«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 2: El precio de una alianza
El segundero del reloj de pared del bar parecía haberse detenido. La propuesta de Dayana flotaba en el aire, pesada y desafiante, desafiando la lógica del hombre que gobernaba el mundo financiero con mano de hierro.
Nolan Cross dejó descender lentamente su vaso de whisky sobre la mesa. El cristal tintineó suavemente contra la madera, un sonido nítido en medio del silencio sepulcral que se había adueñado de la esquina VIP. Sus ojos grises, fijos en ella, se entrecerraron con una frialdad analítica que habría hecho retroceder a cualquier experimentado director de banco.
—¿Casarme contigo? —Nolan repitió las palabras en un murmullo bajo, casi imperceptible, pero cargado de un peligro implícito— Señorita Dayana, ¿es consciente de lo que acaba de decir, o es simplemente el alcohol el que habla por usted?
Dayana apretó los puños a los costados, clavándose las uñas en las palmas para mantener la compostura. El frío de su ropa húmeda empezaba a calarle los huesos, pero el fuego de la traición en su pecho era mucho más fuerte.
—Estoy completamente sobria, señor Cross —respondió, sosteniéndole la mirada sin parpadear— Sé exactamente quién es usted y sé perfectamente lo que valgo. Mañana a las diez de la mañana, Richard planeaba usarme para fusionar las acciones de mi padre con su empresa agonizante. Pero ahora... quiero destruirlo. Y sé que usted ha estado buscando una debilidad en su corporación para sacarlo del mercado de una vez por todas.
Una chispa de genuina sorpresa cruzó por un milisegundo los ojos de Nolan. No esperaba que aquella mujer desaliñada, con la mirada rota pero el orgullo intacto, conociera los movimientos estratégicos de su empresa.
Nolan se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. La distancia entre ambos se redujo, permitiendo que Dayana sintiera el magnetismo abrumador que emanaba de él.
—Richard es un insecto insignificante, no necesito un matrimonio para aplastarlo —sentenció Nolan con desdén— Sin embargo, has mencionado algo interesante. Mi herencia. ¿Cómo sabes que la junta directiva de mi familia me exige un matrimonio para asumir el control total de Cross Enterprises?
—En este mundo, los secretos de los hombres poderosos siempre encuentran una grieta por donde salir —replicó Dayana, esbozando una sonrisa amarga— Mi padre solía decir que usted es un hombre puramente pragmático. Un matrimonio de conveniencia mutua le ahorraría el dolor de cabeza de buscar una esposa entre las ambiciosas herederas que solo buscan su dinero. Yo no quiero su dinero, señor Cross. Quiero su poder para cobrame una deuda.
Nolan la evaluó en silencio durante lo que parecieron siglos. Analizó su postura erecta, la determinación salvaje en sus ojos y la falta de miedo al enfrentarse a él. La mayoría de las mujeres temblaban o intentaban seducirlo con sonrisas ensayadas; Dayana, en cambio, le estaba ofreciendo un pacto con el diablo con la frialdad de un tiburón de negocios.
—Un matrimonio conmigo no es un juego, Dayana —habló Nolan, y por primera vez pronunció su nombre, provocando un escalofrío en la joven— No habrá segundas oportunidades, ni divorcios express si te arrepientes. Si firmas mi contrato, pasarás a ser de mi propiedad ante el mundo. Deberás cumplir con tus deberes como mi esposa en cada evento, cada cena y bajo cada regla que yo imponga. ¿Estás dispuesta a pagar ese precio solo por venganza?
—El precio de ver a los que me traicionaron de rodillas es algo que pagaré con gusto —contestó ella sin dudar un solo segundo.
Nolan esbozó una sonrisa de lado, una mueca gélida y perfecta que derretía y congelaba a la vez. Se enderezó en su asiento y chasqueó los dedos. Inmediatamente, su asistente principal, un hombre maduro vestido de traje oscuro, se acercó desde la penumbra.
—Sebastián, cancela mi agenda de mañana por la mañana —ordenó Nolan con voz implacable— Y llama a nuestro equipo legal. Quiero un contrato de matrimonio estándar de conveniencia redactado antes de las seis de la mañana. Añade una cláusula de confidencialidad absoluta y una penalización de cien millones de dólares si alguna de las partes rompe los términos de fidelidad pública.
—Entendido, señor Cross —respondió el asistente, ocultando su asombro con una reverencia perfecta antes de retirarse a toda prisa.
Dayana sintió que el corazón le daba un vuelco. Lo había logrado. El tablero de ajedrez acababa de dar un giro de ciento ochenta grados.
Nolan se puso de pie, revelando su imponente estatura de casi un metro noventa. Se abotonó el saco del traje y miró a Dayana desde arriba, con una posesividad que erizó los vellos de sus brazos.
—Mañana a las ocho de la mañana, mi chofer te recogerá en la dirección que le dejes a mis guardias. Iremos directamente al registro civil privado de la corporación. Firmarás el contrato y nos casaremos antes de que tu antiguo novio siquiera termine de anudarse la corbata para su supuesta boda.
Dayana asintió, sintiendo el peso de la decisión que acababa de tomar.
Nolan dio un paso hacia ella, extendió su mano enguantada y, con una lentitud tortuosa, rozó la barbilla de Dayana con sus dedos, obligándola a inclinar el rostro hacia él. Su tacto, a pesar del cuero del guante, se sintió ardiente contra su piel fría.
—Ve a descansar, mi futura esposa —susurró Nolan, sus ojos grises brillando con una intensidad peligrosa— A partir de mañana, el apellido Cross te protegerá, pero también te encadenará a mí. Asegúrate de estar lista para el espectáculo, porque vamos a quemar el mundo de Richard hasta los cimientos.
Nolan se dio la vuelta y salió del bar escoltado por sus hombres, dejando a Dayana sola en la penumbra. Su cuerpo temblaba, ya no por el frío ni por las lágrimas de la traición, sino por la adrenalina pura. La trampa estaba armada, y Richard y Vanessa no tenían idea del monstruo que estaba a punto de devorarlos.
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