NovelToon NovelToon
Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24 — De ahora en adelante, yo te cuido

Antes, Adrián no lograba entender cómo Amelia había sido tan ingenua, cómo había podido dejarse engañar por Bruno durante tanto tiempo. Pero después de escuchar su historia, comprendió que no era ingenuidad. En aquel entonces, sola y sin nadie a quien recurrir, ella había creído que Bruno era su única tabla de salvación.

Por eso le había estado agradecida. Por eso se había entregado a él con toda el alma.

En cuanto a los tres de la familia Cruz, que por su propio interés habían intentado una y otra vez empujarla al abismo, no merecían siquiera llamarse seres humanos.

Con el corazón encogido, Adrián le acarició despacio el cabello.

—Si tú quieres, puedo ayudarte.

Amelia bajó la mirada y negó apenas con la cabeza.

—Esto lo arreglaré yo. Y a ese Mora, déjaselo a la policía. No quiero causarte problemas.

Temía que Adrián, recién dado de baja del ejército y con un empleo apenas conseguido, se ganara la enemistad de aquella gente. Quién sabía de lo que serían capaces con él.

La voz de él se enfrió un grado.

—Amelia, ahora soy tu esposo. No hay problema que valga.

Ella soltó un débil «ajá». Había hablado tanto, había llorado tanto, que el cansancio la venció. Se hundió otra vez en un sueño turbio.

Antes de dormirse por completo, le pareció oír una voz que le decía al oído:

—Tranquila. De ahora en adelante, nadie volverá a atreverse a hacerte daño.

...

Al día siguiente, el sol fue atravesando poco a poco las nubes hasta derramarse sobre la ciudad. Por fin había despejado.

Cuando Amelia se levantó a cambiarse de ropa y vio las marcas tenues sobre su piel, recordó de golpe lo ocurrido la noche anterior. Con razón sentía el cuerpo como si le hubiera pasado un camión por encima.

Aunque había estado apenas medio consciente, sabía que Adrián lo había hecho para contrarrestar el efecto de la droga. Y por eso, en el fondo, se alegraba de que hubiera sido él y no aquel Mora.

Ya vestida, salió a la sala y encontró a Adrián sentado en el sofá, con ropa de casa, tecleando en una computadora portátil. Eran ya las diez de la mañana. Ella había pedido el día libre, pero no esperaba que él también siguiera en casa.

De pronto, las imágenes de la noche anterior le cruzaron por la mente y las mejillas se le encendieron. Al despertar de madrugada, por culpa de una pesadilla, no había pensado en ello; pero ahora, cara a cara y a plena luz del día, la situación resultaba de lo más incómoda.

Al oír sus pasos, Adrián volvió la cabeza hacia la mujer sonrojada que se había quedado plantada, sin saber qué hacer. Dejó la computadora, se levantó y caminó hacia ella con toda naturalidad.

—Despertaste. Desayuna algo primero.

—Este… ya. —Amelia se mordió el labio—. ¿Por qué no fuiste a trabajar?

Adrián la tomó de la mano, la llevó a sentarse a la mesa y fue a la cocina a traer el desayuno antes de responder con calma:

—Pedí el día. Me quedo a acompañarte.

—Ya estoy bien, ve a trabajar. —Ella negó con la cabeza—. Acabas de entrar a ese empleo, no queda bien que faltes.

Adrián no pudo evitar una sonrisa. Nadie se había atrevido jamás a despedirlo.

Empujó el plato hacia ella.

—Tranquila, no me van a echar. Puedo mantenerte de sobra.

Amelia tomó un panecillo, le dio un mordisco y murmuró por lo bajo:

—No necesito que me mantengas. Puedo mantenerme yo sola.

Adrián, de oído fino, alcanzó a oírla. Frunció apenas el ceño.

—Amelia, anoche dije que me haría responsable de ti. Así que de ahora en adelante, yo te cuido.

A ella se le atragantó el bocado y otra vez le traicionó el rubor.

—Eso… lo de anoche también fue para ayudarme. Y además, somos un matrimonio legítimo.

Aunque hasta entonces hubiera sido un matrimonio de nombre nada más, lo ocurrido tenía todo el derecho de ser.

Una sombra de sonrisa se dibujó, casi imperceptible, en los labios de él.

