La gravedad del pasado vs. El presente:
Él vive atrapado en la órbita de la muerte de su esposa.
Clara Monasterio, luminosa y dedicada a salvar vidas infantiles, representa una fuerza opuesta que lo empuja a sanar, aunque su mente paranoica tema que acercarse a ella ponga en peligro a los que ama.
El filtro del niño: El hijo de 6 años actúa como el "sensor" de la novela. Al aceptar inmediatamente a Clara, rompe las defensas del padre.
El misterio de fondo: El asesinato de la exesposa no fue un simple asalto de compras. A medida que Clara y el magnate interactúan, la teniente Samantha Blake comienza a notar inconsistencias en el caso que la policía dio por cerrado, vinculando el peligro al estatus tecnológico del protagonista.
Clara es la hija de la doctora en eminencia en cardiología Diana Monasterio. De la novela "BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD"
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GRAVEDAD, RETO Y LINAJE
El eco de las palabras del pequeño Irai —«¿Por qué estás tan enojado con ella si ayer casi te sonreíste cuando nos fuimos?»— dejó una estela de tensión eléctrica suspendida en el aire del consultorio. Los músculos del cuello de Kaelen Vance se tensaron hasta formar surcos rígidos bajo el cuello de su camisa de alta costura. El magnate apretó la mandíbula con tal fuerza que los dientes le crujieron sutilmente, atrapado entre la furia por haber sido desenmascarado por su propio hijo y la desconcertante marea de emociones que Clara Monasterio lograba desencadenar con su mera presencia.
Antes de que Kaelen pudiera articular una respuesta gélida para restablecer su asediada autoridad, un parpadeo luminoso en el bolsillo de la doctora Diana Monasterio rompió el mutismo.
Con una calma olímpica que contrastaba grotescamente con la rigidez de Kaelen y la postura defensiva de Samantha Blake, la prestigiosa cardióloga sacó su teléfono móvil de la elegante cartera de cuero. Deslizó el dedo con agilidad por la pantalla, abrió el chat del grupo familiar —donde aguardaban expectantes Mariana, la tía Clara, Darío y Esteban— y, con una rapidez pasmosa, enfocó la cámara frontal directamente hacia el escritorio.
En cuestión de segundos, Diana capturó la estampa exacta: el rostro de Clara, encendido en un intenso y sonrojado tono carmesí, intentando disimular su turbación con los dedos aferrados al borde del escritorio clínico, flanqueada por la figura imponente y desconcertada de un magnate tecnológico fuera de juego.
Sin perder un solo segundo, Diana envió la imagen al chat grupal acompañada de un mensaje de texto inmediato:
"Vean cómo de sonrojada colocan a mi hija los multimillonarios esquivos en pleno consultorio. ¿Qué le parece el panorama, familia?"
Un segundo después, el teléfono de Diana comenzó a vibrar frenéticamente en su mano con las notificaciones de los audios y reacciones escandalizadas de Darío, Esteban y las tías desde el otro extremo de la red.
Clara sintió que el calor le llegaba hasta la raíz de los cabellos. El rubor en sus mejillas se intensificó de tal forma que ya ni su bata blanca ni su profesionalismo lograban rescatarla del bochorno absoluto.
—Mamá... por favor, te lo suplico, para ya mismo con esto —exclamó Clara en un susurro estrangulado, lanzándole a su madre una mirada fulminante que mezclaba la más profunda vergüenza con un ruego desesperado—. ¡Estás cruzando todas las líneas rojas de la ética filial!
Diana soltó una carcajada sonora, limpia y absolutamente despreocupada que retumbó en las paredes blancas del consultorio. Inclinó ligeramente la cabeza, miró a su hija con una ternura infinita teñida de picardía pura y le respondió sin un ápice de remordimiento:
—Aguántate el sofoco, hija mía. Así exactamente me sentía yo cuando me tocaba lidiar con tus tías y con las bromas pesadas de la familia. El karma es implacable, y te aseguro que esto apenas es el prólogo.
Kaelen, que había presenciado la escena con una mezcla de estupefacción y furia contenida ante la osadía de la doctora mayor, dio un paso al frente. Su orgullo corporativo, el mismo que mantenía a raya a directores ejecutivos y a gobiernos enteros, se rebelaba ante la falta de respeto de la que estaba siendo objeto en un simple consultorio médico. Clavó sus ojos grises, duros como el pedernal, directamente en la mirada de Diana Monasterio, dispuesto a aplastar cualquier intento de burla con la bota de su poderío financiero.
—Doctora Monasterio —comenzó Kaelen con una voz grave, áspera y cargada de una amenaza sutil que pretendía congelar la habitación entera—. Le sugiero que modere sus formas y controle el entorno de este lugar. Mis recursos corporativos y el nivel de influencia que manejo a escala internacional están muy por encima de...
No pudo terminar la frase.
La doctora Diana Monasterio ni siquiera pestañeó. Al contrario, borró la sonrisa de sus labios para adoptar una expresión de absoluta, fría y gélida soberbia. Dio un paso al frente, plantándose a la par de su pareja, la Teniente Samantha Blake, y cruzó los brazos con una elegancia altiva que desarmó por completo al magnate.
—Ah, y una última cosa, Kaelen Vance —interrumpió Diana, elevando el mentón con una autoridad inquebrantable que parecía hacer temblar los cimientos de la clínica—. Por lo que veo en tu tono y en tus aires de intocabilidad, parece que no tienes la más mínima idea de quiénes somos ni de qué es capaz la familia Monasterio. Si de niveles de poder, influencia y legado estamos hablando... creo firmemente que nosotras estamos un par de escalones muy por encima del imperio tecnológico que tanto te enorgullece pasear por allí. Así que te sugiero que cuides muy, pero muy bien, cómo me hablas bajo este techo.
El silencio que siguió a la advertencia de Diana fue absoluto. Ni el sistema de ventilación se atrevía a emitir un zumbido. Kaelen se quedó estupefacto. Jamás, en toda su trayectoria como amo y señor de los mercados globales, alguien le había plantado cara de esa manera, despojándolo de su armadura de intocable con tanta elegancia y firmeza.
Samantha Blake esbozó una media sonrisa de absoluta satisfacción desde su flanco, mientras el pequeño Irai, ajeno a la guerra de linajes, tiraba del pantalón de su padre y murmuraba con total inocencia:
—Papá... creo que la doctora y su mamá son mucho más fuertes que tus computadoras. ¿Podemos venir a visitarlas otra vez mañana?