Guillermo Lombardi. Heredero único del consorcio naviero más grande de europa, una noche tras un accidente catastrófico fue salvado por alguien que no logro ver su rostro con claridad.
En su desesperación por encontrarla el destino le hizo una mala jugada que no fue capaz de reconocerla cuando la tuvo enfrente.
Acompañe en está nueva obra. Encontrará Guillermo a la chica que lo salvó esa noche, o terminará casándose con la equivocada.
NovelToon tiene autorización de Yingiola Macosay para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Las consecuencias son altas
Días después, la noticia de la boda inundaba las revistas sociales. Fotografías anticipadas de Camille Beaumont probándose el vestido. Entrevistas discretas de Julien Villeneuve hablando de estabilidad y futuro.
Claudine observaba cada publicación con atención.
—Camille quiere demostrar que no perdió —comentó—. Pero lo cierto es que perdió al hombre más poderoso del continente.
Isabella no respondió.
Miraba una fotografía de Guillermo publicada días antes en una reunión empresarial. Su expresión era firme, impenetrable.
Había algo distinto en él.
Menos superficial.
Más selectivo.
Eso lo hacía aún más deseable.
La noche anterior al viaje a Niza, Claudine llamó a Isabella a su habitación.
—Recuerda —dijo mientras ajustaba un collar de diamantes sobre el cuello de su hija—. No compitas con la novia. Sé superior a la novia.
—¿Y si él no muestra interés?
Claudine sostuvo su rostro entre las manos.
—Entonces haz que el mundo crea que sí.
Isabella comprendía la magnitud del momento.
No era solo una boda.
Era una declaración pública de poder.
Al amanecer, los Montemayor partieron rumbo a Niza, donde el Mediterráneo brillaba como una promesa ambigua.
En el trayecto, Claudine repasó escenarios posibles:
Si Guillermo llegaba solo. Si llegaba acompañado. Si evitaba a Isabella. Si la buscaba.
Para cada escenario, tenía una respuesta.
Porque para Claudine, la vida no era una sucesión de emociones.
Era una guerra elegante.
Y la boda de Camille sería el campo de batalla perfecto.
Mientras el automóvil se acercaba a la costa francesa, Isabella miró el horizonte azul.
En su mente no había dudas.
Esa noche no solo asistiría a una celebración.
Esa noche decidiría su destino.
Y Claudine, observándola con satisfacción calculada, pensó que finalmente el apellido Montemayor estaría unido al de los Lombardi.
No por casualidad.
Sino por diseño.
...
La humillación fue pública.
No hubo gritos. No hubo escándalo. Pero fue peor.
En medio del jardín iluminado frente al mar de Niza, bajo lámparas suspendidas entre árboles antiguos y con el murmullo elegante de la alta sociedad celebrando la unión de Camille Beaumont y Julien Villeneuve, Guillermo Lombardi dejó clara su posición.
Isabella se había acercado con la seguridad que su madre le había inculcado. Sonrisa perfecta. Postura impecable. Vestido azul profundo ajustado con precisión estratégica. Cada paso calculado.
—Guillermo —había dicho con suavidad ensayada.
Él la miró.
No como antes.
No como cuando jugaba al heredero superficial.
La observó con una calma distante, evaluadora.
—Señorita Montemayor —respondió él con cortesía fría.
El trato formal fue el primer golpe.
Isabella intentó sostener la compostura.
—Creí que podríamos conversar en privado…
Guillermo no la dejó terminar.
—No tenemos nada que hablar en privado, que no pueda decirse aquí.
Las palabras fueron suaves.
Pero el rechazo fue contundente.
Algunas miradas curiosas se giraron hacia ellos.
Isabella sintió el ardor subirle por el cuello.
Guillermo dio un paso atrás, como marcando una frontera invisible.
—Le deseo una excelente velada —añadió, antes de girarse y caminar hacia otro grupo de invitados.
Y la dejó ahí.
De pie.
Observada.
Expuesta.
La sonrisa de Isabella permaneció congelada hasta que nadie la miró directamente.
Pero por dentro algo se fracturó.
Cuando regresó a la mesa donde Claudine conversaba animadamente con otros empresarios, su madre notó el brillo oscuro en sus ojos.
—¿Qué pasó? —preguntó sin mover los labios.
Isabella respondió con voz baja y firme.
—Me despreció.
Claudine mantuvo la compostura.
