo, al menos —le dijo la vendedora, ya oliendo la duda, con esa amabilidad que se afila cuando huele una venta—. No compromete a nada.

Camila no debió, pero lo hizo. En el probador, frente al espejo de cuerpo entero y la luz cuidada, se quedó sin palabras. El vestido le sentaba como si lo hubieran cortado para ella; le componía la figura, le levantaba la barbilla, le daba de golpe el aire de las mujeres que se sentaban a esas mesas por derecho de nacimiento. Por un segundo no reconoció a la muchacha del pesero y las cuentas partidas. Vio a otra, a la que podía haber sido con otro apellido, otra suerte. Y ahí, mirándose, supo que ya estaba perdida, porque una cosa es negarse a un lujo y otra muy distinta es negarse a verse así.

—Nada más para el evento —murmuró al salir, más para sí que para Daniela—. Una vez. Cierro el trato con Green, me dan la comisión, me quedo de planta, y con eso lo pago. Es una inversión.

—Es una locura, es lo que es. —Daniela la jaló del brazo, ya sin esperanza—. ¿Con qué lo vas a comprar?

Camila no contestó. Caminó hasta la caja con el vestido en el gancho antes de que se le fuera el valor, y cuando la vendedora, mirándola de arriba abajo con una duda apenas cortés, le preguntó cómo iba a pagar, ella puso su única tarjeta sobre el mostrador y dijo, con la voz más firme que pudo encontrar:

—A meses. Sin intereses.

La palabra "aprobado" apareció en la terminal después de una pausa que a Camila le duró un siglo. La vendedora dobló el vestido en papel de seda, lo metió en una bolsa rígida con asas de listón, y de pronto todo aquello —el papel, el listón, el peso ligero de la bolsa— le pareció carísimo y ajeno, como si hubiera robado un pedazo de una vida que no era la suya.

En el pesero de regreso, con la bolsa sobre las piernas para que no la aplastaran, Camila hizo cuentas otra vez, aunque ya se las sabía. La renta. La deuda de la carrera. La medicina de su abuela. Y ahora, encima de todo, doce mensualidades de un vestido que se pondría una sola noche. Por más que partiera el sueldo, no daba. Nunca daba.

Y por primera vez, mientras el microbús se sacudía por los baches de su colonia, se le cruzó por la cabeza una idea que hasta entonces había logrado esquivar: iba a necesitar otro trabajo. Algo de noche, de fin de semana, lo que fuera, un ingreso extra para tapar el hoyo antes de que el hoyo se la tragara.

—Deberías devolverlo —le había dicho Daniela al despedirse—. Todavía estás a tiempo.

—Ya sé. —Camila le había sonreído, con esa sonrisa cansada que le salía cada vez más seguido—. Pero en este mundo, Dani, o traes el vestido o no te sientas a la mesa. Y yo me quiero sentar a la mesa.

Llegó a su cuarto, colgó la bolsa del clavo de la pared con un cuidado casi reverente, para que no se arrugara, y se sentó en la cama a mirarla. El rojo se distinguía apenas por la abertura del plástico. Se prometió que valdría la pena, que era el primer escalón, que un día se reiría de esta noche en que había temblado por un vestido.

Ya estaba casi convencida cuando el celular vibró en el buró.

Lo tomó esperando que fuera su abuela, o Fernanda. Era el banco. El primer recordatorio de su compra a meses, la mensualidad exacta, la fecha de corte. La cifra se quedó ahí, encendida en la pantalla, sumándose sola a todas las otras cifras que ya no le cabían en la libreta.

Camila la miró en la oscuridad del cuarto, con el vestido rojo colgado enfrente como una promesa y una amenaza al mismo tiempo, y sintió que el suelo se le hundía un poco más.

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