—Si somos un matrimonio legítimo, los problemas se resuelven juntos.

Amelia alzó los ojos hacia él. En su mirada había una sinceridad tan absoluta que, sin querer, algo cálido le nació por dentro.

—Por cierto —dijo ella—, ¿cómo supiste anoche que estaba en la casa de los Cruz?

Adrián le había escrito por el chat para preguntarle dónde estaba, pero ella solo había dicho que iba un momento a casa de su familia; nunca le había dado la dirección. Que él supiera dónde encontrarla, que hubiera intuido el peligro y llegado en tan poco tiempo, la desconcertaba.

Adrián reflexionó un instante y respondió esquivando lo esencial:

—Instinto de los años en el ejército, supongo. Le pedí a Emilio que averiguara la dirección de tu familia.

Por el informe que había mandado hacer sabía que Amelia se llevaba mal con los suyos. Cuando Fernanda le contó que había salido de la empresa con muy mala cara, presintió que algo pasaba y de inmediato mandó a Emilio a buscar la dirección y corrió hacia allá.

Amelia no ahondó más. Lo importante era que Adrián había ido.

De pronto recordó algo.

—Oye… ¿podrías acompañarme más tarde a casa de los Cruz otra vez?

Los recuerdos de su madre. Tenía que recuperarlos.

—Bien —asintió Adrián.

...

En la mansión Cruz, al ver entrar juntos a Amelia y a Adrián, Genaro sintió el impulso de levantarse a gritar, pero la golpiza de la noche anterior le había dejado el cuerpo tan molido que no pudo ni ponerse de pie. Solo alcanzó a apuntarla con el dedo.

—Amelia, malagradecida, todavía te atreves a volver.

Apenas lo dijo, sintió la mirada gélida de Adrián clavarse en él y un escalofrío le recorrió la espalda. Toda la noche le había dado vueltas al asunto y había concluido que era imposible que aquel hombre tuviera algo que ver con la familia Guerrero, la más rica de la ciudad. Si de verdad fuera el heredero, ¿cómo iba a casarse con una mujer tan por debajo de su categoría como Amelia?

Ella ni se molestó en discutir.

—¿Dónde está el cofre que me dejó mi madre?

—¿Y todavía tienes el descaro de venir por el cofre? Mira nada más cómo me dejó tu hombre. Págame los gastos médicos… ¡ay, me muero del dolor!

Al alterarse, Genaro tiró de una herida y se dobló haciendo muecas.

Amelia observó los golpes. En efecto, estaba bastante maltrecho. Se volvió hacia Adrián.

—¿Esto lo hiciste tú?

Él asintió, creyendo que ella lo reprochaba por haberse pasado de la mano. Iba a explicarse cuando Amelia le levantó el pulgar.

—Bien hecho.

Genaro echaba chispas por los ojos.

—Amelia, ¿ahora traes gente de afuera para ponerte en mi contra?

—¿De afuera? —Amelia soltó una risa cargada de burla—. Genaro, Adrián es mi esposo, es mi familia. Y tú, ¿alguna vez me trataste como a una hija? ¿Qué padre empuja a su propia hija al abismo?

Genaro se atragantó, pero se aferró a su razón torcida:

—Tú también eres de la familia Cruz. ¿Qué tiene de malo sacrificarte un poco por ella?

A Adrián se le retorció el ceño. Dio un paso al frente y clavó la vista en Genaro, con voz de hielo:

—Vuelve a poner un plan sobre Ame y no respondo por lo que pase.

El peso de aquella presencia hizo que Genaro encogiera el cuello, sin atreverse ya a decir palabra.

Amelia barrió con la mirada toda la sala. El cofre de la noche anterior no estaba a la vista.

—Genaro, te lo pregunto una vez más. ¿Dónde está el cofre de mi madre?

—No sé.

Se hizo el desentendido. Ni siquiera había llegado a abrirlo para ver qué contenía; no pensaba entregárselo así como así.

Adrián tomó un cuchillo de fruta de la bandeja que había sobre la mesa y empezó a jugar con él entre los dedos. Le lanzó una ojeada a Genaro y dijo, sin alzar la voz:

—¿Seguro que no sabes?

Para tratar con sinvergüenzas, tenía experiencia de sobra.

1
Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play