—Explícate.
—Delante de todos.
Un silencio tenso se instaló entre ambas.
Claudine era muchas cosas, pero sobre todo era orgullosa.
Que su hija fuera ignorada públicamente por el hombre al que aspiraban… era inadmisible.
Desde el otro extremo del jardín, Guillermo parecía imperturbable. Conversaba con naturalidad, sin una sola mirada hacia Isabella.
Como si ella no existiera.
Como si hubiera decidido, deliberadamente, marcar distancia definitiva.
Isabella apretó los dedos alrededor de su copa.
—No lo dejaré pasar —murmuró.
Claudine la miró con atención.
Conocía ese tono.
—¿Qué estás pensando?
Isabella tardó unos segundos en responder.
Su mente se movía rápido.
Más allá del orgullo.
Más allá del deseo.
Más allá incluso de su amor propio.
Lo que estaba en juego era control.
—Él cree que puede ignorarme —dijo finalmente—. Cree que tiene el poder.
Claudine inclinó la cabeza ligeramente.
—¿Y no lo tiene?
Isabella esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Solo porque se lo hemos permitido.
Esa misma noche, ya en la suite del hotel con vista al Mediterráneo, Isabella abrió su bolso con movimientos lentos.
De entre los compartimentos, extrajo un pequeño frasco sin etiqueta.
Transparente.
Discreto.
Claudine lo vio.
Sus cejas se fruncieron apenas.
—¿Qué es eso?
Isabella lo sostuvo entre sus dedos.
—Una garantía.
Claudine la observó en silencio.
—Explícate.
—Un somnífero —respondió Isabella con serenidad inquietante—. Incoloro. Sin sabor perceptible en bebidas fuertes.
El aire se volvió más pesado.
—¿Estás fuera de tu juicio? —susurró Claudine.
Isabella no parecía alterada.
—No planeo hacer nada escandaloso. Solo necesito una oportunidad.
Claudine cruzó los brazos.
—Eso es peligroso.
—Lo peligroso —interrumpió Isabella— es permitir que él crea que puede rechazarme y salir ileso socialmente.
La madre comprendió algo entonces.
Esto ya no era una simple estrategia matrimonial.
Era una guerra de orgullo.
—¿Qué pretendes exactamente? —preguntó Claudine con cautela.
Isabella caminó hacia el ventanal. Las luces de Niza parpadeaban como estrellas sobre el mar.
—Él necesita perder el control —dijo con frialdad—. Solo un poco. Lo suficiente para que dependa de mí.
Claudine sintió una punzada de inquietud.
Guillermo ya no era el joven superficial que podían manejar.
Era un hombre calculador.
Y subestimarlo sería un error.
—Si algo sale mal —advirtió la madre—, las consecuencias podrían ser devastadoras.
Isabella cerró el frasco y lo guardó de nuevo.
—No saldrá mal.
En el salón del hotel, esa misma noche, Guillermo permanecía ajeno a los planes que se gestaban.
Conversaba con empresarios, evitaba temas personales y mantenía una distancia evidente de cualquier insinuación romántica.
Había cambiado.
Su mente estaba en otro lugar.
En otra persona.
Pero Isabella no lo sabía.
Para ella, el rechazo no era definitivo.
Era un obstáculo.
Y los obstáculos estaban hechos para superarse.
Que pensará y hará Isabella porque sus planes se le están escapando de sus manos 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Guillermo termina de una vez en decirle a Lucia que le gustas que estás babeando 🤤🤤🤤 por ella.
Lucia a medida que vas leyendo cada documento te das cuenta que la fortuna que dejo tu madre es mayor de lo que tu imaginabas.
Que paso Isabella tu orgullo está herido porque Guillermo Lombardi termino lo que nunca empezó bien y ahora lo quieres comprometer sutilmente ojalá que se de cuenta y no te siga el juego.
Claudine zorra vieja le estás preparando según tu idea el vestido, las joyas y que es lo que tiene que hacer Isabella para que quede Guillermo comprometido socialmente y no pueda salirse sin armar un escándalo.
Que mentira le dirán a Armand Valois 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
Todos los planes que tenían las víboras se les fue por el caño de casar a sus hijas con magnates para seguir aparentando en sociedad.
Guillermo que harás con esa verdad de que fue Lucia quien te salvó esa noche y no Isabella 🤔🤔🤔❓❓❓❓