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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:458
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

Saqué el vestido de novia del armario y lo dejé sobre la cama.

Debajo estaban las cartas que Rodrigo me había mandado antes de casarnos. Las había conservado junto al álbum, como si las tres cosas pudieran explicarse unas a otras. Abrí la primera. “Aquí siempre vas a tener una casa”.

Me senté.

Los Miranda me habían echado cuando supieron que yo no era su hija biológica. Cuando Rodrigo habló de casarnos, me importó menos que la casa fuera suya que la palabra siempre. Yo sabía trabajar, sabía vivir sola. Lo que no sabía era dejar de esperar que alguien quisiera que me quedara.

Rompí la carta. Después las demás.

En el fregadero de mármol quemé unos pocos pedazos. La última línea tardó en ennegrecerse. Abrí la ventana en cuanto el humo me hizo toser; apagué las brasas y dejé correr el agua. El vestido seguía sobre la cama. No necesitaba incendiar el departamento para sacarlo de mi vida.

Lo guardé en su funda, junto al álbum, y lo dejé al lado de la puerta.

Luego llamé al corredor.

El departamento nupcial estaba a nombre de mi empresa. Lo había comprado con dinero de mis diseños antes de la boda; Rodrigo lo llamaba nuestro como llamaba suyas las cosas cuyo precio nunca había preguntado.

Pedí una valoración y una venta discreta. El corredor quiso programar visitas. Le dije que antes necesitaba ordenar la documentación y el desalojo. No iba a descubrir otro día que algo mío había terminado regalado a Ámbar.

Rodrigo llamó cuando me estaba lavando las manos.

Vi su nombre y puse el teléfono viejo cerca del otro antes de contestar. Esta vez no iba a depender de mi memoria.

—¿Qué le dijiste a mi abuela? —preguntó.

—Que son dos.

—Ya sé. No ha dejado de mandarme mensajes.

Esperé una felicitación. Aunque sabía lo que sabía, todavía dejé ese silencio para él.

—Está organizando otra cena —añadió—. No hagas planes.

Encendí la grabadora del aparato viejo.

—Rodrigo, necesito saber qué vamos a hacer cuando nazcan.

—¿Qué vamos a hacer de qué?

—Dónde vamos a vivir. Quién va a ayudarme. Tú casi nunca estás.

Oí a Ámbar al fondo pedirle que colgara. Él tapó mal el micrófono y le contestó que esperara.

—Eso se arregla después —me dijo—. Tú preocúpate por llevar bien el embarazo.

—¿Y después?

Soltó un suspiro.

—Tendrás dinero, ayuda, lo que necesites. Los niños van a estar atendidos.

No había dicho conmigo.

—¿Aquí?

Volvió a cubrir el teléfono. Esta vez distinguí la voz de Ámbar.

—Me prometiste que para entonces ya se habría ido.

Rodrigo dijo su nombre, seco. Cuando volvió a hablarme, quiso saber cuánto había oído.

—¿Por qué tiene que irse alguien? —pregunté.

—No hablaba de ti. Estás mezclando cosas. Luego te marco.

Colgó.

Reproduje la grabación una vez. No era una confesión completa. Sí era algo que él ya no podía cambiar por una versión más amable cuando le conviniera.

En el Camelia, Poncho me esperaba con café y un sobre del laboratorio. Me sirvió también un plato de pan, sin preguntar por qué no había desayunado.

—La ampolleta contiene solución salina —dijo—. El informe está aquí. Guarda también el envase.

Leí las líneas dos veces.

—¿Solo esa?

—Analizaron esa. No puedo decirte qué había en todas las demás.

Agradecí que hiciera la diferencia. Necesitaba respuestas que pudiera sostener, no que alguien confirmara todo lo que yo temía.

Le envié el audio y el diagnóstico. Poncho escuchó sin interrumpirme.

—También averigüé quién trabajaba en el laboratorio de la clínica —dijo después—. Una auxiliar dejó el puesto al terminar tu ciclo. Fue una salida rara. La persona con la que hablé recuerda que hubo una revisión interna, pero no sabe de qué.

—¿La encontraste?

—Todavía no. Tengo un teléfono viejo y una dirección que puede no servir. No voy a prometerte más.

Miré la fecha de su baja. Coincidía con la preparación de mis embriones.

Pedí cita con Robledo. La recepcionista ofreció una para la semana siguiente. Le dije que necesitaba una copia de mi expediente y que iba a pasar a solicitarla por escrito. Media hora después me llamó la doctora.

—Puede venir hoy.

En el consultorio dejé sobre su escritorio el informe de la ampolleta.

Robledo lo leyó y buscó algo en la computadora.

—Esto no corresponde a lo que yo le indiqué. Las dosis que le administraban en casa…

—Lo voy a revisar con otro médico. Ahora quiero ver lo que hicieron aquí.

—Señora Renata, si tiene dudas sobre…

—Las tengo. Sobre mi diagnóstico y sobre la auxiliar que se fue después de preparar mis muestras. Quiero los registros de mi tratamiento.

La doctora apartó la mano del ratón.

No me gustó su silencio. Me gustó menos que mirara hacia la puerta.

—¿Están bien mis bebés? —pregunté.

—En el ultrasonido no vimos ningún problema.

—Entonces, ¿qué no me está diciendo?

Robledo se levantó y cerró la puerta que yo había dejado entornada. Pensé en la sala de juntas del día anterior y me arrepentí de haber venido sola. Le mandé a Poncho mi ubicación antes de guardar el teléfono.

—Hubo una confusión en el laboratorio —dijo ella.

Me quedé esperando.

—Se utilizó una muestra que no correspondía a su expediente.

—¿Una muestra de qué?

La doctora bajó la vista.

—De semen.

Me senté porque ya no estaba segura de poder seguir de pie.

—¿Y mis óvulos?

—Son suyos. Lo que se confundió fue el vial del otro paciente.

—¿Rodrigo lo sabe?

No respondió enseguida.

—Sí.

La noticia me había dejado sin preguntas durante el ultrasonido. Esta vez tenía tantas que se estorbaban. Si lo sabía, por qué me había dejado volver. Por qué había firmado. Por qué ella me había mirado llorar de felicidad el día anterior sin decir nada.

Saqué la hoja del estudio y la puse sobre la mesa.

—No me vuelva a explicar mi embarazo sin enseñarme los documentos —dije—. Quiero saber qué pasó. Y quiero el nombre.

Robledo abrió un cajón, sacó una llave y me pidió que la acompañara al archivo. Caminé detrás de ella, pendiente de la carpeta que retiraba del estante, del momento en que pudiera decidir guardarla otra vez.

Era un informe interno, con firmas y una anotación sobre el código utilizado. Lo comparó con otra hoja del banco de muestras y puso ambas frente a mí.

Seguí con el dedo los mismos números de una página a la otra.

Junto al código había un nombre.

Jerónimo Alcántara.

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